Hoy empieza todo

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Ya está. Hoy empieza todo. Así, de repente. Me he despertado descansada. Sin resaca. Más activa de lo que recordaba que había sido nunca. He subido las persianas y he abierto las ventanas. Afuera, dicen, brilla el sol. Me he aferrado a la escoba, que no sabía ni dónde la había escondido, y me he puesto a barrer rincón por rincón toda mi vida. Amontonando en los pasillos del presente todas esas volutas de polvo y de fantasmas que nunca me había atrevido antes a agitar. Y, después, esta vez no he levantado las alfombras que no tengo y lo he empujado todo debajo. No, ahora he movido la montaña de pelusas hasta la puerta, la he abierto y he lanzado todo hacia la escalera de la comunidad, hacia los descansillos de mis vecinos. Lejos de mi casa y de mi vida.

 

Ya está. Hoy empieza todo. Tras años lamiéndome unas heridas que no lo eran pongo un punto y final a todo esto. Arranco desde cero. He abierto un mapamundi que también había ocultado porque lo que no se ve una se llega a creer que no existe. Lo he desplegado sobre la mesa del comedor, donde ya no recibido visitas más allá de las que habitan conmigo el fondo de los armarios y de la conciencia, y me he puesto frente a él. He contemplado los colores. Los trazos gruesos en negro que separan los países. El azul del océano que atravesaré. He acariciado el mapa con la palma de la mano, suavemente, temiendo pincharme con las cimas de las montañas que nunca escalaré pero cuya altitud he memorizado ya. Y finalmente he posado el dedo índice sobre un punto junto a un nombre extranjero. Ya está. Allí será. Lejos de las cicatrices. Al otro lado de mis mundos.

 

Me he sujetado durante mucho tiempo, temerosa de tener temor. Asustada de estar asustada. Acobardada de ser una cobarde. Y resignada con mi resignación. Habituada a ese presente subjuntivo y a ese dolor latente de fondo que era una forma de saber que estaba viva y que seguía adelante y que era mi manera de ser y de vivir. Hoy lo cambio todo. Ventilo los armarios y lleno bolsas de plástico de ropas que ya no son mías, que nunca lo serán. Dejaré atrás los zapatos con los que arrastraba los pies por el planeta para comprarme unos nuevos con los que caminar. Y me miraré al espejo por última vez antes de salir sin tener que esquivarme la mirada y que apagar la luz antes de hacerlo.

 

Ya está. Aquí y ahora. Me he dicho que no hay marcha atrás, sabiendo que siempre la hay. Pero que si tantas veces me engañé con tantas cosas también podré si quiero, que carajo, hacerlo con esto. O no. Me despediré, a la francesa, con una nota en una mesilla. Con un mensaje escueto en el contestador. O con un post, que es tan moderno como exhibicionista. Y punto. Se lo prometo. Me he despertado como una mujer nueva. No sabría explicárselo. Tampoco si es verdad. O solo algo hormonal. Algún órgano desbocado que celebra una noche de tregua. Un día de sol. Vaya usted a saber. Ya lo averiguaré.

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