Houellebecq, el negocio del Apocalipsis

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El mapa y el territorio es una novela hecha en el escaparate, a la vista del público, al igual que las meretrices de Ámsterdam empezaban ahí su oferta. Se puede decir que no parece haber nada que contar en ella, salvo lo que ya dice la información que prensa el mundo. Ahora bien, con la lógica de la ficción, todos los lugares comunes de nuestro mundo están ahora ampliados, multiplicados, pervertidos, convertidos en espectáculo estrellado. Para empezar, el espacio de la supuesta historia está tan ahíto de nombres famosos que difícilmente podría ocurrir nada, igual que en un vagón de metro en hora punta.

 

Con la disculpa de un cuadro hiperreal que pinta Jed, el protagonista de la novela, J. Koons y D. Hirst, dos nombres importantes en el desierto del arte contemporáneo, ocupan las primeras escenas. Y la novela entera sigue así, sin interrupción, llena de nombres estelares. Tal como empieza, acaba: todas las variaciones “existenciales” son un pequeño aderezo del escaparate mundial de la fama. Se pueden llegar a contar más de veinte nombres en una sola página –de N. Campbell a B. Gates, de Rolex a Beigbeder o Bono–, como si el libro entero estuviera construido con la lógica de la acumulación y fuera una larga serie de anuncios. Por cierto, la serie incluye varias novelas anteriores del autor.

 

Podría tratarse de breves intervalos publicitarios, pero no, toda la novela es así y la “historia” de verdad nunca llega. Sin necesidad de ejercer de psicoanalista, la proliferación nominal tiene un primer síntoma: el pánico al vacío, a esa incertidumbre real sin la cual no puede haber literatura. Houellebecq ejercita hasta el final una indisimulable fascinación por el marcado que ejerce el mercado, como si ya no hubiera vida fuera. Si esto se dijera sin más, vale, correspondería a la ortodoxia nihilista del capitalismo. Pero como se dice además para crear cultura, para vender una larga lista de marcas disfrazada de buena novela, la situación es otra.

 

Naturalmente Francia, que es una empresa inteligente, le ha dado el Premio Goncourt. Pero la novela de Houellebecq es el equivalente de una película televisiva de sábado y palomitas. Se trata de un visionado rápido sobre los tópicos informativos de nuestro mundo, una forma inteligente de mentir, de antemano exitosa. El autor de Ampliación del campo de batalla –hace tiempo, en alguna costa española– ha sido antes dj, de ahí que se le den bien las mezclas, un “cortar y pegar” que realiza con soltura. No es extraño por eso en que la sección final de Agradecimientos vaya en lugar destacado Wikipedia, síntoma de este método de summa numérica y comercial.

 

Nacido en algún sitio alejado de la Metrópolis –¿isla de Reunión?– y desarraigado desde niño, Houellebecq parece definitivamente abducido por la bisutería del escenario global, como un pueblerino que acaba de llegar. Dios nos libre de insultar a los inmigrantes ¿quién no lo es?, pero se da en este caso una ilusión por el oropel que es típica de los recién llegados del extrarradio, pero con complejo de culpa, se llamen Warhol o Boris Izaguirre.

 

Se podría también sospechar, en esta fascinación adolescente –un poco tardía– por el tamaño y la fama, un trauma irresuelto con la cualidad real. Aunque es casi preferible pasar de puntillas en este asunto, lo cierto es que esta novela es un gran espacio vacío y neutro que sólo se puede rellenar con miles de nombres. Y este es el problema, que la novela trasluce una enfermiza impotencia ante lo espectral y no cristalizado. Cuando sin eso, sin una fe en lo que para el periodismo es invisible, la literatura no existe.

