Identidad migrante. “El campamento está cerrado entre cuatro muros y es imposible salir. Por eso la pérdida de la esperanza”

Ilustración: ELG + MJ AI

Introducción

La vida nunca es un fragmento. La simplificación mutila el conocimiento y dilapida la empatía, pilares de la sociedad igualitaria y de la integración de nuevos elementos. Sin embargo, está este estudio plagado de retazos, de vidas diseccionadas, de facciones de un todo. Conscientemente. Sabedores, sus autores y sus protagonistas, que la aproximación olvida y que la particularización, relega. Ante las carencias, una pretensión clara. Este estudio es una mirada particular de un mundo concreto. De ese espacio que crea cada uno de los casi ocho mil millones de habitantes de este planeta complejo, disímil y ambivalente. Para entenderlo se precisan guías globales, contextos generales y bagajes históricos. Para comprenderlo se necesitan miradas únicas, voces sinceras y la música de la proximidad. Nuevos lenguajes, viejas perspectivas.

Los procesos migratorios son universales y por tanto las miradas centradas en el ámbito nacional o regional son limitadas, descontextualizas e incluso etnocéntricas. Es por ello que la voz de los autores (de los entrevistadores) siempre se ha visto modelada y secundada por las reflexiones y las opiniones de los y las verdaderas protagonistas, las personas migrantes que son herencia de los conocimientos, las frustraciones y las esperanzas de cinco siglos de movimientos sociales vinculados a un sistema económico que utiliza la explotación humana para su hegemonía. Aunque fortalecido en las últimas décadas por la interconexión mundial, los procesos migratorios se documentan desde, como mínimo, 2.300 años antes de Cristo, adquiriendo diferentes formas y características a lo largo de la Historia en función de su motivación. Del nomadismo a la trashumancia. De los éxodos a las expulsiones. De las conquistas a las huidas. Tanto el capitalismo primigenio como el moderno no son entendibles sin la esclavitud, los trabajos forzados o la invisibilización laboral. Desde los 2’5 millones de esclavos de las Américas de 1770 hasta los migrantes silenciados por la falta de papeles y obligados a trabajos precarios de la actualidad. Con una característica indisociable: dichas personas explotadas fueron y son claves para la expansión económica de los países receptores. Según estimaban a finales de 2021 varios historiadores del arte franceses, alrededor del 90 % del patrimonio cultural de África está en Europa. Solo en Francia hay por lo menos 90.000 objetos de arte africano. En octubre se confirmó la restitución de 26 obras a Benín, de donde fueron saqueadas por las tropas coloniales francesas en 1892. Un expolio continuado de personas y objetos.

Los grandes medios de comunicación, los hegemónicos, los principales, mienten. ¿Alguna sorpresa? Mienten porque descontextualizan la información y la ofrecen sesgada. Le mienten porque seleccionan una realidad y no otra, creando a menudo alarmas tan innecesarias como irreales. Le engañan porque reproducen clichés y sustentan su información sobre estereotipos reduccionistas, sin empatía y sin proximidad. Le mienten porque crean realidad sobre una mirada subjetiva. ¿Se han parado alguna vez a reflexionar sobre el hecho de que la mayoría de inmigrantes en situación irregular llega a España en avión, procedentes de países latinoamericanos y son admitidos de forma legal inicialmente como turistas? Según el Instituto Nacional de Estadística, en el año 2019 llegaron un total de 666.022 inmigrantes en España, principalmente de Colombia (de donde procedían 76.467 inmigrantes), Marruecos (71.459 personas en dicho año), Venezuela (60.995), Reino Unido (31.628) y Honduras (29.045). A pesar de los mensajes de odio lanzados por la extrema derecha y algunos medios de comunicación cómplices, de las quince nacionalidades más numerosas en España solo una es africana, la marroquí. Entre esas quince nacionalidades residentes suman el 75 % del total y ocho de ellas proceden de la Unión Europea, como son Rumanía, Reino Unido, Italia, Bulgaria o Alemania como mayoritarias. Además, otras tres nacionalidades son originarias de América, como Ecuador, Colombia y Venezuela, y otras dos de Asia, como China y Pakistán, por lo que están lejos de haber llegado con la abarrotada patera que venden los mensajes del miedo.

