Improvisación nº 1

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Improvisar es lo que hacen los músicos de jazz. Improvisar es lo que hacemos todos todo el rato. Improvisamos al hacer el desayuno, improvisamos al ducharnos, improvisamos al hablar con nuestra mujer o con nuestros hijos. Nadie habla con partitura (sólo los conferenciantes lo hacen, y ya sabemos lo aburrido que es, o los actores, que deben pasarse media vida estudiando para lograr que aquello suene verosímil). Nadie hace el desayuno con partitura. Nadie habla con sus hijos con partitura. A veces, en las conversaciones importantes, planeamos lo que vamos a decir. Incluso lo ensayamos frente al espejo, o nos grabamos para escucharnos. También los músicos de jazz ensayan y practican y a veces se graban y se escuchan. Llegado el momento, esa conversación tan preparada y ensayada también será improvisada.

 

¿Cómo componía Wagner, por ejemplo? Se sentaba al piano y se ponía a improvisar. De esas improvisaciones surgían materiales, melodías, motivos, acordes. ¿Hay otra forma de componer que no sea improvisando? Sí, hay muchas maneras de componer. Hay quien compone utilizando redes booleanas, fractales o gráficos matemáticos, por no hablar de las experiencias dadaístas de Cage, que salpicaba de tinta una hoja de papel pautado, por ejemplo, o superponía pentagramas a un mapa del cielo estrellado. Sin embargo, dejando aparte los experimentos (y bien sabemos que gran parte de lo que sucedió en el siglo XX en las artes eran experimentos), podríamos decir que todos los músicos improvisan cuando componen e improvisan también cuando interpretan.

 

La idea, por supuesto, no es mía, sino de Bruce Ellis Benson, tal y como la expone en The Improvisation of Musical Dialogue, una obra cuyo subtítulo es «Una fenomenología de la música». Para Ellis Benson lo que hace un compositor, un intérprete, un arreglista, un orquestador, es siempre improvisar. La única diferencia entre lo que hace Charlie Parker cuando toca Bird Gets the Worm, por ejemplo, y lo que hace Bach cuando escribe una fuga es que Charlie Parker no puede corregir su improvisación mientras que Bach sí puede. Sin embargo, si nos ponemos a pensar en ello, es una diferencia bastante grande. Tan grande, en realidad, que por mucho que estemos de acuerdo en que todo lo que hacemos es improvisado, nos vemos obligados (Bruce Ellis Benson no lo hace) a diferenciar entre improvisaciones tentativas e improvisaciones absolutas. Cuando escribo lo que voy a decir estoy improvisando sobre el papel, pero esa improvisación es tentativa: puede corregirse. Cuando me pongo a hablar con mi vecino sobre el frío que hace esos días, esa improvisación es absoluta. No se puede corregir.

 

Siempre me resulta extraordinario que resulte tan difícil, incluso para músicos o musicólogos, entender cabalmente en qué consiste la improvisación de jazz. Hay muchos libros publicados al respecto, pero casi todos entienden mal la improvisación, o la toman por lo que no es. No me refiero a los libros escritos por los músicos de jazz, evidentemente, ni a los manuales de improvisación que existen, sino a las obras más o menos ensayísticas. Y es que los músicos de jazz no suelen escribir ensayos, del mismo modo que los ensayistas no suelen comprender nunca del todo bien en qué consiste la improvisación jazzística.

 

Hay excepciones, claro está. Por ejemplo, Massimo Donà ha escrito una Filosofía de la música donde habla bastante de jazz. Donà es, al mismo tiempo, ensayista, musicólogo y músico de jazz. Pero sus teorías sobre la improvisación de jazz surgen, en mi opinión, más de sus lecturas que de su práctica musical. Y es un buen músico, por cierto.

 

Para un músico de jazz, improvisar se parece mucho a hablar. Es una forma de comunicación musical que se basa, como el habla, en un repertorio más o menos amplio de frases aprendidas que pueden transformarse y unirse de formas diversas, pero que raramente son verdaderas creaciones ex nihilo. Los grandes genios son capaces de improvisar, de pronto, frases de la nada. Pero hay grandes músicos de jazz como, por ejemplo, Tete Montoliu u Oscar Peterson, que tocan las mismas frases una y otra vez, y las repiten y repiten a lo largo de los años, con feroz convicción y prácticamente sin variar ni una nota.

 

Lo cierto es que uno siempre dice lo mismo sobre las mismas cosas, siempre cuenta el mismo chiste a propósito del mismo tema, suelta la misma opinión (que él mismo sabe que ya ha expresado un millón de veces) acerca del mismo problema. Somos improvisadores, pero improvisadores malos. Somos improvisadores limitados. Somos improvisadores de segunda clase. O de tercera.

 

¿Cuál es el primer problema del improvisador de jazz? El hablar demasiado. El tocar demasiado. El no parar de tocar. Lo explica muy bien Hal Crook en su libro How to Improvise, cuya primera lección se llama precisamente «El enfoque toca/descansa», y donde recomienda al aprendiz de improvisador que improvise por espacio de dos compases y se calle durante otros dos, etc. Un bonito ejemplo de mal improvisador lo encontramos, por ejemplo, en el disco que el violinista Itzhak Perlman grabó con Oscar Peterson. Perlman toca muy bien, pero cuando se trata de improvisar, lo que hace es tocar corchea tras corchea sin ton ni son, para arriba, para abajo, para arriba, para abajo. Amateur, en fin. Saber callar a tiempo: eso es lo más importante. Porque siempre decimos lo mismo y siempre hablamos demasiado.

