I loved you

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Habíamos decidido pasar la luna de miel en un pequeño pueblo del norte; y para el viaje echamos mano de mi desvencijado 2 CV. El recorrido estuvo lleno de menudencias agradables, sucedidas dentro del coche, en pequeños restaurantes de carretera, sobre los lindos miradores del camino serpenteante. Llegamos al hotel, un pequeño y lindo alojamiento situado a la espalda de unos riscos, y en aquella semana de aire puro fueron buenas nuestras comidas, excelentes nuestros paseos, la charla amena y el calibre altísimo en la puesta en escena del amor.

En el acompasado bisbiseo del saloncito del hotel, bien caldeados por las llamas decorativas que se contoneaban en un rincón del fondo, dos copas de licor eran el broche de la primera cena. Estaba a punto de extinguirse el día de San Valentín. A ambos lados del velador, tú y yo dábamos curso a las más tópicas y disculpables cursilerías cuando se acerca a nuestra mesa un chico árabe, quien, ostensiblemente muy bebido, nos pide, en un español dificultoso, que le encendamos su cigarrillo (entonces se podía fumar en cualquier sitio); así lo hicimos, recibiendo de su parte, como raudo testimonio de agradecimiento, el hermoso saludo de su patria: “Mi corazón, mis palabras y mis pensamientos son para ti”, a la vez que se palpa el pecho, los labios y la frente y nos señala con el dorso de su mano; le devolvimos  el simpático gesto con nuestra franca sonrisa.

Tú, marido reciente, recientísimo entonces, conforme a tu impaciencia masculina, me ruegas que subamos a la habitación, a la cama, pero yo, consecuente con mi temperamento femenil, te dije, contestándote con dulzura, que iba a ver un poco de televisión en el salón comunal (en nuestro cuarto el receptor estaba ausente), prometiendo, y lanzándote un guiño picaruelo, no demorarme.

Acabó la película, salí del saloncito y prendí un nuevo cigarrillo (entonces, insisto, se podía fumar en cualquier sitio) mientras bajaba el ascensor. Ya en la planta, a mitad del pasillo se apagaron las lámparas, pero no supe encontrar el interruptor para que luciesen de nuevo; la habitación estaba al fondo, a la derecha. Me descalcé para evitar el ruido de mis pasos, con la intención de sorprenderte, flamante esposo, no antes de estar completamente desnuda junto a ti debajo de la misma sábana. Giré el pomo de la puerta sigilosamente, la cerré de igual modo, procuré orientarme con rapidez, me bajé las medias despacio, a los pies de la cama, las saqué suavemente de mis pies, desabroché la falda y los botones de la blusa, me busqué en la espalda los corchetes del sujetador y deslicé con seguridad la pequeña braguita a lo largo de mis piernas hasta despojarme, así, de toda indumentaria; dejé el montón de ropa sobre la butaca y, de puntillas, me adentré en el lecho, me alargué en su fresca superficie, me cubrí con la sábana y busqué, acurrucándome, tu cuerpo, que me daba la espalda. Puse una mano sobre tu hombro. Tu cuerpo ardía y tu respiración era dificultosa (algo extraño en ti); bajé la mano hasta tu brazo y lo acaricié con paulatina fuerza de arriba abajo; de vez en cuando oía de tu boca largos suspiros y leves ronquidos que yo no suponía, y además consideré que tardabas mucho en despertar y reaccionar y responder ante mi presencia. Hice un rápido movimiento para pegar mi vientre a tu trasero y dejé de acariciarte el brazo, llevando mi mano a tu peludo pecho.

Entonces descubrí que a mi lado, sobre la misma cama, bajo la misma  sábana, había otro hombre que no eras tú, pues el pecho que yo acababa de palpar era un pecho suave, desprovisto de vello. Entonces, cesé de súbito en mis caricias, adopté la postura del decúbito supino, me zambullí de lleno en el desconcierto y me dispuse a intentar pensar, arropada en la oscuridad. Me decidí a encender la lamparilla que tenía a mi lado; durante cinco segundos vi al muchacho árabe que, muy borracho, nos había solicitado cerillas mientras estábamos cenando; estaba totalmente hundido en su ebriedad y su cuerpo adoptaba una postura acorde con su estado. El estrecho calzoncillo blanco fulguraba sobre su piel morena. Seguía, impertérrito a mi presencia, dándome la espalda. Entonces caí en la cuenta: nuestra habitación no era la del fondo del pasillo a la derecha, sino la del fondo del pasillo a la izquierda.

Pulsé de nuevo el interruptor de la lamparilla con el propósito de suavizar, al menos, mi turbación, arropada, como antes, en la seguridad del cuarto oscuro. ¿Qué hacer?, pensaba. La conclusión de mi zozobra fue girar mi cuerpo del lado del muchacho que yacía junto a mí, rodear su cintura con mis brazos y buscar su sexo bajo el  fulgurante calzoncillo. Enseguida de asirlo y abarcarlo en mi mano, alcanzó su total erección. El chico me respondía, semi-inconsciente, tan sólo balbuciendo ininteligibles monosílabos entrecortados. Con brusquedad, le saqué el calzoncillo y, dándole la vuelta, lo atraje frente a  mí; él aferró sus manos en mi espalda moviendo su cuerpo rítmicamente buscando aquel sexo sorpresivo con que el azar le había obsequiado. Yo, mientras con una mano apretaba sus glúteos, con la otra asía nuevamente su sexo bien proporcionado introduciéndolo, con movimientos sinuosos, dentro de mi vagina. Aquel pene, moviéndose en la oscuridad, me vaciaba totalmente de pensamientos y mi excitada imaginación lo contenía, en exclusiva, dentro de su pantalla visual como algo enorme, total, brillante, lubrificado y útil en las paredes de mi vagina, expandiéndose como una dulce alarma en la sensación de mi vértigo placentero. Yo temblaba. Él ejercía su oficio amatorio sin decir una palabra e, intuyo, con los ojos sin abrir, en un quehacer mecánico, inconsciente. Todo fue muy rítmico y también muy raudos los prolegómenos. El chico eyaculó enseguida, pero a mí me dio tiempo a acompañarle en su placer. Jadeamos sordamente al unísono y, tras de breves coletazos, se separé bruscamente de él, que quedó exhausto, tendido de cualquier manera, profundamente dormido. Me vestí sin prisa, pero sin pausa y, abrochándome el último botón, salí otra vez a la penumbra del pasillo.

Al entrar en nuestra auténtica habitación, tampoco encendí ninguna lámpara, también a los pies de la cama me despojé de las medias, de la falda, de la blusa, del sostén, de la braguita…

Todas las noches restantes, mientras cenábamos, se acercaba el chico árabe, nos pedía una cerilla y nos saludaba como se hace en su país. Nosotros dos le devolvíamos la misma franca sonrisa del principio.

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