Humo rojo, Capítulo 9

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LUDOVICO

 

El mostrador está cubierto de polvo. No hay barrotes; entre él y yo sólo están las gafas, que se cierran sobre sus pestañas para empequeñecer más sus ojos. El polvo es tupido salvo en un recuadro. Había un libro, lo hubo una vez. La cartela del establecimiento está caída, a mi lado, en el suelo. Contiene una falta de ortografía: Monte di Pietá, dice; en vez de Pietà. Fuera ya no hay letrero; lo hubo una vez. Detrás, en un estante, hay guardadas veintitrés piezas de una cubertería de oro, bañada en oro, o dorada. Tendría que tocarla para saberlo. De la solapa, junto a la cadena de un reloj, sobresale una punta: podría ser otro cuchillo. Veinticuatro.

Si saltara, lo golpeara y tomara los objetos más valiosos que encontrase a primera vista, nada aparatoso ni pesado, podría correr con ellos durante ochocientos metros a máxima velocidad; un par de kilómetros, reduciendo el ritmo. La leve pendiente se inclinaba a mi favor, yendo en dirección a plaza Spagna. Él tardaría más de un minuto en recobrarse, ponerse en pie y ser capaz de perseguirme. Estaría dentro del margen para haber alcanzado mi escondrijo en el portal de Franz antes. Aunque pudiera correr tan rápido como yo, mi ventaja era definitiva.

Gilles no lo habría consentido. El tendero me había visto la cara, podría reconocerme, tirar de cualquier hilo y rastrearme; encontrarme si vendiese sus cosas en cualquier otro lugar de la ciudad: Porta Portese, San Giovanni. Gilles me habría recordado que debíamos proteger nuestras identidades, no ponerlas en riesgo; que no somos vulgares delincuentes, que nuestra pervivencia depende de un trabajo muy preciso, minucioso. Injerir en el estrato social más rico es una cuestión de mímesis, de otra forma nuestro oficio no existe. Si despertamos dudas, dejamos de existir. Desaparecemos. Él me había entrenado, me había enseñado arte e historia, protocolo, modales en la mesa. Me había dado un nombre. Hizo cuanto supo para dotarme, para que pudiera volverme invisible. Yo respondo, le respondo a él, acudo a sus llamadas. Pero no es lo que soy: Ludovico no tiene apellido, ni pasado; es una grafía o una voz. Lo único que defiendo es su modo de vida, del que a su vez me he hecho dependiente. Lo he asimilado como propio porque he olvidado que pudiera existir una alternativa. Sin recuerdos, Gilles es cuanto tengo.

–¿Cuánto me daría por ella, por esta pulsera? Es de plata, venía a empeñarla.

Los eslabones no suenan. La muñeca de Chiara era estrecha, no habría podido sujetarla salvo por la prominencia del primer huesecillo del lado externo. Se la habría atado al tobillo, imaginaba, justo por debajo de la articulación, donde el tendón era robusto. La habría mirado subir a saltitos las escaleras, el balance de sus piernas, el equilibrio de su espalda. Pero tendría que haber tintineado; como un cascabel. Y la pulsera no sonaba.

Ciao, siore. Déjela aquí un momento, vuelvo ahora con la lupa.

La interceptó con su palma abierta mientras la soltaba en el mostrador. Luego la depositó él mismo.

Pensaba en ese sonido, en el cascabel, y podía desearla. Excitarme. Si la deseaba, pasaba a configurarla ante mí como una concatenación de formas frías, me sentía engullido por un humo rojo. Ella no entró en pánico con la sangre y las heridas de Peppe, tuvo capacidad de reacción.

