Humo rojo, Capítulo 4

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CONSTANZE

 

Esfumarme, haberme disuelto en el aire y subido por encima de las copas de los cipreses. Eso era todo lo que había deseado para ese día, pero ya de mañana había aparecido la lluvia. Caía dispersa cuando me mojó el vestido y me volvió pesada. Me retenía en el suelo, no me permitía elevarme sobre las personas que seguían allí a mí alrededor, rezando. Ninguno se había atrevido a hablar pero todos me miraban a mí, no a mi padre. Eran muchos, un honor que acudiesen tantos, aunque fuera una mera celebración de los apellidos presentes, los de sus congéneres, a los que pasaban revista. Si hubiese tardado un poco más en llover habría podido desaparecer en una nube y caer tiempo después en otra parte, lejos de aquél lugar.

–Me has dejado sola, mamá.

Recuerdo que concreté las caras. Buscaba una nariz que aletease contrayendo un estornudo o sollozando. Pupilas que se cubriesen con párpados caídos a destiempo, primero el izquierdo y luego el derecho. Labios que vibrasen antes de dejar ver el filo de los dientes, tensando un bostezo.

Vi a mi padre. Junto al féretro, enfrente del anciano Cardenal Mattei. Estaba justo a mi lado, pero en el extremo opuesto del arco de mi mundo en aquel instante. Rompió a llorar. Miraba a mi madre susurrando, había en él restos de una súplica callada. No sé por qué pero estuve segura de que lo que sentía era miedo. Yo, a medida que avanzaba la ceremonia, transitaba el camino vertical de la desolación, de la asfixia del abismo a la exposición desarropada del aire. Y mientras mi padre sólo sentía miedo.

Sucedió entonces, o así ha persistido la confusión hecha memoria: dos hombres entraron rompiendo las filas del semicírculo, una tras otra, avanzando hasta llegar a nosotros. El más robusto, con la piel rosada semioculta detrás de una barba espesa, se quedó al margen después de haber servido de ariete. El otro, enjuto, con gafas y el pelo ralo pegado a la frente por la lluvia, se acercó hasta mi padre y se apoyó en su hombro. Mi padre recompuso su gesto. Probablemente ya se hallaba calmado, pero las acciones se solapan como escenas estáticas; no encaja la memoria en una línea temporal.

El murmullo que le vertía al oído era en francés, esa fue la única percepción clara que pude extraer a pesar de mi cercanía. Además de que le había entregado una nota. Nada distinto de lo que todos supieron, más pronto o más tarde. Habían interrumpido el protocolo previo a la inhumación y se retiraron igualmente antes de que se produjera. “Mes condoléances en ce moment difficile, nous tenons à exprimer notre affection”. Las palabras que logré captar no eran más que cordialidades que, voluntariamente, tuvo a bien pronunciar más alto. No pensé hasta algún tiempo después en las implicaciones de ese “nosotros”. Sería casi con toda seguridad por el que remitiese el mensaje, pero, ¿quién propondría una aparición así? Lo más inquietante fue que todas las miradas se olvidaron de sentirme lástima y buscaron reconocer la identidad de esos tipos, sin conseguirlo.

En París, según me había contado mamá en alguna ocasión, los cafés tenían espejos en las paredes, a la altura justa para que los contertulios sentados a una mesa pudieran espiar con disimulo a los vecinos, controlar las actividades y –sobre todo– compañías de los asistentes en cualquier punto del local. En Roma eso no ocurría, salvo  en el Caffé dei Tedeschi, lleno de extranjeros. Simplemente no era necesario. La gente se giraba bruscamente cada vez que el joven heredero de tal o cuál familia llevaba a una nueva muchacha; se arremolinaban en las mesas adyacentes a la del banquero que se pronunciaba sobre asuntos de la curia y, sin reparo, acallaban sus cuchicheos para seguir la conversación ajena. Las grandes familias romanas formamos un circuito hermético, saciado de sí mismo, y la irrupción de aquellos extraños sería tomada como pretexto lícito para meter las narices en mi vida.

Una máscara no cubre una cara, sino una herida. Sé por qué reconocí el pánico de mi padre, cómo me di cuenta de que no era dolor cuando lo vi: el gesto que se superponía, en ese segundo de hace un año, a la expresión de mi padre. Tenía las líneas de la barbilla rígidas y, detrás de las lágrimas, los ojos demasiado abiertos. Unos ojos tristes se empequeñecen, caen un semitono de la posición que ocupan. Unos asustados tienden a querer abrirse y no poder.

Mi madre sufría antes de enfermar. Tengo la sensación de que la mujer que era mi madre, mucho antes de que lo fuera, tenía ya una espina incrustada o bien un vacío que no remitía; estaba ya acostumbrada a llorar sola. Cuando era demasiado pequeña para comprender, me permitía observar callada desde un rincón, o al otro lado de la puerta. Esperaba allí quieta para recuperar a mi mamá, para que me levantara por las axilas en volandas, me acariciase las mejillas y, luego de mecerme, me abrazase. Cuando crecí, si la veía demasiado silenciosa, perdida en lo que fuera que mirara por la ventana, si me atrevía a preguntar, siempre corría a esconderse en cualquier otra habitación. Me gritaba. A veces me hacía cardenales en el cuello, me apretaba. Sé que lloraba porque después volvía con un libro, me leía pasajes y en ciertas partes de la narración, como cuando el Sr. Williams intenta que Elizabeth baile con el Sr. Darcy, se turbaba. Aguantaba el aliento y me miraba a los ojos enseñándome las venitas rojas, hinchadas. Nunca vi a mi padre en uno de esos instantes entrar en el cuarto y arroparla entre sus brazos.

