III. El pueblo

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13 de enero

 

Tengo sensaciones encontradas en este retiro que me he impuesto. Me siento muy a gusto aquí, pero vine para trabajar y todavía hoy, al cabo de cinco días, no he escrito un solo renglón y ni siquiera he abierto el ordenador. Bien es cierto que hasta hace poco he estado algo liado con el traslado y con algún problemilla que no había previsto, como el transporte. Está claro que sin coche no se puede andar por estos remotos parajes. Afortunadamente, cuando ya empezaba a desesperar, el vecino de al lado, gran amigo de Laszlo, me llevó a una tienda de coches usados en Kingston y desde ayer soy el flamante propietario de un Volkswagen verde moco. Me ha costado $3,200 dólares. El mecánico que me hizo la revisión me asegura que si lo vendo de aquí a unos meses podría hasta sacar dinero por él. Parece funcionar a la perfección, aunque tiene la chapa del capó medio descolorida y chirría algo más de la cuenta al tomar las curvas o cuando piso el freno. Por ahora solamente lo utilizo para hacer la compra o ir a la biblioteca del pueblo. El pueblo es de lo más coqueto. Está lleno de restaurantes y de tiendas de antigüedades. Hay también, al final de la calle principal, una sala de cine, con una marquesina luminiscente como sacada de American Graffitti. Un poco antes, haciendo esquina, se encuentra una librería especializada en literatura New Age. Sirven allí, para quien lo desee, café y unos deliciosos muffins hechos de manzana y pasas. Creo que muchas tardes, tras mi jornada laboral, me pasaré por allí para arrellanarme en uno de sus mullidos sillones mientras hojeo mis e-mails o leo los periódicos en el internet. Ha habido ya dos nevadas de consideración desde que llegué. Debo decir que la nieve ejerce sobre mí un poder hipnótico. Anteayer, delante de la ventana del dormitorio, sentado encima de la cama, me quedé como absorto durante más de una hora viendo caer la nieve y cómo poco a poco todas las cosas, allá afuera, se iban poniendo más y más blancas. La propiedad es inmensa. Luke, el vecino, me dice que debe contar con más de cincuenta acres o, para entendernos, unas 20 hectáreas. En la parte de atrás de la casa se divisa una extensísima pradera casi pelada, con dos o tres árboles, aquí y allá, hasta terminar, al cabo de unos doscientos metros, en un bosque casi impenetrable. Yo apenas lo he explorado todavía. El otro día bajé, pero en seguida tuve que volverme porque me hundía en la nieve y no llevaba el calzado adecuado. Alcancé a ver, entre la telaraña del boscaje, un muro musgoso de piedra que caía a pico y, al fondo del barranco, una sucesión de pozas heladas. La casa es muy acogedora, pero la presencia de Martell se siente por todos los rincones y a veces, no sé por qué, me siento un poco agobiado, como si fuera yo una especie de intruso o incluso un ladrón. Hoy es la primera vez que me he atrevido a sentarme en su escritorio, aquí, en el torreón de la casa. Otro día, con algo más de ganas, me pondré a describirla detalladamente.

 

 

14 de enero

 

Me he vuelto a despertar demasiado temprano. No sé si es la luz o que me siento en un estado de ansiedad que me impide dormir como Dios manda. Sigo sin aprovechar el tiempo. Ayer me pasé todo el día dentro de la casa, como enjaulado, pese a que hizo un día espléndido, muy soleado. Hace algo más de frío que en Manhattan y, sin embargo, se nota menos afuera, quizá porque hace menos viento o quizá porque hay mayor sequedad. No lo sé. El caso es que da gusto levantarse por la mañana y darse un paseo por el monte. Ayer, ya digo, no salí y me arrepiento, porque lo único que conseguí fue llenarme de frustración y angustia. Me he traído toda la bibliografía sobre el tema en cuestión, cinco libros y no sé cuántos artículos, pero tras haberlos leído una y otra vez y tras los resúmenes y las glosas, me queda por delante un páramo: el «waste land» de la teoría. El desafío ha sido siempre que las palabras se ajusten a las cosas. Claro que la palabra o el signo es también res, como decía San Agustín. No es bueno enredarse en las palabras. Siento que muchas veces lo que hago o lo que escribo no es sino un juego verbal, pirotecnia sin mayor sustancia. En fin… Me agobia mi esterilidad. Creo que si sigo así voy a durar muy poco en estos lares. Luke es muy amable el hombre, pero me abruma con su hospitalidad y ya es la tercera vez que me invita a su casa a cenar. Se nota que ha estado también muy solo, que sufre de soledad y necesita compañía. Es un personaje curioso y algo estrafalario. Tiene la casa abarrotada de objetos agrandados, en esa estética del Think Big que se llevaba en los años 80. Cuando uno entra en su casa parece que se entra en un museo diseñado por Warhol. En la mesa de la cocina, encima, hay un bote de Ketchup de casi medio metro y, apoyado en la pared, un lapicero Dixon como si fuera una lanza. Hice algunas fotos y Luke estaba encantado. Ha sido diseñador de juguetes y me dijo que participó, a principios de los años 70, en la recreación del Juego de la Vida (The Game of Life) al que tan aficionada era mi hija de pequeña. Si nos atenemos al juego que diseñó, Luke ha llegado a la última casilla en una situación envidiable, salvo por su mujer, que sufre de esclerosis múltiple y está en una silla de ruedas. Es un viejo matrimonio que se quiere. Se les ve volcados con sus nietos. La hija vive en Nueva York y viene solo los fines de semana. No entiendo muy bien la situación. Yo a la hija todavía no la he visto, sólo fotografías de ella, y parece una mujer muy atractiva. La madre comentó el otro día, en una de las interminables sobremesas, que su ex marido vive en California y que apenas hace cuenta de los hijos. No sé qué pensar. He hecho también algunas preguntas sobre la vida de Martell. El padre fue quien compró la casa en los años 50, poco después de venirse a los Estados Unidos. Al parecer eran húngaros de origen judío y se pasaron varios años, tras finalizar la guerra, en Francia. Laszlo nunca aceptó de buena gana dejar Francia y trasladarse a Nueva York. El padre trabajó de mecánico en un garaje de Brooklyn hasta principios de los 60, en que se instaló definitivamente en esta casa en los bosques. Todo esto me lo ha dicho la mujer de Luke, que es tan parlanchina o más que el marido.