Más del 80 % de la población extranjera que reside regularmente en España tiene autorizaciones de residencia de larga duración. Sin embargo, existe cierta alarma en parte de la población española por la supuesta llegada masiva de migrantes africanos con pateras. Y es así por la desinformación. Parte de la migración no se observa con dicha acepción, vislumbrando una aporofobia que se prolonga durante siglos. Entre las mujeres migrantes residentes en España, grandes grupos proceden de Alemania, Francia, Holanda o Reino Unido, pero la imagen trasladada a través de los medios sobre las migrantes no las visibiliza con dicho rostro. Los europeos blancos no son transmitidos a través de los media (los creadores de la opinión pública) como migrantes laborales o refugiados. Responde a una opción similar la invisibilidad entre los migrantes de los rentistas y jubilados. Es por tanto un estereotipo ideológico.

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El trabajo de relator, bajo la mirada de estos autores, supone un ejercicio político, una toma de postura en un mundo que vive un decaimiento moral, con la propagación de mensajes de odio que enfrentan comunidades y culpan a los perseguidos. Discursos imparables en ámbitos digitales, alimentados por el ego, la salvajada más bravucona y la descontextualización más desinformativa. El relato, aquí, como respuesta. El ofrecimiento de un altavoz al silenciado, a la acallada, a la amordazada. Tomar partido. Hacer que hagan. Permitir que se escuche. En eso hemos estado, en eso estamos, ahí vamos a seguir. La ignorancia aceptada supone una desinhibición que Hannah Arendt vinculó a la negación a ser persona. Ignorancia interesada. Alimento del odio. “Más gente, en más países y en más ocasiones, tiene más valores en común de lo que normalmente se piensa”, adujo Isaiah Berlin en conversación con Steven Lukes.

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Sociedades a través de personas. Problemas con voz. La mirada de la herencia de la esclavitud. Una frase que es ablación. Un gesto que muestra la trata. Una entonación que protesta por la homofobia. Racismo internacional, discriminación local. Malí, Senegal, Nigeria, Mongolia, Ecuador, Colombia, China, India, Marruecos, Rumanía… Valencia, Madrid, Barcelona… Salir, llegar. Llorar, reír. Padecer, crecer.

 

Rawaa Abu Abdou y Ahmad el Sabee (Palestina – Líbano): “Vivo en España con mi marido desde hace ocho años y soy una mujer refugiada de Palestina”

Ein el-Jilue cuenta con una traducción preciosa, pero es un lugar horrible. عين الحلوة en árabe. Pozo de agua dulce en un enclave donde conseguir un vaso del líquido elemento es en ocasiones una auténtica odisea. Un kilómetro cuadrado y medio en la ciudad de Sidón, en Líbano. Con alrededor de 75.000 personas hacinadas dentro, sin condiciones para una vida digna, sin derechos humanos garantizados. Son, para la geopolítica, seres olvidados, desplazados, arrinconados. La mayoría refugiados palestinos, habiendo algunos, todavía, que vivieron la diáspora después de la Nakba de 1948. Otros y otras son descendientes, nacidos en el campo de refugiados más grande de los once que existen en el país libanés, en el que también son conocidos (por sus dimensiones y, por tanto, por sus complicaciones vitales) otros como Nahr el-Bared, Rashidieh, Burj el-Berejne y Burj el-Shemali. Ein el-Hilweh fue creado por el Comité Internacional de la Cruz Roja para acoger a los desplazados de Amqa, Saffourieh, Shaab, Taitaba, Manshieh, al-Simireh, Al-Nahr al-Sofsaf, Hitten, Ras al-Ahmar, y Al-Tarshiha Tiereh en el norte de Palestina, mientras la UNRWA inició sus operaciones allí en 1952, reemplazando lentamente las tiendas por diminutas viviendas de hormigón donde se experimenta la extrema pobreza. Los desplazamientos posteriores desde otros campamentos en Líbano, en particular de los conurbanos a Trípoli, hicieron de Ein el-Jilue el mayor campamento del país, tanto en número de personas como en dimensiones físicas.