Gilles era sorprendentemente fuerte, debía serlo, más allá de las apariencias. Había tenido la fuerza necesaria para inmovilizarlo y, a pesar de la resistencia que debió haberle ofrecido, seccionar en la mano izquierda una falange casi limpia. Dejó del pulgar sólo un pedazo de tendón. Lo de la mano derecha fue una carnicería. Por esa herida y el tajo de la lengua, a ras, se derramó su sangre a borbotones. No lo conocía, nunca entré en la carpintería Matera, pero intuía que tenía que ser él. Cuando vi la ropa a remojo en aquel barreño, en casa, lo supe con seguridad. Adelina, la mujer del reciente tullido, sí que me resultaba familiar; a ella debía pertenecer esta pulsera, la que se llevó Gilles.

–Le traigo una cosa.

–¿Me lo dice a mí?

–Ya he vuelto, creo que le gustará.

–¿Está usted hablando conmigo?

–Es un candelabro, de un juego, el gemelo está perdido. Es de acero, pero el recubrimiento de plata tiene unos grabados. ¿Ve? Representan a un alabardero inglés, con filigrana vegetal de inspiración renacentista. –Hablaba quieto; la siniestra superposición del cristal al ojo se asemejaba al mercurio en un espejo–. Se lo podría cambiar por su pulsera.

–Lo siento, pero creo que no me ha entendido. Quiero empeñarla, necesito dinero en efectivo.

–Parece plata, pero pesa poco, ¿menos de doscientos gramos?, y por la cara interior está deslucida. Podría valer más el candelabro.

–Pero no quiero un candelabro. No busco un canje, quiero dinero. De lo contrario no estaría aquí.

–Le ofrezco veinte liras, entonces.

Había jugado conmigo para dilucidar cuánto me urgía y partir con ventaja en el regateo. Calculé qué respuesta podía volver a colocarme en igualdad de condiciones y exigí cien, pero con el terreno perdido no pude sino acabar aceptando treinta y cinco.

–A partir de la próxima luna será mía, tiene hasta entonces para recuperarla. Si no conoce el procedimiento, le diré que debe abonarme un treinta y tres por ciento de interés para llevársela, con un suplemento de un quince por ciento extra si se trata del día límite: cuarenta y seis liras hasta dentro de cuatro jueves, cincuenta y una el viernes.

–Muchas gracias, no creo que nos volvamos a ver, no a propósito de esto.

Me guardé el dinero y salí. Era un auténtico excéntrico. Ahora que los Montes de Piedad no podían percibir beneficios de su actividad, había reconvertido su negocio en una rara combinación de casa de empeños, caja de ahorros y anticuario. En Roma nadie está limpio.

Sin oro en los bolsillos, no hubo necesidad de correr, aunque en la esquina de la calle Margutta con la plaza, ya antes de la escalinata a Trinità dei Monti, aceleré para evitar el nutrido grupo de gente que observaba cómo unos operarios colocaban la decoración floral: claveles rojos y blancos, alternos; más tiernos en los aledaños de la  fuente de la barcaccia que en el obelisco de la cumbre. En la iglesia. Una ladera roja y blanca.

El edificio de la fonda, de Franz, mantenía por las tardes a un portero orondo y medio ciego. Nunca me recordaba de una vez para la siguiente, por fijamente que me observase.

–Vengo a visitar a uno de sus huéspedes, buenas tardes, al señor Ducray.

–El señor Ducray es uno de los inquilinos de nuestro edificio, de un ático –confirmó apretando los pómulos contra las cejas.

–Sí, lo sé, por eso vengo a verlo. Soy su guía habitual, siempre que visita Roma.

–El señor Ducray habla muy buen italiano, como usted, y reside aquí con frecuencia. Nadie más ocupa su vivienda desde que yo estoy aquí. Hace más de diez años.

–Lo sé, lo conozco desde entonces; y él a mí desde antes, desde crío.

–El señor Ducray me avisó de que tendría visita, pero dijo un amigo, no su paje. Ludovico, eso dijo el señor Ducray.

–Ludovico, ese soy –respondí, aunque algo no terminara de encajarme dentro de la frase.

