Hurtar el rostro IV

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No hay máscara. De repente la calle nos conoce. Nos hemos puesto a régimen un día, ese día hemos hecho ejercicio, salimos, lo primero, a la peluquería (considerada “de necesidad” durante la pandemia), nos hemos afeitado o probamos la barba que nos hace más serios, bajo la cual no se ve la papada, compramos ropa nueva que, pese a no comer un día y la gimnasia, la nuestra no nos vale, metemos la barriga ante el espejo, “¡aguanta, Pepa! ¡aguanta, Casimiro!”, nos pintamos las uñas, lustramos los zapatos, ensayamos la cara de entretiempo y salimos. Con precaución: Armstrong tentando la superficie de la Luna, vaya a ser que el suelo no resista nuestro peso. “¡Gordo!”, te dices. “¡Gorda!” Los cráteres lunares. Agosto. Alzada la ciudad, que se levanta en obras.

Asunto zanjado

Zanjas a cada paso. En el campo, la playa, la montaña, te libras. Salvo de trabajar, quienes trabajan, fin del teletrabajo. Para los camareros, temporada alta. ¡Qué suerte trabajar de camarero, sudor y agotamiento, muchas horas y, de propina, ahorrar para los tiempos malos, mala paga! “Ya, pero cobras”. Cobras y, cliente, te cobran. Agricultor, al sol. Cocido debajo de los plásticos y hacinado después en un galpón. Por venir de tan lejos, ¿quién te manda? Transportista, peón de carreteras, albañil ¡al sol, que ya es verano! Dependiente, empleado, oficinista, fiesta de los oficios. Queda la mascarilla, preceptiva, para los interiores. Para los camareros en terrazas. Para la policía. Pero tú no la llevas. Ya nada se interpone entre el mundo y tu cara.

 

NOSOTROS, COMO MÁSCARA

La única manera de llevar una careta es no ser consciente de ella. Si la notamos, la careta anula y se anula a sí misma. Quien más, quien menos, todo el mundo lo sabe: el mal es cada uno. Al nacer estaba ahí, esperándonos. Si es que el mal no venía en nosotros: la persona, ¿nace, o se hace? Hay teorías. Dicen que el mal se aprende, que el individuo humano entra en la vida bueno, sin mácula, una página en blanco y que las circunstancias lo escriben desde entonces. Si eso fuese cierto, cabría deducir que lo que nos rodea, lo que se encuentra uno cuando nace, es el mal. El mal en todas partes. El mal universal y sin escape. Así se explica lo muy malos que somos. De la primera a la última. Del último al primero. Eso, quien se observa a sí mismo, no lo duda. Basta quedarnos solos, donde nadie nos vea y empezar a hacer cosas. Y que nos aseguren que no habrá consecuencias. ¿Qué ha creado Suiza?: el queso de Gruyere y el reloj de cuco. Bueno: y más bancos también. ¡Hasta en Suiza, el mal! Por todas partes. “Imagínate que esos, ahí abajo, son puntitos y que, cada vez que eliminas uno, cada vez que un puntito deja de moverse, entra dinero en tu cuenta corriente”. Los bancos, en Suiza, tampoco dudarían un instante: “¡Se lo multiplicamos!”, que la multiplicación de los dineros, una entelequia, algo, la moneda, que ni siquiera existe, es también un milagro. Y, los bancos, los templos. Y, nosotros, los fieles.

 

El tercer hombre. Carol Reed. 1949

¡ATENCIÓN!: el propio video avisa, spoiler: te revientan la trama.

 

La máscara de ser buena persona que lleva el individuo por la calle toma distancia, adquiere perspectiva y se le transparenta la cara que hay debajo. Aunque no hagas el mal. Aunque, en la noria o en el teleférico, te impongas y no borres puntitos. Lo has pensado. Un segundo. Es el mal. ¿Está en ti, o sólo se te ocurre cuando otro te lo indica? La tentación, ¿la llevamos de casa, o vive fuera? Aun de fuera, si tan fácil nos es oír la tentación, algo nos pasa. Y es otra teoría: la persona ya nace, no se hace. Como es. Con el mal incorporado. Y el mal que la persona lleva dentro infecta el mundo y hace el mundo a su imagen y eso es la creación. Nombrar las cosas, para que sean nuestras. “¡Mío!” es de lo que antes dice el niño. De hecho “mamá”, “papa”, no es otra cosa que “mi mamá”, “mi papá”: me pertenecen. “Nene”, referido a sí mismo, es la conciencia, el dueño se distingue de lo otro y se distingue por ello, porque es dueño de sí y de lo que hay fuera. Eso se cree ella, eso se cree él. No tarda en descubrir que hay otros dueños por mucho que berree y que papá y mamá le traigan la muñeca, la pelota, el móvil, la cartera, un cuchillo y que haga lo que quiera: por no oírle. El niño sale al mundo y se encuentra en él con otros niños, otras formas del mal, que quieren su muñeca, su pelota, el móvil de sus padres. Que lo exigen. Que pelean por ello. Se lo quitan. Surge de ahí el odio a los demás. El odio a los demás, ¿nace con uno o se va generando con el trato? Un niño nuevo llega a la casa, “¡tu hermanito! ¡tu hermanita!” Odio. Es innato. Lo despierta una presencia ajena, pero está ya en nosotros. Como el hambre. El hambre no crea la comida. No la necesita. Es en su ausencia, el hambre. Y en ausencia del otro, el odio al otro. Latente. Que, a la menor ocasión, se manifiesta.