Nacer entre muros distorsiona la vida para siempre. Porque la muralla física es simplemente una prolongación de los tabiques legales, económicos y sociales que después se sufrirán, por mucho que, con suerte, se consiga dejar atrás aquella prisión al aire libre. Se calcula que son alrededor de 400.000 los palestinos que malviven en Líbano, un 10 % de la población total de un diminuto país que contesta con racismo, discriminación e inhumanidad. Los registros de la UNRWA flaquean por el gran número de personas que no quedan constatadas en sus listas, configurándose ciudades verticales en el que las casas se amontonan y los sueños se lapidan. La educación estructural llega aparejada a checkpoints que militarizan entradas y salidas y a la proliferación de armas en unos barrios que se reparten las diferentes milicias políticas, con una diluida administración a cargo de los Comités Populares que, sin embargo, fructifican en ciudades sin ley. En ellas, la ayuda internacional es vital para paliar datos como que siete de cada diez personas que en ellas viven está en situación de desempleo.

Rawaa cuenta su experiencia: “Con veintinueve años tengo dos hijos de ocho años y de cinco años. Vivo en España con mi marido desde hace ocho años y soy una mujer refugiada de Palestina que vivió en Líbano, durante mis primeros dieciocho años de vida, en un campamento de refugiados llamado Ein El Helwi. Hay más campamentos en el Líbano, pero este es el más grande, y allí vivía con mi madre y mis cuatro hermanos. Mi padre murió hace veintitrés años, más o menos. Allí no llegan los derechos humanos, hay mucho racismo y muy poco espacio para escaparse y evadirse. Es una mezcla brutal de culturas, donde además de los palestinos también viven los refugiados sirios. El campamento está cerrado entre cuatro muros y es imposible salir, con puntos de control. No se puede entrar ni salir sin permiso y sin ser cacheado. Y bueno, hay numerosas profesiones prohibidas a los palestinos en el Líbano. Por eso la pérdida de la esperanza. Yo quería estudiar y en mis sueños siempre quise ser psicóloga, pero era imposible en Líbano. Es una de las profesiones vetadas. Las universidades son privadas y no hay becas disponibles, por lo que tampoco se puede estudiar. Trabajar está difícil, porque administrativa y laboralmente es prácticamente imposible fuera del campamento. La única opción es hacer pequeños cursos y formarse para ser maestra, aunque no sea tu vocación. Allí hay cuatro viejas escuelas. La sociedad se divide en grupos, cada uno con su ideología y eso, por supuesto, lleva a la violencia armada. Yo, igual que muchas otras mujeres, tenía miedo de salir de casa, sobre todo por la noche. Siempre hay problemas, se usan armas y muere mucha gente sin que nadie haga nada por detenerlo. Yo me crie junto a mi madre, viuda, en el seno de una familia muy humilde. No hay tantas organizaciones para ayudar a las mujeres viudas y mi madre siempre ha tenido que hacerlo todo por ella misma. Trabajaba para sacarnos adelante e intentaba averiguar muchas cosas para regularizar nuestra situación y conseguir nuestra documentación. Al final fue a la embajada de Palestina en el Líbano para decir que era refugiada palestina. Mi padre fue un judío de Jordania, que al final fue reconocido con un documento de viaje, distinto al pasaporte, con el que pudimos estar en Líbano, aunque, eso sí, pagando unas tasas que mi madre se encargaba de costear trabajando. Ella estudió medicina y educación. Es maestra en el campamento y cobra una miseria, entre 150 y 200 dólares al año, mucho menos de lo que cobraría un hombre por el mismo trabajo. A día de hoy sigue trabajando, con más de setenta años, porque mis hermanos no encuentran trabajo y tienen que comer”.

