II. La casa

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Miguel Arda Solís hizo pronto buena amistad con Luke Visser, uno de los vecinos que la viuda le había recomendado llamar en caso de necesitar algo. Luke debía rondar ya por los setenta, aunque a primera vista parecía bastante más joven. Tenía anchas espaldas, manos fuertes y conservaba todavía una buena mata de pelo, que llevaba recogida por detrás en una sobria coleta al estilo de un guerrero samurai.

 

Aquel primer día llegó en una furgoneta, saludó con mucha cortesía al recién llegado y, tras sacudirse los copos de nieve que le iban cayendo por el gorro y los hombros del chaquetón, le pidió a Solís que lo acompañara al sótano. Allí, mientras charlaba amigablemente con su acompañante, encendió la caldera y cambió el filtro de la bomba de agua con la familiaridad del que había hecho esa misma operación otras muchas veces.

 

Luego, ya en la casa, el servicial vecino abrió y cerró grifos, ajustó el flotador de la cisterna del inodoro y reemplazó, subido a un taburete, las pilas de un detector de CO atornillado al techo de la cocina.

 

Entretanto, Solís se dedicó a inspeccionar.

 

La cocina era amplia y funcional. La nevera debía tener ya sus años, pero por dentro estaba reluciente, con un blancor aséptico que le agradó. Al otro extremo, la encimera de granito, el escurridor y el fregadero mantenían el brillo de las cosas nuevas o acabadas de estrenar. Encima, una alacena sin puertas guardaba en cada estante botes, tarros, una vajilla de loza. Enfrente, unas cuantas sartenes y cacerolas colgaban de una de las vigas sobre un gran mostrador hecho de madera de pino.

 

Más allá, se abría el comedor, con una mesa cubierta por un mantel floreado y cuatro sillas a cada uno de los lados. Las paredes de madera, en derredor, le daban al cuarto un aire de albergue de montaña.

 

Empezaba a escucharse el bullir de los radiadores.

 

Luke fue subiendo las persianas de la casa. La poca luz que entraba añadía a los muebles y a la rústica madera del suelo un apagado matiz de melancolía invernal.

 

Se sentía aún bastante frío.

 

Solís cruzó el vestíbulo, subió por las escaleras y echó un rápido vistazo a los dormitorios. Luego llegó a un pequeño despacho, al fondo del pasillo. El escritorio pegado a la ventana, con la pradera nevada y el bosque a lo lejos, le llenaron de alegría.

 

Bajó las escaleras casi cantarín y terminó de explorar la casa.

 

La sala de estar tenía en una esquina un viejo piano de pared, con una partitura todavía en el atril, un metrónomo y varios retratos de diferentes tamaños. El resto, en un primer golpe de vista, parecía salido de una casa de antigüedades. Había una mecedora, un sofá antiguo cubierto de tapetes de encaje y, en la pared del fondo, una chimenea flanqueada por dos estanterías atestadas de libros. Varias acuarelas de distinto tamaño, encima del sofá, representaban paisajes de los Catskills pintados en el inconfundible estilo de la Escuela del Río Hudson. Había también, en uno de los rincones, un mueble de música con una torre llena de CDs.

 

Solís se acercó y sacó, al azar, una caja del estante de más arriba. En la parte inferior de la carátula aparecía una mujer vestida de blanco en medio de una arboleda y, encima de la ilustración, el nombre del compositor y el título: Mahler: Kindertotenlieder.

 

Luke llevaba ya algún tiempo sentado en el sofá, muy sonriente, sin decir nada, como recobrando fuerzas después de todo el ajetreo anterior.

 

El profesor encendió el aparato, introdujo el CD en una de las ranuras y se quedó de pie, con la vista en la ventana o, más bien, con la mirada fija en el recio tronco que se erguía afuera, a la entrada de la casa.

 

La sombría canción que empezó a sonar alteró casi de inmediato el plácido reposo del vecino, que protestó y pidió otra cosa más alegre. El profesor encontró un CD de Tárrega.

 

Luke asintió satisfecho al oír los primeros acordes de guitarra. Dijo luego que le gustaba escuchar música, especialmente la música del Este, aunque solo para relajarse. El sonido del sitar hindú o de la flauta japonesa le servían en sus sesiones de yoga. En cambio, Laszlo Martell, según Luke, era un verdadero melómano, un entusiasta de los grandes compositores: Bach, Beethoven, Richard Strauss, Prokofiev. Su añorado amigo se podía pasar horas ahí, en esa mecedora, escuchando música clásica, sin dar cuenta de nada ni de nadie.

 

Solís le preguntó si se habían tratado mucho.

 

Tuvimos un trato intermitente en los primeros años. Yo lo conocí en el 70 o 71, al poco de trasladarme yo aquí. Éramos casi de la misma edad. Él dos o tres años mayor. Al principio mi relación fue sobre todo con el padre. Laszlo venía poco, quince días en verano y algún que otro fin de semana durante el invierno. El padre era quien me tenía al corriente de lo que hacía. Tenía devoción por él y lo mismo le pasaba al hijo con respecto al padre. Mantenían una relación muy especial, seguramente condicionada por la experiencia de la guerra. Los dos habían escapado del horror nazi.

 

¿Sí?

 

Sí, claro.

 

Solís mostró sorpresa. Siempre había pensado que Laszlo Martell era francés.

 

¿Francés? No, húngaro, aunque después de la guerra vivió en París unos años, hasta el 50 o así. Debió pasarlo mal, aunque de su infancia hablaba muy poco. Al menos conmigo. A mí me contaba sus penas amorosas, que eran muchas.

 

¿Era enamoradizo?

 

Luke hizo un gesto significativo con las manos.

 

-Sí, mucho. Y las encandilaba a todas con ese acento que tenía a lo Charles Boyer. Antes de conocer a Pamela, su última mujer, tuvo una historia muy apasionada con una chica de Woodstock. Hará de ello unos veinte años. Y no sé si después de casado se siguieron viendo…

 

Luke se levantó.

 

Ya habrá tiempo de hablar más. Ahora tengo que ir a recoger a los nietos a la escuela.

 

Solís lo acompañó hasta la furgoneta entre obsequiosas muestras de agradecimiento.

 

Había dejado de nevar.

 

Las ramas de los árboles, al fondo de la carretera, aparecían moteadas de blanco, aunque la acumulación de nieve, en el camino de entrada o por la carretera, no era todavía gran cosa. Se esperaba mucho más por la noche, de seis a siete pulgadas.

 

Luke limpió con la manopla la nieve que se había acumulado en el parabrisas y, antes de arrancar para marcharse, le comunicó al profesor en un tono inequívoco, sin margen a la evasiva, que lo invitaba a cenar y que por la tarde vendría a recogerlo.

Nacido y criado en Madrid, José Luis Madrigal ha pasado la mayor parte de su vida adulta en el mundo anglosajón. Vivió varios años en Londres y desde 1986 reside en Brooklyn, Nueva York. Es profesor titular en el Queensborough Community College y el Graduate Center de la Universidad de Nueva York (CUNY). Publica con cierta regularidad trabajos sobre atribución textual. En 2002, provocó algún revuelo al proponer que el Lazarillo lo había escrito un humanista toledano, Francisco Cervantes de Salazar, atribución que el mismo desecho años después tras darle muchas vueltas al asunto. Actualmente defiende otra candidatura más fundamentada, pero tras el traspié anterior prefiere no airearla demasiado. Algunos de sus trabajos están disponibles en la red. Digamos para terminar que le gusta leer, conversar con unos pocos amigos afines y contarle historias a su hija de siete años.