 

Quizá por eso sea el momento de abandonar ya esta primera Improvisación y regresar al silencio. Pero terminémosla con una nota de humor. Esta noticia jazzística completamente hilarante trata de un músico de jazz que fue denunciado en España por un espectador bajo la acusación de que lo que tocaba no era realmente jazz. Hasta la guardia civil opina en el asunto. Me la pasa mi amigo Lamberto del Álamo, saxofonista de pro. Disfrútenla. 

Madrid, 1961. Escritor. Estudió Filología Española en la Universidad Autónoma de Madrid y piano en el conservatorio. Fue pianista de jazz y profesor de español. Vivió en Nueva York durante unos cuantos años y en la actualidad reside en Madrid con su mujer y sus dos hijos. Es autor de las novelas La música del mundo, El mundo en la Era de Varick, La sombra del pajaro lira, El parque prohibido y Memorias de un hombre de madera y del libro de cuentos El perfume del cardamomo. Ganó el premio Bartolomé March por su labor como crítico literario. Ha sido además crítico de música clásica del diario ABC, en cuyo suplemento cultural escribe desde hace varios años su columna Comunicados de la tortuga celeste. Su ópera Dulcinea se estrenó en el Teatro Real en 2006. Acaba de terminar una novela titulada La lluvia de los inocentes.

5 COMENTARIOS

  1. Hola Andrés. Me alegra
    Hola Andrés. Me alegra encontrarte aquí. Muy interesante el asunto de la improvisación. Los aficionados al jazz suelen apreciarla en grado máximo, con independencia de los resultados musicales. Para mí la improvisación en privado es el gran camino para crear. Considero que la vuelta a lo que uno a improvisado es con frecuencia conveniente.

  2. Querido Álvaro: tengo que

    Querido Álvaro: tengo que confesar que me intriga tu comentario. Dices que los aficionados al jazz aprecian en grado máximo la improvisación «con independencia de los resultados musicales». Pero ¿por qué con independencia de los resultados musicales? Seguramente los aficionados al jazz aprecian las buenas improvisaciones, es decir, las que tienen buenos reultados musicales y desprecian las malas. ¿No?

  3. No me he explicado bien. Es
    No me he explicado bien. Es posible que ahora vuelva a explicarme mal, pero voy a hacer un intento: El que enjuicia los resultados soy yo como melómano, inevitablemente. La improvisación jazzistíca se mueve dentro de unas coordenadas (armónicas, rítmicas) que son previsibles, lo cual menoscaba su interés. Me doy cuenta de que se trata de un punto discutible, pero para mí es importante que la música no sea previsible. Por ahí comencé a amar, a adorar la música contemporánea. Ayer estuve en La Fídula y estuve escuchando a músicos de jazz: Un batería, un piano, dos bajistas, tres saxos y un trompeta. Eran estupendos, pero no me sorprendían. Aprecio su entrega, su entusiasmo, su transitividad, pero sopy capaz de imaginar siquiera someramente por dónde va a transcurrir la pieza. Algunas de las músicas que más amo sí me sorprenden, aunque las escuche repetidamente. Semejante milagro no es fruto de una improvisación pura, sino que es el producto de muy profundas reflexiones. Revoluciones como la de Schönberg, o la de Stravinski, o la de Debussy, por citar tres monstruos sagrados, fueron el resultado de muy largas meditaciones musicales. Otro tanto puede decirse de lo que consiguieron Mondrian o Rothko, o Kandinski: ¡Empezaron pintando pintando paisajes! Como es natural, dentro de los procesos intelectuales de estos músicos y estos pintores, seguramente hay grandes dosis de improvisación, pero también hay reflexión.
    El músico máximo, que a mi entender es Beethoven, parece ser que asombró nada menos que a Mozart por su capacidad improvisatoria. La cuestión es que Bethoven es mucho más que improvisación. No se pasa del clasicismo al romanticismo sólo a base de improvisación.
    No soy un experto en jazz, pero en parte se debe a que no encuentro motivos para profundizar en él. Se trata de una música de incuestionable valor, pero creo que se mueve dentro de fronteras muy estrechas. El mismo esquema se repite siempre: una sección rítmica y un instrumentista que improvisa algo que está en cierto sentido delimitado. Veo más audacia en la música mal llamada clásica. Mi prima Mónica ha acuñado una expresión que me parece acertada, y que espero que no ofenda a nadie: dice que el jazz es música decorativa.

      • Soy aficionado y he tocado,

        Soy aficionado y he tocado, como pianista, ambas músicas, clásica y jazz. Adoro a las dos y afirmó lo mismo que Andrés: hay que joderse. El señor que ha comentado lo anterior, aunque ha conseguido explicarse algo mejor y se entiende por dónde van sus tiros, ha caído en una falacia tras otra. ¡Uf!

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