 

Yolanda Campo López (Colombia): “He sufrido racismo en Valencia. Por mi color de piel, por ser migrante y todo eso”
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“He sufrido racismo en Valencia. Por mi color de piel, por ser migrante y todo eso. Por ejemplo, cuando voy en autobús. Si hay un sitio a mi lado, la persona, muchas veces, prefiere ir de pie que sentarse a mi lado. Incluso me han llegado a decir que soy una cucaracha. De igual manera, esto no me afecta tanto porque en la capital de mi país viví situaciones similares. Son muy parecidas. Estoy acostumbrada. En Bogotá, sí. Hay muchas diferencias en tu país entre la gente blanca y la gente negra. En Cali, no. En la capital se marca mucho más esa diferencia. No en el resto del país, que todo está mucho más mezclado. Pero, sí, en la capital existe mucho racismo. A veces te tratan mal. Han llegado hasta a escupirme. Aunque no he sufrido ninguna agresión física”. Se expresa Yolanda Campo, colombiana de Cali de procedencia, pero afincada en Valencia. El mismo símil, la misma discriminación, similar frustración. La irracionalidad de quien deshumaniza para marginar.

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Una vida de huidas, de padecimiento, de maltratos machistas. “Vivía con mis padres en una especie de finca, situada en lo que antes era un río. A medida que el río fue secándose se fue acercando a donde vivíamos una empresa de cultivo de caña de azúcar. Mi padre era pescador y tenía muchos cultivos. Allí estuvimos nosotros. Trabajamos y estudiamos desde muy pequeños. Tuvimos también mucho sufrimiento, porque mi padre era un padre maltratador. Esos momentos eran muy difíciles. Nuestra niñez fue muy difícil. Yo lo pasaba muy mal. Yo era de las mayores y cuando escuchaba a mi padre venir, no hacía como otros niños, que van a abrazarle y esas cosas. Yo me metía debajo de una cama o encima de un árbol. Donde él no me pudiera ver. Nunca nos atacaba a nosotros. Siempre iba a buscar a mi madre para maltratarla. Eso a nosotros nos dolía mucho. Y cuando me escondía, sabía que podía pasar que cuando saliera, mis hermanos me podrían decir que mi padre había matado a mi madre. A los once años, le dije a mi madre que no quería estudiar más. Solo quería trabajar para que ella se separara de mi padre. Y me dijo que no, que, si quería dejar de estudiar que lo hiciera, pero que era muy pequeña para trabajar. Cuando cumplí los quince me fui a trabajar y comencé a sufrir racismo en mi puesto de trabajo. Aun así, continué y conseguí que mi madre se separara sin recibir ningún daño más. Ella se fue a vivir a un pueblo. Mi padre se quedó en la misma finca y se consiguió otra mujer y yo comencé a trabajar duro. Iba a la capital, trabajaba y volvía con mi madre. Siempre le ayudaba. Somos tres hermanas y dos hermanos de ese matrimonio. Las tres chicas siempre dijimos que no íbamos a aguantar por lo que había pasado nuestra madre y por eso ahora estamos las tres solteras”.

