Hotel Finisterre

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Calderón, Shakespeare y Joyce: la vida es un sueño dentro de un sueño. Perfectamente mundano y solitario a la vez, Hotel Finisterre (Miguel Morey, Círculo de Lectores) es un inquietante vademécum de viejas cuestiones existenciales (“Un proverbio vuestro reza que hasta el día de la muerte no pueda decirse de alguien si fue feliz o no”) y también la alegoría política de un régimen de gobierno que, para evitar el miedo a las afueras, lo ha servido todo en simulacros interiores. Llegados a este punto, cuando la vida se confunde con el parpadeo rojo y azul de los pilotos, ¿dónde acaba la realidad y dónde empieza la pesadilla, dónde acaba tu cuerpo y dónde empiezan las pantallas?

 

Con su protagonista naciendo de nuevo en la planta de maternidad de un hospital, a la manera de Mr. Nobody, Morey trabaja las posibilidades del exiliado que somos, un “alma encallada entre dos reencarnaciones”. Una ciudad enteramente a cubierto, sin salidas. ¿Eres tú o el perro que has atropellado? ¿Hay alguien ahí? El sueño falla, comienzan los sueños. Y la metamorfosis interminable de quien le falta una prueba de la realidad y por ello no puede elegir ni rechazar. Somos tan libres que permanecemos en un limbo de inmovilidad donde todo recomienza una y otra vez.

 

Pulcritud inmóvil. La crueldad de lo estadístico, el control informático que confunde figuras y fondo, espectáculo y vida. Y un auditorio que se presta voluntario al chantaje. Y la soledad entre la multitud vociferante. Y siempre el miedo a que el ordenador responda: Usted no existe. Volver a empezar, una y otra vez, cuando todo lo que queda es el hilo de las palabras. ¿Nada hay que esperar, ni siquiera de la desesperación? A veces, no obstante, se da “un punto de beatitud, de paz incluso en esta situación”, al ir inventando un alambre de funámbulo en esta oscuridad.

 

Relumbre pálido de los monitores, guarismos. Te dices: “retrocede cuanto puedas lejos de todo esto”. Pero ¿hacia dónde? Confiado en la hospitalidad de una noche sin sueños, aparecen espectros enfundados que tanto pueden ser un mudo esclavo como un ángel libertador. “Antes fui doncella y muchacho una vez, y ave y arbusto”. Se sucede la procesión de todos los nombres de quien ha olvidado dónde está su vida. Pronto sabré quién soy, decía Borges. Mientas tanto, la identidad se confunde con el decorado: ¿y si tu situación de ahora “pudiera ser el resultado de un apagón informático tan sólo”? Eres un cerebro en una vasija, una oscuridad transitada.

 

Más que oscuridad, se trata de una cierta fosforescencia verde, el cumplimiento de una anticipación. Un hombre encerrado en sus propias fantasmagorías, como en Johnny cogió su fusil o Memorias del subsuelo. Atrapado en una aparente pesadilla, organizas un síntoma para defenderte de la niebla, del tiempo lento de lo inexorable. En esta situación, “yo es todo lo que hay”, el solipsismo de un punto lacerante, novelando con el hilo de las palabras su anulación física. ¿Cómo despiertan los que no están dormidos? Ni siquiera sabes lo que dura un minuto en esta monotonía casi fascinante.

 

Acuario perpetuo, malestar errante. Un cataclismo borroso ha puesto el calendario a cero, en la perpetuidad de un instante expandido. Tuve este libro en las manos durante días enteros muy distintos, entre Nueva York, Madrid y Santiago. Y fue curioso siempre comprobar el contraste entre la animación exterior y la belleza helada donde transcurría este interminable rumor interno. Al mismo tiempo, como su abstracción mental transita el envés del teatro mundano, Hotel Finisterre casa con todos los ámbitos y es un excelente libro de viaje.

 

A veces con una especie de transmisión directa de la oralidad coloquial, se trata de un libro tan bien escrito que resulta un poco agotador. Obliga a ir muy despacio, como si la relectura debiera estar incluida en la primera lectura, acompasada a nuestra vida fragmentada en distintos horarios. Morey trabaja el continuum del horror, el horror de lo continuo. De hecho, no hay ningún título interno que divida al libro, salvo las frases que remarcan el comienzo de cada corte en un fluido continuamente alterado.

 

Premoniciones de Foucault acerca de un poder capilar que se confunde con las venas del individuo en una gigantesca Unidad de Cuidados Intensivos. ¿Deliras o atraviesas escenarios grandiosos? La vida contemporánea es un poco fantasmal siempre, pues la ausencia de un trauma elemental nos deja sin referentes y nunca sabemos dónde estamos. De ahí este serial olímpico, donde la misma Troya es rehecha, confundido con la duermevela azul de las pantallas. Continuidad de una niebla interrumpida por destellos, que vuelven enseguida a ser niebla, murmullo interior. Concatenación que elimina la singularidad en un determinismo monstruoso. ¿Kafka otra vez? Puede, pero no tanto por “el laberinto de pasillos inmóviles, completamente iguales”. Sobre todo, sigue presente un extrañamiento de la vida que surge de su propio centro, una alienación que se alimenta de las entrañas.