Era el único hijo de los propietarios, una familia de origen holandés establecida por generaciones en Roma: Van der… algo. Siempre habían gestionado el alojamiento. Cuando nadie más podía atender ese puesto, por la tarde cuando estaban cansados, dejaban solo a Gaspar.

–Suba las escaleras, es el interno ocho, en el último piso.

–Gracias, Gaspar.

–Gracias a usted, señor Ducray –me contestó.

Subí deprisa pero no llamé. No inmediatamente. Paré en la ventana del pasillo. Había una telaraña entre los edificios, una luz amarilla, densa. Impregnaba el paisaje: Roma es bonita en mayo. Enfrente, en la esquina opuesta, tres de esos edificios –todos del lado derecho de la plaza, si llegas desde Condotti–, habían sacado toldos a pie de calle: listados, en rojo y blanco.

La puerta tenía dos cerraduras, nosotros mismos las cambiamos solicitando el permiso de los propietarios pero sin dejarles intervenir. Estaban casi juntas, a media altura; la de abajo era infranqueable sin llaves. Golpeé seco en ambas, con los nudillos, una sola vez. Gilles se apresuró a abrirme.

–No paro de pensar en algo. Rápido, pasa.

No habría sido necesario que lo mencionara, podía ver su efervescencia, vibrar el azul en sus ojos.

–Es algo que me contó Peppe, le doy vueltas por si fuera una posibilidad real.

–Peppe no habla, le cortaste la lengua, casi lo matas –apostillé sin querer culparle.

–Antes. Cuando estaba suplicándome. Es una locura, sé que lo es. Que debería concentrarme en mañana: soy plenamente consciente de los riesgos que entraña volver al sitio donde robamos; de que Enrico podría jugárnosla y de que ese va a ser nuestro único cobro. Pero no puedo, de veras. Podría ser un trabajo grande. A propósito, ¿cuánto has sacado por la pulsera?

–Treinta y cinco; y una luna para rescatarla.

–No un mes, una luna. ¿Te atendió el viejo? Está loco. Lo has hecho bien.

Volvió a sentarse, ocupando el sofá granate. Todo en aquel espacio me sofocaba por su barroquismo: el tapizado de las sillas, las cortinas de terciopelo, la marquetería con pan de oro de las paredes, el reloj labrado que se incrustaba en la esquina y hasta los biombos con motivos orientales. En mi dormitorio, que ocupaba justamente el abuhardillado –a la altura de la terraza– sólo había un jergón y la ventana, siempre impoluta.

–¿Vas a contarme de qué se trata?

–No estoy seguro, no lo sé.

Jugaba con los dedos, pasaba a anudarse la punta de su perilla pelirroja y devolvía la atención a las manos.

–No me gusta preguntar.

–No preguntas dos veces, ya lo sé. Déjame ordenar algunas ideas, sólo un momento. ¿Te suena el nombre de Federico Madrazo? –siguió hablando sin detenerse.

–No lo creo, ¿Madrazo? No. ¿Hay alguna razón por la que debiera sonarme?

–No, muchacho, estaba recordando. Se marchó de Roma cinco o seis años antes de que vinieras a vivir conmigo, en el 42, creo. A Madrid. Dios, qué oscura parece ahora esa época; qué oscuro es el pasado, ¿verdad, Ludovico? Una apuesta, ¿cuánto estimas que nos pagará Enrico? Me consta que lo ha vendido, si no ese enano no me habría avisado para encontrarnos. Mañana, debajo del puente Sisto, me dijo. Ha cumplido los plazos, estoy seguro. ¿Cubriremos algo más que los gastos de pensión?

–¿Adónde quieres llegar, Gilles?

–¡Vamos! ¡Ponle un precio! No me voy a ofender.

–Te sudan las mejillas.

Le di la espalda, me alejaba para recorrer el perímetro. Deshice el nudo y solté la borla para echar las cortinas. Pensé por un instante que ensombrecer el ambiente, dejar de distinguir la decoración enredada, lo aliviaría de su ansiedad como probablemente habría esperado que sucediera conmigo. Tenía cercos de sudor en las axilas y el pecho, a pesar del reciente baño.