Colombia migra. Entre la búsqueda de oportunidades y la obligación a desplazarse. Como en la mayoría de países latinoamericanos, estos procesos están provocados por varios patrones: la transformación productiva, la pobreza y la violencia. Del campo a la ciudad. Un fenómeno que ha acompañado al país en los últimos 60 años. La historia señala un momento crucial: entre 1948 y 1958, época en la que sufrió la conocida como La Violencia, una etapa que dejó miles de muertos y que provocó la expulsión masiva de familias campesinas hacia las principales ciudades. Fue el punto de partida a la posterior acentuación de la desigualdad de los ingresos, del acceso a la propiedad de la tierra y la fragmentación de las redes de poder entre los partidos políticos en las regiones. Con la llegada de este nuevo lustro, el narcotráfico, su impacto en la sociedad y en la institucionalidad, así como el nacimiento de grupos paramilitares, condujeron al país a una situación de crisis que se alarga hasta hoy. Según las estimaciones del Departamento Administrativo Nacional de Estadística (DANE), entre 1985 y 2015, se produjeron 2.709.050 de migraciones internas. De su localidad de origen a otra tierra del país andino, siendo Bogotá la ciudad que recibió históricamente más personas (880.597). Números con historias particulares. Personas vulnerables e invisibles. Como Yolanda. Una infancia en La Ventura, entre cultivos y peces, hasta que, obligada a seguir con sus estudios, tuvo que marcharse a Villarrica. “Me fui con mis tías porque en mi escuela solo daban hasta quinto y tenía que pasar a la Secundaria. Pero yo, que sabía todo lo que ocurría en mi hogar, no podía concentrarme. Pensaba en mi madre a todas horas. Además, intentaron violarme varias veces. Había días que me iba a mi casa andando por la tarde-noche porque no podía soportarlo. Casi dos horas de viaje. Al final, a los once años dejé mis estudios, pero no fue hasta los quince cuando me dejaron trabajar. Mi familia tenía unos conocidos en Cali y me mandaron allí. Esa etapa sirvió para reencontrarme conmigo misma. Estaba tranquila porque pensé que, si reunía dinero, podía ayudar a mi mamá a salir del infierno al que estaba sometida. La verdad es que le costó. Al principio no quería, pero hubo un día que dijo basta y, por fin, se separó de mi padre. Nos fuimos a vivir a Villarrica, aunque yo seguía ocupada en Cali. Allí fui humillada y maltratada, pero aguanté hasta los 18 años para cumplir mi meta: Tener mi cédula de ciudadanía (DNI) e irme a la capital a trabajar. Lo conseguí. Con la mayoría de edad recién cumplida, me planté en Bogotá para seguir ayudando a los míos y tratar de buscar un futuro mejor”.

La realidad es que la violencia machista está más presente que nunca en Colombia. Ni las casas ni la calle parecen lugares seguros. El Instituto de Medicina Legal y Ciencias Forenses recoge que, en 2019, 1.001 mujeres fueron asesinadas y cuatro de cada 10 asesinatos fueron cometidos en una vivienda, mientras que tres de cada 10 ocurrieron en la vía pública. Entre el 25 de marzo y el 10 de noviembre de 2020 murieron 519 mujeres a manos de sus parejas. Se practicaron 9.652 exámenes médico legales por presunto delito sexual y del total de casos, 6.963 fueron niñas y adolescentes entre los 0 y 17 años. No solo eso, también se registraron 279 suicidios, 42 con razón asociada a conflictos de pareja y violencia física, psicológica o sexual. Cifras escalofriantes que contrastan con el Observatorio de Feminicidios o la propia Fiscalía General de la Nación, que apuntan hacia otros números. Una falta de estadísticas fiables que pone de manifiesto la invisibilidad del problema y el freno para la elaboración de políticas precisas y a la altura de la magnitud del asunto. “La mujer maltratada en Colombia es una mujer preocupada, asustada, sin vida propia, con ganas de escapar, pero no puede por el temor y por el miedo. Las amenazas son constantes. Corremos el peligro de que, si ponemos una demanda a nuestras parejas, nos manden a matar. Estamos cautivas, presas. Allí te violan y te matan sin ningún tipo de reparo. Queda mucho trabajo que hacer. Yo vengo de un hogar en el que mi madre fue maltratada por mi padre y eso provocó que creciéramos con mucha inseguridad, impotencia y pensando en que nos puede pasar lo mismo. Soy desconfiada. Por eso me cuesta tener una relación. Cada vez que hay alguna dificultad, nuestro cerebro nos hace pensar que nos van a agredir. Yo no he durado con mis parejas porque en cuanto veía que me levantaban la voz o había problemas, me he marchado. De hecho, las dos relaciones que he tenido han durado un año y medio. Hasta ahora me cuesta. Muchísimo. Yo no quiero que mis hijas vean lo que yo vi. Quiero que sean libres y estén seguras de sí mismas”, asegura. Es “la otra pandemia”. Silenciosa, traumática.

