Horror en el ultramarinos

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Probablemente no haya en España un lugar en el que se refleje tan bien el espíritu cainita de las amas de casa como los supermercados. Ya dijo en su momento mi amigo Montano que las amas de casa de los ochenta fueron las primeras friquis, y que fue Almodóvar el visionario encargado de recoger esa impresión, alimentar la hilarante fatuidad de su desdicha y elevar todo ello al cine a través de un par de películas. El encasillamiento no ha sido rentable: se lo han creído.

 

El otro día, mientras hacía pausadamente la compra, casi al borde del desmayo, se me apareció una de golpe. Desde su triunfal entrada saludando a cuanta cajera había hasta su pesado arrastar de carrito por los pasillos con una sonrisita de engreimiento. Varias de su especie llevaban meses amargando mis visitas al supermercado. Nunca toleraron mi juventud, el descaro de las nuevas generaciones, y se preguntaban entre codazos miserables qué clase de oficio tiene la mujer de un desgraciado como yo para no poder venir a la compra y adiestrarse en este arte milenario.

 

Dio el perfil la señora, así que impulsé un ambicioso análisis sociológico. Cincuenta y tantos, bajita, cabreada y con prisas. Me la crucé varias veces y me miró por encima del hombro, como preguntándome: “¿Es que me has visto tú alguna vez a mí en un afterjaus?”. Íntimamente ya nos estábamos despreciando cuando tuvimos nuestra primera disputa seria en la charcutería. Ella pedía lo suyo a la carnicera, y yo me dirigí a la encargada de los embutidos. En mi vida cometí semejante error de bulto. Antes de que abriese la boca, me fulminó con la mirada.

 

-Mira, chico, es que estoy yo.

 

-Pero usted está pidiendo ahí.

 

-Bueno, pero yo ya estoy acabando y además llegué antes.

 

Y señaló el carro: su dignísimo representante en los embutidos con el tirador apuntando inmisericorde al queso de barra. Mientra masticaba un severo “zorra” para mis adentros, me entretuve en otro pasillo con los arroces y hasta allí fue a buscarme la muy olímpica. Noté su respiración agitada a mi espalda: se dirigía como una exhalación a la caja. Su disciplina marujil, sus cuatrocientos mariposa. Pese al calentón de lo que di en llamar ‘la gran batalla de la charcutería’ y posterior derrota con la ‘dama del queso’, pensé con frialdad y elegí el pasillo interior para trazar mejor la curva: aparecí en la cola delante de ella con una sonrisa grandiosa. Por el camino me dejé la barra de pan, pero ya entonces pesaba más mi orgullo. La tuve a la vieja pegada a la espalda, marcándome ceñuda. Insistía desde la lejanía en entablar conversación con sus amigas las cajeras, como si le fueran a cobrar por el aire. De vez en cuando, de forma imprevista, asomaba el morro con la misma destreza que Raikonnen: ahora por la izquierda, ahora por la derecha, ante mis intentos desesperados por frenarla en su delirio. Y a la loca se le hizo la luz: “Señorita Mari Carmen acuda a caja”. Fue abrirse el micrófono y estallar la locura: la señora se salió del rebufo y cogió la pole de una nueva fila, llevándose en su estela a otras viejas. Visto y no visto: una maravilla. Cuando quise entrar en el partido, ya salía ella por la puerta con el oro. Ni Federer.

 

1 COMENTARIO

  1. Me parto, Manuel.
    Gracias por

    Me parto, Manuel.
    Gracias por las risas solitarias. Esto sí es vicio solitario divertido y no el onanismo…

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