 

De ahí el infinito de los parecidos, de las mutaciones. La zozobra de unos simulacros indiscernibles de los sólidos. ¿Ha ocurrido un accidente de tráfico, después de atropellar a un perro, o lo que llamo “yo” son los estertores de ese perro? Voces, ecos, sombras del retiro. En todo caso, Hotel Finisterre recorre el mundo (del estruendo mediático a momentos privilegiados de antigua sabiduría) con la sensibilidad propia de un convaleciente. “Despertar con ese estertor en la garganta con el que madruga el gallo”. La belleza formal hace más angustiosa la nitidez de las escenas. El pasado, su imaginación, se erigen en recurso de la ausencia de cuerpo. En esta metáfora de la parálisis de los elegidos, la anestesia está fundida con la información, la crisis perpetua del exterior se confunde con el tableteo del sistema neuronal.

 

Y una mitología que se hace actual. Guerreros yacen con diosas en directo. Ecos del cuerpo radiante de Lais. Miniaturas en caolín adorable que podrían ser gigantes. De alguna manera, este libro es también heredero del cine y su posibilidad de jugar con las escalas, los espacios y los éxtasis temporales. Por ejemplo, en ese temor de estar haciendo la vida de otro, de que cada iniciativa corresponda a un guión que ya está escrito, como una copia degradada de un modelo inapelable. Y esto no sólo por la muchedumbre innumerable de las imágenes que se agolpan en el presente de nuestra inmovilidad. El problema de este libro podría ser: ¿dónde volver a sentir un soplo de vida real, dónde dar un paso que se salga de las pantallas en este panóptico de una vigilancia sin vigilantes? ¿En qué sentido el pensamiento, como resurrección de lo real, ya ha agotado sus recursos y sólo nos quedan las infinitas habitaciones de la literatura?

 

El tiempo existe, se ha dicho, para que todo no ocurra a la vez. Pero aquí la tranquilizadora escansión de pasado, presente y futuro se borra en una fluidez donde la psicosis se funde con la neurosis. “Mi vida es aquí, sólo aquí, mi existencia es ahora”. Descartes existencial en un claroscuro donde la continuidad la establece el hilo del dolor. Morey le da voz al eco de los “todavía hombres”, la saga de los últimos. ¿Un género humano asustado por la muerte? Quizás peor, asustado por la imposibilidad de distinguir la vida de la muerte.

 

Aparentemente, deambulamos entre dos estancias, la sabiduría griega de “el perro” (Diógenes de Sínope, filósofo de la secta de los cínicos) y el soliloquio del inmovilizado en la tiniebla azul. La ciencia ficción se mezcla con una atemporal sabiduría y los ecos de un dios de las paradojas. Ironías sobre la organización del espanto que es nuestra cultura pública, este inmenso universo concentrado donde los telespectadores chatean en directo sobre el espectáculo sangriento que siguen en los monitores. La pesadilla de la aldea global se concentra sobre una mente inmovilizada donde los auténticos sacerdotes de la opinión son los moderadores, encargados de abrir el fuego de los problemas y diseñar los problemas de las cuestiones.

 

Nuestra postración clínica le otorga a todas las fantasmagorías la intensidad digna de una aparición. Lem y Orwell: un Gran Hermano para cada cerebro. La ciencia ficción como una profecía política de lo que viene. Pero también perduran en este libro los venerables momentos de una estirpe asustada que un día quiso ser como los dioses. “Sueños de gloria en los que no cabe más que uno solo”. Por eso lo único que tiene que decirle Diógenes al poder encarnado por Alejandro Magno es que se aparte, pues tapa los rayos del sol.

 

 

 

Ignacio Castro Rey. Madrid, 5 de mayo de 2012

Ignacio Castro Rey es doctor en filosofía y reside en Madrid, donde ejerce de ensayista, crítico y profesor. Siguiendo una línea de sombra que va de Nietzsche a Agamben, de Baudrillard a Sokurov, Castro escribe en distintos medios sobre filosofía, cine, política y arte contemporáneo. Ha pronunciado conferencias en el Estado y en diversas universidades extranjeras. Como gestor cultural ha dirigido cursos en numerosas instituciones, con la publicación posterior de siete volúmenes colectivos. Entre sus libros últimos cabe destacar: Votos de riqueza (Madrid, 2007), Roxe de Sebes (A Coruña, 2011) y La depresión informativa del sujeto (Buenos Aires, 2011), Roxe de sebes (Fronterad, 2016), Ética del desorden (Pretextos, 2017). Acaba de publicar Sociedad y barbarie, un ensayo sobre los límites de la antropología en Marx.