Humilladeros

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Me sumo con este texto a la celebración del décimo aniversario
de la revista FronteraD, que gira en torno al tema de la compasión.

 

Saliendo de una aldea, por un camino antiguo, un humilladero. Un sitio —una cruz, una imagen, una ermita— en el que recogerse unos minutos, y encomendándose a la Virgen o algún santo, musitar una oración antes de emprender viaje. Un lugar donde reconocer nuestra pequeñez frente a la ferocidad del mundo: precipicios, monstruos, ladrones, y la negrura de la noche que espanta.

¿Dónde acaba el cuidado de sí mismo —sano y legítimo, dicen— y dónde empieza el egoísmo nefando? Conviene vigilarlo, a él y a sus parientes cercanos: el egocentrismo, el narcisismo, la egolatría. Pero por todos lados nos repiten que hemos de querernos más. ¿Cómo proceder ante el dilema? La clave tal vez sea la humildad. Aunque también hay quienes compensan los excesos de autoestima con dosis alternas de misantropía: bien entendida, sostienen, empieza siempre por uno mismo.

De igual manera, acaso una compasión con fundamento debería tener el dolor propio como primer objeto. “La atención es la forma más rara y más pura de generosidad”, escribió Simone Weil. ¿Tan egoístas seremos con nosotros mismos para no escucharnos alguna vez? Por si… logramos oír algo. No es tan obvio como parece: muchas veces uno es, para sí mismo, un ser remoto, casi invisible allá en la lejanía. Más lejano que las pálidas tragedias y el dolor caliginoso que nos llegan a través de las pantallas.

Weil también dijo que “la compasión dirigida hacia uno mismo es la humildad”. Porque para poder compadecerse, antes ha debido uno conocer sus carencias, aceptar las amarguras nuevas y aprender a ser paciente con las viejas (¿se tornarán algún día “blanca cera y dulce miel”?). Sin esa humildad necesaria para la autocompasión, quizá no tenga valor la compasión hacia los otros. Piensan algunos, por creer tener domado a su dolor, estar en posesión de una verdad, y desde esa atalaya imperturbable miran hacia abajo y solo ven seres sufrientes, infelices…

Entendamos, pues, a aquellos a los que fastidia ser objeto de la compasión ajena. Sobre todo, si ellos ya se autocompadecen. Cioran, en La tentación de existir: “No toméis por un vencido a quien se enternece sobre sí mismo: todavía posee bastante energía para defenderse de los peligros que le amenazan. […] No toméis tampoco su lirismo o su cinismo por signos de debilidad; lirismo y cinismo emanan de una fuerza latente, de una capacidad de expansión o de rechazo. Según las circunstancias, usa una u otra: está bien armado”.

Pero el cínico lírico resulta insoportable si no es además humilde. Si antes de proseguir viaje no se detiene un instante en el humilladero, y pensando en el lobo, en el hielo, en el bandido, pide protección, a qué dioses o a qué fuerzas da un poco igual. Tal vez esa humildad lo lleve a no olvidarse, en su oración, de todos los demás que van por los caminos. A tener para ellos también un pequeño pensamiento piadoso.

 

NOTA: La fotografía con que se ilustra este texto en el índice de “Gazeta de la melancolía” muestra el pequeño humilladero que hay en un camino de Cicera, Cantabria. Muchas gracias a su autor, José Luis Gutiérrez, por la autorización para reproducir esta foto, y enhorabuena por su blog “Humilladeros en Cantabria”, de donde procede.

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