Comenzó a adelgazar hará un año. De una forma dramática a partir de mi quince cumpleaños, cuando los efectos empezaron a hacerse evidentes. Decía que era el insomnio, y ninguno habíamos notado una pérdida notable del apetito. El médico le impuso un régimen dietético, además de baños, masajes, infusiones antes de las comidas y reposo. Pero aún así llegó la neumonía.

–Señorita Constanze, su ropa está lista.

Elisabetta había empujado la puerta sin llamar, aunque su vozarrón había resonado a modo de aviso antes de que se atreviera a franquear el umbral. Nunca miraba directamente, siempre necesitaba un refugio tras el cuál parecer segura, ya fuera –como ahora– un montón de ropa del brazo en una cesta o la vela de un candil.

–Sí, puedes pasar Elisabetta, adelante.

–Le traigo el vestido. ¿Cree que el caballero catalán tendrá para usted algún obsequio?

–Déjalo sobre el diván.

–Le he plisado y puesto tiesos el polisón y los cuellos del corpiño antes de plancharlos, mi señora.

Nunca se lo había preguntado pero, a lo sumo, sería uno o dos años mayor que yo. Seguro que ardía en deseos de probárselo, de tener un vestido así. Tendí la mano para apreciar la textura que me ofrecía y aproveché para tocar sus muñecas. Su piel era sorprendentemente suave, poco menos que la mía, y más cálida. Además tanto su cadera como su pecho eran mucho más anchos que los míos, era más voluptuosa.

–¿Por qué no estás casada? ¿No tienes siquiera algún novio?

–Pero señora, yo estoy bien, vivo a gusto gracias a su familia. ¿Por qué lo dice?

–Extiéndelo bien, que no se arrugue.

–Pues si a usted le interesa, señorita Constanze, estoy prometida con Andrea. Es hijo del primo de Emanuele. Muy apuesto.

–¿No trabaja en casa, verdad? ¿No cree que siempre sea bastante injusto para nosotras, Elisabetta?

–No la entiendo, señorita Constanze.

–Da igual. ¿Has encontrado ya los zapatos de terciopelo negro, los cerrados con flecos?

–Sí. ¿Va usted a seguir leyendo?

–Durante un rato más, sí. Límpialos y súbelos más tarde.

–El café con las pastas estará listo en una hora.

–Tráelos después de media mañana, entonces. No cierres del todo al salir.

El oxígeno puede colarse por cualquier minúscula abertura pero yo necesito verlo entrar. Cerrar los dedos y sentir cómo se me escapa, poder tragarlo a bocanadas. Me aprisiona los bronquios, una habitación estanca. Sellada, como la tumba de mi madre. Como su perpetuo silencio.

–Yo no esperaré.

Elisabetta estaba satisfecha. Habló sonriente de Andrea, dentro de su timidez. La había escogido un hombre guapo y poco más le quedaba que desear que fuese bueno con ella, que fuese un chico trabajador y atento, que la quisiera. Nada le impedía estar con otras, serle infiel. Él podía cambiar de opinión.

Mi madre tuvo mucho más y no pudo ser feliz. Mi madre, a pesar de lo que le permitía su nombre, con toda la fuerza de los títulos anclados a su apellido, vivió ahogándose, extenuada con su rumbo. Y nunca nadie le preguntó qué le hubiera hecho feliz a ella. No pudo virar.

–Yo no aguardaré a que un hombre venga a rescatarme, algún día me marcharé.

Cuando se supo el diagnóstico entré en el despacho de mi padre y empecé a robarle dinero del buró. Al principio compraba con él más libros, luego continué haciéndolo sin gastarlo, solamente guardándolo para mí.

La amargura me sofocaba, estaba saturada, tenía su sabor dispersándose por la sangre cada vez que el corazón latía, aún más deprisa. Comenzaba a costarme respirar. Dejé el libro a un lado, abierto y con las tapas hacia arriba, y tomé mi garganta con las dos manos, deseando rasgarla y liberarme. Debajo el pecho batía furioso, empujando suspiros que sonaban agónicos al salir.

–Me marcharé, escaparé a París.

Era como si la ansiedad expeliese un veneno ácido cuyas quemaduras te desgastaran por dentro hasta amansarte. Solté la garganta y fui bajando la caricia por el pecho, suave, con el leve tacto de la palma hasta notar el cosquilleo de la piel erizada.

–No me van a retener.

Por encima de la ropa la sensación era confusa, pero seguí bajando.

–Algún día, pronto, me iré a París. Me marcharé, desapareceré sin rastro –lo repetía en un jadeo, con las palabras apretadas, bisbiseando y mordiendo el labio inferior.

–Me iré a París –grité relajando la respiración entrecortada.

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