Imaginar el futuro: Kubrick, Boadella y el iPad

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No sé si saben que Intel, el gran fabricante de cerebros de ordenador, ha contratado a escritores de ciencia ficción para que le imaginen el futuro. La literatura es tan generosa que no sólo ha anticipado muchísimos avances tecnológicos sino también los comportamientos humanos asociados a ellos. En la disputa legal que tienen Apple y Samsung por un asunto de patentes y plagios, la empresa coreana alegó que el concepto y el diseño del iPad ya aparecía en 1968 en la película 2001, una odisea espacial. Si han leído la novela de Arthur C.Clarke, publicada el mismo año y escrita a la vez que el guión, se habrán encontrado con pasajes como este:

 

Cuando se aburriese de los informes y memorándums y minutas oficiales, conmutaría la clavija de su bloque de noticias, poniéndola en el circuito de información de la nave y pasaría revista a las últimas noticias de la Tierra. Uno a uno conjuraría a los principales periódicos electrónicos del mundo; conocía de memoria las claves de los más importantes, y no tenía necesidad de consultar la lista que estaba al reverso de su bloque. Conectando con la unidad memorizadora de reducción, tendría la primera página, ojearía rápidamente los encabezamientos y anotaría los artículos que le interesaban. Cada uno de ellos tenía su referencia de teclado, al pulsar el cual, el rectángulo del tamaño de un sello de correos se ampliaría hasta llenar por completo la pantalla, permitiéndole así leer con toda comodidad. Una vez acabado, volvería a la página completa, seleccionando un nuevo tema para su detallado examen.

Floyd se preguntaba a veces si el bloque de noticias, y la fantástica tecnología que tras él había, sería la última palabra en la búsqueda del hombre en perfectas comunicaciones. Aquí se encontraba él, muy lejos en el espacio, alejándose de la Tierra a miles de millas por hora, y sin embargo, en unos pocos milisegundos podía ver los titulares de cualquier periódico que deseara. (Verdaderamente que esa palabra de «periódico» resultaba un anacrónico pegote en la era de la electrónica.) El texto era puesto al momento automáticamente cada hora; hasta si se leía sólo las versiones inglesas, se podía consumir toda una vida no haciendo otra cosa sino absorber el flujo constantemente cambiante de información de los satélites- noticiarios.

Había otro pensamiento que a menudo lo llevaba a escudriñar aquellos minúsculos encabezamientos electrónicos. Cuanto más maravillosos eran los medios de comunicación, tanto más vulgares, chabacanos o deprimentes parecían ser sus contenidos. Accidentes, crímenes, desastres naturales y causados por la mano del hombre, amenaza de conflicto, sombríos editoriales… tal parecía ser aún la principal importancia de los millones de palabras esparcidos por el éter.

 

Como ven, Clarke y Kubrick no sólo anticipan la web, el hipertexto, las tabletas y los periódicos digitales, sino que además intuyen el mal uso que los humanos acabaremos dándole. Privilegio de los grandes. Reconozcan que, en esto de las anticipaciones, solemos acertar más con la tecnología que con las personas, y que ha sido mucho más fácil imaginar con treinta años de antelación el ordenador, la realidad virtual o el iPad, que el 11-S, el 11-M o el ¡Viva España! con el que Albert Boadella cerró el otro día un discurso en Albacete, ante la recién estrenada derecha local.

 

Los humanos somos mucho más imprevisibles en nuestras convicciones y sentimientos que en las cosas que inventamos. Por eso los avances tecnológicos necesitan que quienes los pergeñan frecuenten la curiosidad y el conocimiento amplio, abierto y transversal, es decir la cultura. Lo decía el viernes pasado Philippe Kern en Wroclaw: Cuando hablamos de innovación, pensamos que sólo procede del campo de la tecnología, cuando en realidad es el campo de la tecnología el que bebe de las ideas y tendencias que surgen del campo de la cultura.

 

Opinaba Einstein que la lógica nos lleva de la A a la B, y la imaginación nos lleva a todas partes. Claro, pero sólo es posible imaginar a partir de lo que conocemos. La imaginación es el bonus track del conocimiento, la pista oculta, lo que suena al hacer girar el vinilo de nuestra mente al revés, pero también la chispa que enciende nuestro deseo de conocer más. Descubrirlo exige acción y un punto de azar. La innovación, tan prestigiosa por necesaria, es imaginación por encargo, imaginación dirigida hacia un determinado fin. Por eso cuanto más anchas sean las espaldas de nuestro conocimiento, más multidisciplinar nuestra curiosidad y más amplio el ángulo de nuestra mirada, más mundos seremos capaces de crear, mantener y explorar.