 

Literalmente Houellebecq no tiene nada que contar, por eso se multiplica en giros, situaciones y personajes ¡están todos, hasta los nerds! que hacen de El mapa y el territorio algo perfectamente compatible con un trayecto en metro. Ello se debe a que su autor tiene los dos pies en el escenario, en vez de conservar uno de ellos en el secreto de la violencia real, como algunos amigos aseguran que hacía en sus primeras novelas.

 

La prueba tal vez más concluyente de esa ausencia de secreto está en el mismo título y en las explicaciones posteriores. Por ejemplo, cuando se deja caer (p. 72) que “el mapa es más interesante que el territorio”. Houellebecq parece no recordar aquel cuento de Borges en el que el mapa soñado para copiar el mundo era al final tan minucioso que acababa reproduciendo el laberinto territorial del que el hombre quería defenderse. Piense lo que piense la persona –¿existe Houellebecq, como alguien distinto al personaje famoso?– esa idea de un mapa total es tristemente coherente con el conjunto de la trama, donde el misterio del territorio humano brilla casi totalmente por su ausencia. Sólo queda la “intriga” de la ficción y pequeños destellos agónicos de existencia en la lasitud de Jed, que ni siquiera es triste; en la relación tímida con su padre; en el recuerdo cálido de Geneviève; en el fin anodino de su relación con Olga, quien apenas es entrevista en su encanto y su posible humanidad “rusa”.

 

Lo grave es que toda la novela, y este es el mensaje estético y ético más perverso, entona un canto inacabable a la virtud de los mapas, es decir, al imperial metalenguaje que pretende clonar el mundo. El mensaje verdaderamente edificante y moralista -¿alguna vez Houellebecq fue distinto?- es actualmente éste. Como hemos llegado a una civilización que absorbe la tierra, por fin el afuera ha pasado adentro. Así pues, sólo nos queda jugar con los restos, recrearnos en los dramas domésticos del supermercado global de los nombres. Si ya hemos llegado –diría Steiner–, ¿qué queda entonces?: archivar, eso es todo.

 

Pues bien, no es suficiente para el aprobado. El talón de Aquiles de este Houellebecq es que su novela aburre. ¿Puede pasar algo peor en el espectáculo? Poco importa que le den el premio Goncourt, esta obra pronto será ceniza. El autor cuenta con un público cautivo, prisionero de nuestros infinitos interiores. Y cumple bien con la tarea elitista y policial de cultivarlo. Pero incluso sus devotos tendrán cualquier día un bendito sobresalto que les arrancará de la siesta. Lo gracioso del asunto es que esto es justamente lo que se busca: el reemplazo permanente, que por ningún lado haya gravedad, un punto fijo que sirva de referencia. Hasta la propia estrella Houellebecq debe morir para que el cielo estelar siga.

 

La antítesis de El mapa y el territorio sería en Europa la excelente literatura, mejor que ésta, que Tiqqun ha realizado en torno a la figura del Bloom. Lo gracioso es que probablemente Houellebecq, un hombre que está muy al día –no tiene otro capital, ninguna zona sin focos en la que respirar–, posiblemente conoce esas reflexiones sobre la bloomitud, ese estado larvario que tiene varios precedentes. Entre otros, el Bartleby de Melville y su “preferiría no hacerlo”.

 

Ahora bien, Jed, que se hace querer en su impotencia perpleja, no deja de ser un triste remedo de esta palidez –con frecuencia bronceada– que recorre Europa. Él personifica una neutralización confortada, que apenas sabe llorar. Así pues, como protagonista, su parálisis promete la eternidad de lo que no siente ni padece. En contra de lo que dice él mismo (p. 94), Jed no es un artista sometido a sus intuiciones. Por el contrario, como un actor cautivo y cautivador, obedece sólo al contexto, igual que todo el material humano de esta novela. Fijémonos en que este hombre, en un “impulso fusional” que sorprende a su novia Olga, se define ingenuamente como telespectador (p. 76). Cierto, vive en el conductismo de masas. Por eso su trabajo artístico consiste en la fotografía milimétrica de mapas y herramientas, o en la pintura figurativa de personajes conocidos.

