IFEMA

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Admiro los recintos feriales, incluso cuando hay ferias en ellos. Me asombra esa enorme, carísima y obsoleta arquitectura mercenaria, irremediablemente condenada al ostracismo por la feroz capacidad de internet de eliminar tiempo y espacio y proveer satisfacciones comerciales a golpe de imagen, ratón y paypal. Gigantescos templos vacíos a disposición de mercaderes pudientes y santotomases necesitados de tocar y meter el dedo en las llagas de las cosas y las personas antes de comprarlas, eso que no permite la Red.

Las ferias fueron en el pasado el orígen de muchas ciudades que a su alrededor surgieron. Ahora son ellas las que se convierten en periféricas ciudades-fortaleza protegidas por fosos de aparcamientos y seguratas adiestrados en la interpretación de excusas.

Un pabellón ferial vacío no es un edificio, es un territorio. Un territorio por colonizar mediante ese urbanismo entre militar y neoliberal capaz de dotar de estructura a los desordenados procesos del deseo y el consumo. Un territorio que durante unos días se convertirá en el mapa de un mundo o en un gigantesco juego de mesa o en una maqueta a escala 1:1 hecha de pladures castrados y figuritas de cera, para que los dioses que habitan en el altísimo y oscuro techo de esos mamotretos jueguen con los humanos, las tendencias y los albaranes.

 

Editor ante el stand vacío de su revista el día anterior a la apertura de una feria en IFEMA. Madrid, 2014.