Ideas sin fuerza

Donde se recuerda a Marx, con perdón, a la hora de analizar la debacle del mundo de izquierda alternativa

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Los viejos marxistas, tribu en extinción desde que la izquierda española quiso ser neoyorquina, recordarán que nuestro gran materialista megalómano escribió un análisis bastante preciso de los continuos disturbios en la España del siglo XIX. De nombre “La España revolucionaria”, editado en septiembre de 1854 (poco después de “La Vicalvarada”), definía cruelmente a las Cortes de Cádiz como “ideas sin acción” ya que no tenían fuerza en ningún territorio del país invadido.

Algo parecido ha ocurrido en los últimos años con la debacle de la izquierda alternativa, la cual ha acabado siendo la mofa de media Internet. La pérdida de 200.000 clientes el pasado año de Netflix, su bastión en los servicios de streaming, era un síntoma devastador de unas “ideas sin fuerza” que habían sido el gran proyecto de emancipación de las clases urbanas progresistas. En mayor de las ironías Elon Musk, el gran gurú burbujesco, compró un porcentaje importante de Twitter casi al mismo tiempo.

Netlix, diversión para todos

La parodia del activista posmoderno, con todo, en España fue muy anterior: mereció el premio Gistau, triunfó en visitas con Un hombre, blanco, hetero y anegó en la irrelevancia un espacio mayoritario como era Sálvame en su imposible y suicida giro social. La España del 15M, el país que veía un futuro de activistas sociales de aspecto parecido a Pepe Viyuela, despertaba de su sueño utópico al descubrir una base social haciéndose facha a marchas forzadas y que ha hecho de la misa su protesta punk. No, no habría jornadas anarco veganas en los colegios, ni tampoco Paul B. Preciado llegaría a ministro/a de cultura al preferir la publicidad de Louis Vuitton.

Los enemigos del progreso social estaban aletargados, fuera de esas Cortes de Cádiz que fueron los “laboratorios”, esperando a frustrar la futura República, la abolición del género y todas las teorías más alocadas de la Malasaña profunda. Lo fascinante, en perspectiva, es cómo pudo creerse que la teoría queer podía llegar a ser masiva en un país donde Forocoches es su foro más leído, el Marca la publicación periódica de mayor éxito y Paz Padilla nuestra particular Jean Paul-Sartre. Tenían todos los datos, todas las pistas, para desconfiar de un futuro utópico…pero no lo hicieron.

¿Y a quién voto ahora?

Si a la Constitución de Cádiz le siguió la abolición de las libertades, al mundo “woke” le ha respondido un “nuevo” desencanto: la sociedad que emerge de la pandemia tiene mucho más que ver con Médico de Familia que con Caótica Ana. La campaña contra Burger King por una frase sencilla anticlerical, bastante suave, triunfó en Twitter con miles de tweet de tipos indignados insultando a sus responsables. ¿Qué pensarían los activistas profesionales que dominaron 2012 de ese éxito? ¿De quién era ahora la opinión pública?

Ahora bien, ¿Cómo podrían conocer ese cambio nuestros progresistas incorregibles? Los más conspicuos representantes de las izquierdas les llegaron a vender “eldiario.es” como propaganda burguesa y así se juzgó que todo lo que no fuera el medio más radical era fascista. Vivían en la inopia de creerse una clase social emancipadora y tenían una confianza absurda en intelectuales que han triunfado económicamente por sus ilusiones perdidas como estupendo valor trabajo.

La frase de la crítica neoyorquina Pauline Kael, neoyorquina progresista compacta, volvía como maldición para aquellos que no quisieron salir de su burbuja social: “No puedo entender como ganó Nixon, no conozco a nadie que lo votara”. Otra vez, de nuevo, en España las ideas carecían de fuerza.

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