 

 

15 de enero

 

El día se acaba pronto. Sin televisión, sin internet, sin nadie con quien hablar, me voy a la cama antes de las diez y estoy despierto con las primeras luces. Anoche, antes de acostarme, me di un paseo nocturno a la luz de la luna. Hacia frío. El cielo estaba estrellado. El silencio, mientras andaba por la blanca oscuridad del monte, era sobrecogedor. Bueno, quizá no sea «sobrecogedor» el adjetivo exacto, porque lo que más se respira aquí es reposo, tranquilidad, paz. Nunca he sido muy amigo de la naturaleza, urbano como soy, pero debo decir que en estos bosques no hay más remedio que convertirse en un encendido ecologista y defensor del medio ambiente. El día de ayer estuve repasando mis notas y acerté a escribir unas mil palabras introductorias. La mimesis en literatura es un asunto demasiado amplio y peliagudo. Uno empieza por Platón y Aristóteles, pasa luego a San Agustín y Santo Tomás y cuando llega al tratado de Auerbach está con la lengua fuera. Debo sintetizar más si es que quiero llegar al tema que de verdad me interesa. Entre los muchos libros que tiene Martell me llamó la atención una edición de Los misterios de París de 1844, una de las primeras ediciones. Está repleto de ilustraciones al hilo de la narración. Según lo hojeaba me daba cuenta de que a principios del siglo XIX se visualizaba la narración ya con parecido enfoque y casi con el mismo ojo cinematográfico que tenemos nosotros ahora. La necesidad es indudablemente madre de la invención. Madre y maestra. He evitado a Luke… o quizá Luke me ha evitado a mí, que todo podría ser. Llevo ya dos días sin verlo. Como no me he pasado tampoco por la biblioteca, no sé nada del mundo exterior, ni de guerras ni de revoluciones, y ni tan siquiera de cómo le ha ido al Real Madrid. Ayer me dediqué buena parte de la jornada a la cocina. Preparé lentejas, cocidito madrileño y una olla entera de arroz con leche, que he guardado en la nevera para los próximos días. Empiezo a sentirme algo más a gusto, aunque sigo sin desprenderme de esta sensación extraña de ser un intruso. No debería ser así. Los vecinos me dijeron que Laszlo sólo empezó a vivir en la casa tras la muerte del padre en 1990; antes lo hacía en el estudio que está adosado al garaje. Está cerrado a cal y canto. No puedo ver tampoco el interior a través del ventanal porque está la persiana bajada. Me dice Luc que es un espacio muy acogedor y bastante más moderno que la casa. Laszlo lo empleaba al final de su vida para escribir exclusivamente. Me gustaría entrar y verlo, sólo por curiosidad. Según me dice Luke, el estudio le traía malos recuerdos a Laszlo. No me he atrevido hasta ahora a preguntarles por su última mujer, por Pamela. Uno pensaría que se querían, pero he comprobado que las dos veces o tres que ha salido a colación su nombre tratan de evitar hablar de ella, como si no estuvieran muy de acuerdo con la relación o como si su amigo no hubiera sido del todo feliz. Todo esto debería incumbirme muy poco, pero está visto que con tal de no trabajar en lo mío hago lo que sea. Me he puesto de plazo hasta el 31 de enero. Si al llegar a esa fecha, sigo con la misma esterilidad de ahora, daré por concluida mi estancia en esta casa.

Nacido y criado en Madrid, José Luis Madrigal ha pasado la mayor parte de su vida adulta en el mundo anglosajón. Vivió varios años en Londres y desde 1986 reside en Brooklyn, Nueva York. Es profesor titular en el Queensborough Community College y el Graduate Center de la Universidad de Nueva York (CUNY). Publica con cierta regularidad trabajos sobre atribución textual. En 2002, provocó algún revuelo al proponer que el Lazarillo lo había escrito un humanista toledano, Francisco Cervantes de Salazar, atribución que el mismo desecho años después tras darle muchas vueltas al asunto. Actualmente defiende otra candidatura más fundamentada, pero tras el traspié anterior prefiere no airearla demasiado. Algunos de sus trabajos están disponibles en la red. Digamos para terminar que le gusta leer, conversar con unos pocos amigos afines y contarle historias a su hija de siete años.