I. Arda Solís se va a las montañas

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El profesor Miguel Arda Solís no era de los que tomaba decisiones a la ligera, de un día para otro, pero esta vez se decidió rápido, sin darle muchas vueltas al asunto. En conversación telefónica con un amigo y colega de profesión salió a relucir el proyecto en que estaba metido y lo difícil que le resultaba concentrarse. Al parecer Arda Solís, en mitad de su año sabático, necesitaba silencio, aislamiento y mucha meditación antes de ponerse a escribir, lo cual, según le decía al amigo por teléfono, le era casi imposible en su ruidoso piso de la Avenida 9. El amigo, al otro lado de la línea, le sugirió que alquilara una casa en los bosques, al norte del estado de Nueva York, por los Catskills. Al oír esto el profesor se había quedado muy callado, como pensándoselo, pero al cabo alegó que su economía no estaba para tales dispendios. El amigo le dijo entonces que la viuda de Laszlo Martell, recientemente fallecido, le alquilaría una casa de campo en aquella zona por cuatro perras.

 

Puede que incluso te la deje gratis si te comprometes a cuidarla un poco y a acarrear con los gastos de la luz y la calefacción. En realidad no sabe qué hacer con ella. La casa le resulta un engorro. Creo que desde que murió el marido no ha vuelto a pisarla.

 

Arda Solís tenía un recuerdo vago de aquel Laszlo Martell al que se refería ahora su amigo. Lo recordaba siempre atento, siempre muy atildado las varias veces que habían coincido, la última en una conferencia que Martell había dado precisamente en su pequeña universidad en torno a Las confesiones de JJ Rousseau. Martell debía arrastrar ya el cáncer, aunque en aquella ocasión, a finales de 2009, apenas se le había notado la enfermedad. La conferencia en sí no había sido gran cosa, si acaso un ameno paseo, de aquí para allá, por el psicoanálisis y los estudios culturales, por el calvinismo en Ginebra a principios del siglo XVIII y el masoquismo de Jean Jacques. Después, en el piscolabis que se siguió, Laszlo Martell había departido –según creía recordar Arda- de quesos y de vinos españoles con algunos de los profesores del claustro y lo había hecho con gracia y conocimiento. Desde luego un buen gourmet no podía tener mala casa, pensó Arda Solís; y así, antes de colgar, le pidió al amigo que se pusiera en contacto con la viuda y, a ser posible, concertara una cita, la cual se produjo esa misma tarde en el Ninth Street Expresso, un recoleto café situado en el Chelsea Market, a solo unas manzanas donde vivía el profesor.

 

Aquel primer encuentro fue breve. La viuda, bastante más pizpireta de lo que se imaginaba Solís y mucho más joven que Laszlo Martell, despachó el negocio de la casa en poco más de media hora. No necesitaba avales ni garantías; le bastaba saber que el futuro morador era amigo de uno de los mejores amigos de su marido. Y luego, entre sorbo y sorbo del capuchino, aclaró que la casa llevaba más de dos años cerrada desde la muerte de Laszlo. Ella había estado solo una vez el pasado octubre, durante unas horas, y había encontrado todo más o menos en orden. Habría seguramente algo de humedad en los dormitorios y sería necesario comprar sábanas nuevas. En cuanto a las condiciones, la viuda se conformaba con que Arda Solís pagara el dinero de los impuestos, unos $300 dólares mensuales, además de los gastos de luz y del gas, que debían correr también de su cuenta. Tras acabarse el capuchino, la viuda sacó las llaves del bolso, escribió en un papel la dirección y varios teléfonos y, por último, le dio algunas instrucciones de cómo llegar hasta allí, tras de lo cual se levantó, se sonrió muy educadamente y le dijo que si no le convencía aquello, no hacía falta que se comunicara con ella, que simplemente dejara las llaves con el vecino.