 

Le testament du Dr. Cordelier. Jean Renoir. 1959

 

El concepto de la divinidad, una y sola, eterna, ubicua, que es todo y todo es ella, viene del niño en cuanto se confronta con más niños: lo acaban de expulsar del Paraíso. Duele y, a poco que podamos, nos vengamos. Con máscara, la prueba de que el mal somos nosotros y, el bien, lo que aprendemos. Nos avergüenzan en el mal. Sobre todo, nos da miedo que nos pillen. Ahí, la debilidad. El bien son las fuerzas policiales y los jueces. Las fuerzas policiales y los jueces no son seres humanos. Si lo fuesen, obrarían el mal. A menos que las fuerzas policiales y los jueces en el constante ejercicio de su función no sean ellos, sino parte del bien, de lo que hay fuera, de lo que había fuera, antes del hombre. La conciencia, ¿nace o se hace? La alegría salvaje cuando el hombre se desprende de ella apunta a que nos la han impuesto, para el bien, que nada tiene que ver con lo que somos.  Ése es el testamento del doctor Cordelier, la enseñanza en El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde, de Robert Louis Stevenson. Para ser libre, el individuo humano no necesita máscara: necesita no mirarse a la cara. Hasta tal punto el bien pervierte, determina, transforma. Hasta el extremo de que asumir el mal, el asumirnos, acaba con nosotros. (No asumirnos, también, por otra parte, acaba con nosotros. El mal y el bien son lo mismo, en el tiempo).

 

Spencer Jekyll

 

Agosto. Fin de la mascarilla. Vuelta a la calle, a los bares, al cine. Ahora, ya sin disfraz, lo que queda de uno, el cine, el bar, la calle, lo retrata con crudeza.

 

“BONUS TRACK”

Sólo para mayores. Como el resto.

Concierto. Noel Gallagher se pone la cara de The Who (o The Who se ponen, de cara, a Noel Gallagher).

 

The Who con Noel Gallagher

 

Para toda persona tocada por la fama, la máscara es el rostro. Se ha hecho tanto a ella que no nota la máscara. No nota la careta. Y detesta que no la reconozcan. Peor: que confundan su máscara con otra. Nada más enojoso para Natalie Portman que el que alguien la tome por Keyra Knightley. Nada molesta a Matt Damon tanto como Mark Whalberg: su existencia. Lo mismo les pasa a Keyra Knightley y a Mark Whalberg. La máscara es el uno, que nos llama. Y no hay que juntar máscaras. Menos, cuando se fuerza la confluencia de los tiempos, donde el mal es el bien y el bien el mal. Salvo John Entwistle, a su aire en el vídeo, todos están incómodos. Roger Daltrey, que no sabe si moverse o no moverse. Pete Thownsend, que casi renuncia al aspa de guitarra, no vaya a tropezar con la fama de Gallagher. Y Gallagher que, ¡joder!: ¡son The Who! Claro que, hoy, como con Depardieu, José Ferrer, Cyrano, ¿quién es Who? Oasis, ¿quién es Gallagher? Y ni siquiera se remonta su rostro a Rory Gallagher. En el que fue Palacio de los Deportes de Madrid, hace tiempo, Gary Moore, Ginger Baker y Jack Bruce tocaron juntos. Cream y Moore. En un momento dado, Moore dejó su guitarra en el suelo y se puso a aplaudir a Bruce y a Baker. Sin careta, ninguno. Anulados el mal, el bien y el tiempo.

 

Gary Moore y B.B. King

 

Gary Moore lo hizo mucho.

 

Zona de Avistamiento para HURTAR EL ROSTRO I, con la Máscara de Alivio, la Máscara de Presumir y la Máscara de Renuncia.

Hurtar el rostro I

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