–Al principio supuse que sólo era una mentira. Sería lógico, creía que lo iba a matar, tenía que salvar su vida. Luego fui repasando algunos detalles; sentía una corazonada, él mencionó a Poussin, un pintor concreto que le era completamente desconocido. Mio Dio, no es más que un pobre diablo, sólo le interesa comer dos o tres veces al día y vivir tranquilo. Del cuadro de Caravaggio se fijó en el marco, por defecto profesional, porque él mismo lo había hecho. Cuando fui tras él y le sondeé sobre Lord Cunningham, cuando le pregunté por qué había tirado por tierra mi trato, él naturalmente creyó que nosotros habíamos robado la pintura de la iglesia. De ser así, ¿por qué encargarle un marco?, ¿por qué no llevarme conmigo el original? Si se lo escuchó a Cunningham puede ser cierto.

–¿Hablas en serio? Se me ocurren varias razones: correr con un lienzo enmarcado, uno de las mismas dimensiones que tu envergadura, uno cuyo peso te lastraría. ¿Qué sucede, Gilles?

–Peppe me habló de un descatalogado de Poussin a nuestro alcance, aquí en Roma.

–¿Y qué? Una patraña.

–Tiene toda la pinta de serlo, sí, pero podría ser verdad, ¿te das cuenta?

–Es mentira. Además, ¿cuántas veces me has repetido que no somos vulgares ladrones?

Se dirigía a mí para que le ayudara a conectar los cabos que permanecían sueltos en su cabeza: él lo llamaba intuición; para mí era una simple ilusión. Quería creer.

–No lo entiendes, es más, mucho más que eso.

–¿Mucho más que robar un cuadro de gran valor?

–Más que el valor, sí. Es un hallazgo, sacar a la luz un Poussin. Me tomo muy en serio lo que hago, estudié con Madrazo los dos años que estuvo aquí en Roma; trabamos una buena relación. No he contestado a sus cartas por algún tiempo, por muchísimo tiempo. Hasta donde supe él debe ser ahora director del museo del Prado, en Madrid. Podría escribirle ahora.

–¿Insinúas lo que creo?

–Podríamos vendérselo, la compra se la financiaría el Estado español. Sacaríamos una buena cantidad y, además del reconocimiento, podríamos abandonar los robos. Ser parte del circuito legal.

–Ese cuadro no existe, Gilles. Y el propietario, ¿acaso no lo impediría?

Sonó rotunda mi respuesta, aunque contuviera una contradicción.

–¡Abre los ojos! Peppe dijo que le pertenecía a ella, a Anne Marie Orval, de los Bethune-Orval. Su linaje es más rancio que París, fueron duques; podría tenerlo, o podría haberlo heredado como heredó todas las propiedades de su familia hace quince años. Ahora está muerta; el cuadro podría permanecer oculto.

Un calambre me paralizó el cuerpo. No pude evitar volver a llevar mi mano a la nariz, volver a hacer fuerza e intentar inspirar. Oler.

–El cuadro sigue oculto –repetí.

–Oculto, sí, ¿lo entiendes ya?

–No.

–Podrían mantenerlo así por no poderlo datar o justificar como parte de su colección, de su patrimonio. Todo tiene unos procedimientos, debe formar parte de un registro y son bienes cuantificables para herencias y derecho de familia. Si el marido, italiano, no francés, hubiera sabido de él, habría tratado de organizar algún chanchullo: venderlo de estraperlo. Ese cuadro habría salido a la luz; sin embargo, sigue sin existir. No pueden reclamarlo, esa es mi conclusión.

Tuve la sensación de que algo desbordaba mi sombra, humo desprendido, y me perseguía igual que ella.

–Deberíamos averiguarlo. Averiguarlo y robarlo.

 

***

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