Hubo un tiempo para esto

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Ahora que empiezo a sentirme yo mismo, a recuperar la compostura lejos de su influjo, pienso que lo que necesita Artur es simplemente trabajo como tantos españoles, imagino que muy a su pesar. El ocio le ha hecho caer en el independentismo, o al revés...

 

A mí Mas ha llegado a caerme verdaderamente mal, tanto que hubo un tiempo, después, en que tuvo que caerme bien. Hemos dado la vuelta completa, Artur y yo, y ahora procuro mirarlo como lo hacía John Nash a sus amigos imaginarios. Pero es difícil porque nuestra relación, en realidad la de él con buena parte de los españoles, es algo así como llevar cincuenta años casados sin que él lo sepa, o al menos como si hubiese estado haciéndose el sueco, lo cual sería el colmo. Ha habido momentos, lo reconozco, en que si el president me hubiese preguntado cómo me llamo, le hubiera respondido que Hediondo, como el Theon Greyjoy de ‘Juego de Tronos’ al bastardo Bolton luego de la tortura insoportable.

 

Ahora que empiezo a sentirme yo mismo, a recuperar la compostura lejos de su influjo, pienso que lo que necesita Artur es simplemente trabajo como tantos españoles, imagino que muy a su pesar. El ocio le ha hecho caer en el independentismo, o al revés, como el odio le hizo a Annakin Skywalker caer en el lado oscuro (ya falta poco para que el president se ponga el casco negro), y eso que ambos tenían su Yoda para guiarles. Yo pienso que el independentismo practicado desde las instituciones es esencialmente ocioso. Un independentista electo podríamos decir que se pasa el día arrojando piedras al arroyo, al tiempo que cada día se convence más de su diferencia, que es a lo que se ha llegado al final de la degeneración que supone el procés, una cosa con la que tácitamente amenazó Pujol durante treinta años, mientras de manera expresa se daba al saqueo. Como todas las obsesiones, más o menos generalizadas, el independentismo acarrea sus convencimientos, las verdades que ejercen un poder incontestable sobre la razón, por las que uno es capaz de entregarse hasta a la guerra entendida como parlamento.

 

Hay una adolescencia encubierta en todas estas manifestaciones. La época del hombre en que el ocio se hace más presente y necesario cuando él mismo se cree que, superada la infancia, es posible incluso una patria. Hubo un tiempo en que yo creí que Artur no estaba equivocado. Que éramos los demás, desquiciados laboriosos españoles (torpe y rabioso le llamó ayer al presidente del gobierno en representación), los que infravalorábamos el deber de ser felices. Siendo felices, decía Robert Louis Stevenson, vamos sembrando por el mundo anónimos beneficios, que nos son desconocidos incluso a nosotros mismos y que, cuando eclosionan, a nadie sorprenden más que al benefactor. Pero todos esos independentistas quieren seguir esperando al tren mientras escalan los vagones ya con los pantalones largos.

 

Quizá hubo un tiempo para esto, igual que para ser comunista, dicen algunos mayores, lo mismo que para llevar coleta de quinqui como Sabino Cuadra, diputado independentista vasco ya entrado en la tercera edad, que todavía anda sintiéndose orgulloso de que le expulsen de clase en el ensueño de que es allí donde está.