 

Céline, Pound, Neruda: ¿el mundo sería el mismo sin ellos? Bergamín, Nicolás Gómez Dávila y tantos otros nos recuerdan que el problema de la literatura no está en lo político, en las adscripciones ideológicas de un autor. Alguien volcado en la creación –Heidegger– cometerá a la fuerza “errores” extraños en sus elecciones mundanas. ¿Qué nos importan, si deja una obra común y perdurable? Como tampoco es preocupante que una novela sea en principio inmoral. Al contrario, diríamos que es incluso un buen síntoma. Como dirían Pascal y Badiou, la auténtica moral –¿no es el caso de Handke?– ha de empezar por incomodar.

 

En este aspecto, hasta el cuidado aire “canalla” de Houellebecq –esa pinta de vampiro anoréxico– nos caería simpático. El problema está en el diseño del éxito a todo precio. Y además, sin dejar ningún campo sin explotar: ensayista, poeta, novelista, figura cultural. Por lo que sabemos, su libro de discusiones con el insoportable Bernard-Henri Lévy refuerza la idea de que lo que importa en cierta clase de autores es el aislamiento estelar: esto es, el culto a una personalidad imperial que es necesaria para forzar la despersonalización que exige la servidumbre económica.

 

El capitalismo cultural consiste en esta inseparación que impone el único poder real, efectivo. Es lamentable poder asegurar que la novela de Houellebecq se inscribe de lleno en este dispositivo, tal perverso como polimorfo.

 

Desde el punto de vista meramente estético el balance es abominable, pues está ausente la ausencia, cualquier pacto con el diablo del afuera. Por eso las casi cuatrocientas páginas se llenan de efectos especiales. Falta absolutamente esa única idea o vivencia, ese instante expandido que hace de un trabajo laborioso una buena novela. Dos ejemplos finales de esta impotencia prepotente. En contra de una mítica página del libro de ensayos El mundo como supermercado –un buen analista no garantiza a un buen narrador–, ahora no existe nada parecido al reposo, al misterio. Es así que la inmovilidad, posar (p. 135), se le vuelve imposible al Houellebecq que, de hecho, ejerce de auténtico protagonista en su propia novela. Por lo mismo, “la existencia propia, la individualidad es apenas una ficción breve dentro de una especie social” (p. 111). En efecto, estamos en el universo del mero reflejo.

 

Otro síntoma de obediencia ética y estética, de ausencia de distancia ontológica entre la trama de esta novela y la actualidad, consiste en la fidelidad de El mapa y el territorio a la dialéctica entre el tedio y el espectáculo, la apatía y lo escabroso. Recordemos la muerte a plazos de Jed y la muerte carnicera del auténtico protagonista, Houellebecq. Él mismo ha comentado en cierto lugar, confirmando este conductismo bipolar, que un creador debe inspirar compasión o desprecio. Es casi emocionante no compartir ninguna de esas dos supuestas intensidades.

Ignacio Castro Rey es doctor en filosofía y reside en Madrid, donde ejerce de ensayista, crítico y profesor. Siguiendo una línea de sombra que va de Nietzsche a Agamben, de Baudrillard a Sokurov, Castro escribe en distintos medios sobre filosofía, cine, política y arte contemporáneo. Ha pronunciado conferencias en el Estado y en diversas universidades extranjeras. Como gestor cultural ha dirigido cursos en numerosas instituciones, con la publicación posterior de siete volúmenes colectivos. Entre sus libros últimos cabe destacar: Votos de riqueza (Madrid, 2007), Roxe de Sebes (A Coruña, 2011) y La depresión informativa del sujeto (Buenos Aires, 2011), Roxe de sebes (Fronterad, 2016), Ética del desorden (Pretextos, 2017). Acaba de publicar Sociedad y barbarie, un ensayo sobre los límites de la antropología en Marx.