El marco actual vislumbra algunas conquistas en relación a la promoción de la igualdad de género y el empoderamiento de las mujeres, no obstante, todavía existen brechas relevantes por reducir. Se han ratificado todos los tratados internacionales vigentes sobre derechos humanos y se ha engarzado un proceso significativo en la creación de leyes para erradicar la violencia. Aún así, siguen existiendo desafíos para su plena aplicación, tal y como indican los datos sobre las brechas de género. En cuanto a los indicadores, es uno de los países de América Latina con la menor representación de féminas en la política. Explica la ONU que sí se ha logrado un progreso en el ámbito educativo. Las mujeres tienen una tasa más alta que los hombres, sin embargo, aún tienen que enfrentarse a importantes dificultades de acceso al empleo, y cuando entran en el mercado laboral, sigue habiendo una enorme diferencia salarial. Según el DANE, aunque trabajan diariamente 2 horas y 10 minutos más que los hombres y además se encargan de las labores de cuidado en sus hogares, ganan mensualmente un 27% menos que ellos. “La gente está muy cansada. Hay una concepción bastante mala de los políticos. Anteponen su beneficio personal y el de los suyos, antes que el del pueblo. Lo prometen todo durante sus campañas, pero la realidad es otra”.

 

En primera persona

Yola vivió el maltrato en sus carnes. Lo negó en los inicios, pero terminó convirtiéndose en una retrospectiva. Una mirada al pasado. Sin peros. Un cuento de amor convertido en otro de terror. De su primera relación, nació Diani Palomino Campos, la mayor de sus dos hijas. “Todo empezó en Villarrica. Nos cruzábamos por la calle, nos mirábamos, nos sonreíamos. Ese ‘tonteo’ duró unos seis meses hasta que, de un día para otro, dejé de verlo. Desapareció. Pasaron tres años hasta que, viviendo ya en Bogotá, nos encontramos de nuevo. Allí empezamos a conocernos y pasó lo que tenía que pasar. No duramos mucho tiempo. Me separé de él cuando mi nena tenía ocho meses y regresé a mi casa. Mi ya expareja vino de turismo a España y al final, se casó aquí. Con nueve años, se trajo consigo a Diani. En su momento, fue una decisión dura, pero ver cómo ha crecido ahora es un orgullo para mí”.