 

**

 

Al día siguiente Arda Solís se levantó tempranísimo, fue a recoger de la tienda el coche que había alquilado la noche anterior y antes de las siete estaba ya en camino. El viaje transcurrió sin incidencias, solo un poco de tráfico en el Major Deegan, a la salida de Nueva York, y otro poco, a causa de un accidente, poco antes de llegar al Tappan Zee Bridge, el puente que cruza el río Hudson. La belleza invernal de los bosques, según dejaba atrás la urbe, le llenaban de ventura.

 

Recorrió cien millas como conducido por un piloto automático.

 

A la altura de Kingston, se salió de la autopista y el GPS le fue llevando por un circunloquio de carreteras comarcales. Empezaba a nevar, pero no mucho. Los copos de nieve revoloteaban por el grisáceo aire mañanero y al caer blanqueaban poco a poco la carretera, cada vez más sinuosa a medida que el bosque se iba espesando. Aquí y allá se veía fugazmente, entre el desnudo boscaje, el saliente de un tejado, el portalón de un garaje, una iglesia luterana, el picudo hastial de un chalet, una escuela pública con su bandera americana, un caminito escarpado que se perdía por una arboleda, la cerca blanquísima de una granja, un claro del bosque, un estanque helado, un riachuelo.

 

Por fin, tras uno de los muchos repechos, la melodiosa voz del GPS le advirtió que el punto de destino estaba a la derecha.

 

Nevaba ya más. A los dos lados de la carretera había solo árboles y luego, algo más allá, a unos metros, una explanada de grava.

 

Arda Solís salió del coche, miró la cerca de madera que bordeaba la propiedad y luego se fijó detenidamente en la parte frontal de la casa. No le causó demasiada buena impresión, en un primer vistazo. Era una casa toda de ladrillo construida encima de una pequeña loma, con un tejado de pizarra negra a dos aguas. Un árbol de más de quince metros descollaba por encima, casi a la misma altura de la chimenea adosada a uno de los extremos de la casa.

 

Subió unos peldaños de piedra, al pie de la carretera, y recorrió el camino empedrado que llevaba a la puerta principal. Dos setos desmarañados, a uno y otro lado, la custodiaban. La viuda le había dicho que entrara por la puerta de atrás. Arda Solís fue rodeando la casa. Todas las persianas estaban bajadas.

 

Al ir a doblar la esquina se encontró a sus pies con un talud, ya casi blanco por la nieve, y debajo, separado por una valla de piedra, un camino alquitranado que terminaba, a unos quince metros, en un garaje con dos puertas pintadas de rojo. Pronto comprendió que el garaje era parte de otra vivienda, casi tan grande como la que estaba al pie de la carretera, de construcción mucho más reciente.

 

Arda Solís saltó con agilidad por encima de la valla y subió luego por el camino de entrada. Al final de la cuesta, tras dejar el garaje a su izquierda, se le abrió una pradera extensísima, con un solo nogal en medio y un robusto pino muy a lo lejos, cerca de una hondonada que hacía presagiar un río. En el horizonte gris, entre los copos de la nieve, se perfilaba una cresta montañosa. Nevaba copiosamente. El terreno era ya todo blanco, todo impoluto.

Nacido y criado en Madrid, José Luis Madrigal ha pasado la mayor parte de su vida adulta en el mundo anglosajón. Vivió varios años en Londres y desde 1986 reside en Brooklyn, Nueva York. Es profesor titular en el Queensborough Community College y el Graduate Center de la Universidad de Nueva York (CUNY). Publica con cierta regularidad trabajos sobre atribución textual. En 2002, provocó algún revuelo al proponer que el Lazarillo lo había escrito un humanista toledano, Francisco Cervantes de Salazar, atribución que el mismo desecho años después tras darle muchas vueltas al asunto. Actualmente defiende otra candidatura más fundamentada, pero tras el traspié anterior prefiere no airearla demasiado. Algunos de sus trabajos están disponibles en la red. Digamos para terminar que le gusta leer, conversar con unos pocos amigos afines y contarle historias a su hija de siete años.