Quiso darle una segunda oportunidad al amor, pero acabó convirtiéndose en un abismo. Su hogar en La Ventura terminó metamorfoseado en una jaula compartida con una fiera. De ruidos y sucesos insoportables. Se sintió frágil en una etapa sin distinción de tiempo ni de espacio. Pese a ello, de este nuevo idilio nació Ana María Caicedo Campos. “Yo trabajaba en una finca y él estaba realizando algunas obras de jardinería y pintura. Empezamos a hablar de Dios, de la Biblia, nos hicimos amigos y más tarde, iniciamos un noviazgo del que me quedé embarazada. Lo pasé muy mal durante esa etapa porque fue cuando empezaron los malos tratos. El egoísmo, la arrogancia, la falta de escrúpulos… Con el nacimiento de mi pequeña, la situación se volvió insostenible. Se convirtió en un maltratador todo el tiempo. No respondía ni por mi hija ni por nadie. Intentaba pegarme. Yo tenía claro que no quería que mi niña creciera bajo ese ambiente y al final, me separé. No quise denunciarlo porque en mi país, cuando alguien delata a su pareja, directamente le mandan a golpear a uno o le mandan a matar. Decidí que lo mejor era dejarlo, irme y trabajar para darle lo mejor a mi familia. Un hombre injusto no puede ser buen padre. Cuando hablo de él me da mucha rabia. Me causó mucho dolor…”. Se entristece. Solloza apesadumbrada y después un valle de lágrimas que estremece acompañado de un silencio producto del terror, del agotamiento, de ser y no ser. Tuvo que enfrentarse sola a un laberinto de atrocidades sin ayuda ni información, con miedo y en mitad del derrumbe emocional. Superar ese capítulo no fue tarea simple. Un proceso de volver a quererse, de escapar, de salir, de liberación. “Es muy difícil olvidar, pero conseguí sobreponerme. Una sola también puede. No hace falta aguantar a un marido que te maltrata. Cuesta y duele mucho, pero cuando una se sacrifica y es valiente, puede escapar y mirar hacia delante. No podemos consentir que por el hecho de ser mujeres se nos vea inferiores. Tampoco se puede alargar la angustia por el qué dirán. Si el individuo con el que se supone que compartes tu vida, te la acaba arruinando, mejor dejarlo y Dios ya pondrá en tu camino a la persona correcta. No merece la pena sufrir ese castigo por tener a un hombre en casa”.

Desplegó sus alas con firmeza para encontrarse a sí misma y voló. A un lugar lejano para no volverlo a ver. Para estar tranquila. De nuevo, Bogotá. Con su pequeña. Huyó a pesar de todo y contra todo. Asumiendo un padecimiento salvaje, afrontando unos obstáculos cuasi insalvables. Relata: “Me sentí sola. Dejé atrás a mi madre, mis hermanos y a toda mi familia. Cuando llegué, tuve un trabajo que era durísimo. Estaba en un chalé en el que me tocaba cuidar de los animales y limpiar la casa. Me levantaba muy temprano y me dormía muy tarde. Tenía a mi pequeñita y tampoco podía desatenderla. Ayudarla en todas sus tareas y, al mismo tiempo, educarla. Fue difícil, pero tenía claro que mi objetivo era darle estudios, poder continuarlos yo y, además, reunirme con mi otra niña en España. Estaba desesperada. Además, había gente que insinuaba que no volvería a ver a Diani, pero yo estaba segura de que sí. Allí tenía que pagar el alquiler de un piso, la comida y el transporte, entre otras cosas. Poco a poco me di cuenta de que no me alcanzaba, que me estaba yendo mal. Hasta que un día sentí que ya no podía más. Pensé que o se acababa todo o seguía recorriendo un nuevo camino. Ahí tomé la decisión de venir a Valencia. Tenía claro que este era mi destino porque quería juntar a mis dos hijas. Me sacrifiqué mucho para conseguirlo. Tuve hasta tres empleos para ahorrar y conseguir mis pasajes. Se lo comenté a mi familia y se quedaron sorprendidos. Ellos preferían que escogiera otro destino. Otro país de Latinoamérica, pero yo lo tenía claro. Solo les pedí que respetaran mi decisión y que rezaran a Dios para que me ayudase”.

Parecía todo encaminado pero los planes se truncaron en el último momento. “Quería traerme a Ana María y empezar una nueva vida juntas. No fue posible. Su padre se negó por completo y me causó mucho dolor. Se puso muy furioso y se complicaron los trámites. No podía saltarme la ley y no tuve más remedio que venirme sola. Fue desolador porque pensaba todo el tiempo en ella. Mis primeros meses fueron un martirio porque además de eso, me preguntaba cómo iba a conseguir los papeles. Cuando una está en su país, se lo pintan muy bonito, por eso mucha gente quiere cruzar el océano en busca de oportunidades, aunque la realidad es otra. Hay mucho racismo, te maltratan, explotación laboral… Al principio, cuesta. Mucho. Pero no hay más remedio que aguantarse. Cuando miraba a la Policía trataba de pasar desapercibida para que no me viera. Tenía miedo. Todavía lo tengo. En mi país la situación es muy dura y no siempre la policía ayuda. El narcotráfico trae mucha violencia, destrucción, separación de familias… Conozco casos de personas que han perdido a sus seres queridos y no saben si están vivos o muertos. Es un tema muy fuerte. La pobreza y la falta de trabajo hace que la gente recurra a este tipo de vías, en busca de dinero fácil, pero no se dan cuenta de que están haciendo un daño tremendo a los suyos. Yo he visto muertes y cosas bastantes feas. Es muy difícil de olvidarlo. Siempre te queda un sinsabor y a la vez, rabia por ver cómo juegan con la gente”.

Yola salió de Colombia pensando en escribir su futuro en un nuevo renglón. Empujada por la necesidad. Como los miles de paisanos que años atrás emprendieron la misma ruta. Porque la inmigración viene de lejos. (…) ¿Valió la pena la odisea de años y años de padecimiento para llegar a la Península? “Sí”, afirma con rotundidad y pese al hastío que muestra su rostro al hablar de la lentitud sufrida en su senda hacia la regularización. “Los primeros meses viví en la casa del padre de mi hija mayor y me atendieron muy bien. Pero pasaban los días y no conseguía un empleo. Yo no estoy acostumbrada a estar parada y con todo, la relación se enquistó. Empezamos a chocar y entramos en un bucle al que decidimos poner fin. Una amiga mía que también es de Cali y vive aquí, me ayudó a encontrar trabajo y desde entonces, sigo ahí. Le estoy muy agradecida porque creo que gracias a ello voy a conseguir regularizar mi situación. De hecho, ya está en trámites con la Administración porque mi empresa me ha dado el contrato. Con su ayuda y la de Valencia Acoge, a través de los cursos de convivencia, me estoy integrando mucho mejor y conociendo a gente nueva”.

Pese a la espinosa ruta hacia la integración, con la meta de lograr unas condiciones de vida dignas y de igualdad, Yola no olvida ni sus orígenes ni su verdadera ambición: “Me duele no poder abrazar a mi familia. A través de la tecnología es como si estuviese allí. pero necesito tocarlos. Hacemos videollamadas, pero todo queda reducido a una pantalla. Mi pequeña me llama mucho. Hablamos por la mañana y por la noche. También me pregunta cuándo voy a ir a por ella. Eso me parte el alma. Le digo que el día cada vez está más cerca. Soy consciente de que su papá no responde por ella. Me han contado que acaba de salir una ley en Colombia donde se recoge que, si un padre no responde por sus hijos, pierde el derecho. Lo estoy averiguando para traerla de nuevo conmigo. Mi intención no es otra que volver a construir mi vida con las dos a mi lado. Sin olvidar a mi mamá ni a mis hermanos, a quienes siempre que puedo trato de enviarles dinero”.

 

Estos fragmentos corresponden al libro Identidad migrante, publicado por la Editorial Reclam.

 

Carles Xavier Senso Vila es doctor en Historia y licenciado en Periodismo. Codirector de la agencia Kerouac Comunicación y jefe de prensa del Ayuntamiento de Alberic. Actualmente ejerce también de profesor en la facultad de Comunicación de la Universidad de Castilla-La Mancha. Trabajó diez años en el diario Levante-EMV. Ha publicado libros sobre la deportación española a campos nazis, la pilota valenciana y la expansión de la extrema derecha en internet. En 2018 ganó el Premio Ramón Barnils de Periodismo de Investigación.  Vicente Tafaner Portalés es graduado en Periodismo, experto en redes sociales y asesor institucional. Actualmente, es codirector de la agencia Kerouac Comunicación. Ha trabajado en el diario Levante-EMV, el Valencia CF y en el Grupo Mediapro. 

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