Indignos e indignados

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«La
indignación, si se manifestara, si se dejara sentir de modo escandaloso,
tendría que alumbrar nuevos mecanismos, esperanzas y soluciones». 
Así finaliza el texto «Indignación»,
en el cual, hace más de un mes, el periodista Vicente Romero hablaba en su web
del panfleto político ‘Indignaos’, en el que el intelectual francés Stephan
Hessel llamaba a la rebelión de los pueblos contra una ofensiva del capital que
va arañando cada vez más espacios democráticos. En una reseña anterior,
publicada en el número de febrero de la edición española de Le Monde Diplomatique, Ignacio Ramonet lo
expresaba así: «Hessel ha sabido expresar con palabras lo que tantos
ciudadanos golpeados por la crisis y por las medidas de regresión social
sienten en el fondo de sí mismos. Ese sentimiento de que les están arrebatando
sus derechos, esos anhelos punzantes de desobedecer, esos deseos de gritar
hasta perder el aliento, esas ganas en fin de protestar sin saber cómo…»
Porque, como dice Eduardo Galeano, este mundo loco se divide entre los
indignos y los que están indignados
. Con estos niveles de injusticia y
absurdo, hay poco lugar para posiciones intermedias.

 

Un día cualquiera -aquí cuentan cómo-, cuarenta personas decidieron extender una
manifestación cualquiera y quedarse a dormir en la Puerta del Sol. Y todo ese
poso de indignación, por el paro, por la corrupción, por la asunción de
políticas del FMI por el Gobierno de ZP, por la ley Sinde que intenta poner
puertas al campo internáutico, etc, etc, cristalizó en la mayor protesta
ciudadana -de jóvenes, pero no sólo de jóvenes- que recordamos en décadas de
historia madrileña. En estos días, observo cómo mis amigos y conocidos, los que
simpatizan con Sol y los que simpatizan un poco menos, manifiestan, una vez
vencida la inicial sorpresa -y, en algunos casos, euforia-, más escepticismo
que esperanza. Yo, como Galeano, soy optimista según la hora del día, pero me sorprende el derrotismo precoz, el convencimiento
de que el grito ‘Democracia Real, Ya’ quedará en nada, las críticas a esa parte
del movimiento, por pequeña que sea, que no está de acuerdo con uno -cuando hay
tantos miles de personas implicados, ¿cómo vamos todos a pensar lo mismo?- y,
sobre todo, la ligereza con la que se olvida que los ciudadanos tienen derecho
a salir a protestar a la calle aunque no tengan propuestas concretas -que sí
las tienen-, y que el solo hecho de haber salido, de haber demostrado que los
españoles no están tan anestesiados como parecía y que todavía saben reclamar,
es muy valioso.

 

Obvio que, entre tanta gente, hay también
interesados. Obvio que cada uno tiene su causa y algunas son más egoístas que
otras. También yo creo que, entre tanto hipotecado hasta el cuello, hay muchas
víctimas pero también algunos inconscientes que firmaron algo que no podían
pagar, o que no hubieran socializado el beneficio si el negocio les hubiese
salido bien y se hubieran llevado unos miles de euritos con la operación
especulativa. También yo tengo mis reticencias con respecto al asamblearismo, y
desde luego estoy claramente en contra del veto: la asamblea de Sol decidió que
todas las decisiones se tomarían por consenso, y ello, además de paralizante,
me parece poco democrático, en el momento de que un solo ‘no’ se impone a miles
de ‘síes’. Pero, una vez enumeradas estas objeciones, y hay otras que me dejo
en el tintero, sigo pensando que el 15-M es un movimiento esperanzador, que
puede salir algo de ahí y de nosotros depende que así sea, y que, tanto en Sol
como en el resto de plazas y foros del país, se está consiguiendo que las cosas
fluyan, sin grandes conflictos, sin grandes desavenencias, que no es poco
cuando hay tanta gente involucrada y tantos intereses deseosos de reventarlo. Y
creo, personalmente, que el movimiento que comenzó en Sol puede y debe
convertirse en un movimiento social que, más que perderse en la ambición de
abarcar muchos temas estructurales, debería comenzar por centrarse en un grito
que reúne a todos los manifestantes y simpatizantes de los últimos diez días:
queremos una democracia de verdad, porque estos políticos no nos representan. Lo vio con tanta lucidez Saramago y lo gritó tantas vecesdurante
años… ¿qué clase de democracia es esta si las decisiones
importantes las toman esas entidades económicas que no han sido elegidas por
nadie?

 

Mientras, los medios de comunicación, como
(casi) siempre, a por uvas. ¿Por qué tantos periodistas se empecinan en hacer,
como los políticos, como que no han entendido nada?
 Esta
mañana veo, por primera vez desde hace mucho tiempo, los Desayunos de TVE, la
mejor tertulia de la televisión matinal española, y me acuerdo de por qué dejé
de ver tertulias. En una hora de programa, incluido debate político con tres
periodistas y entrevista al presidente de la región de Murcia, nadie menciona
el 15-M. Hablan de crisis en el PSOE, de paro, de encuestas, de anticipar las
elecciones. Nadie comenta que hay gente en Sol que lleva semana y media
diciendo que las elecciones le dan igual, que las elecciones son un engaño, y
que son miles, millones de personas en España las que piensan lo mismo, y si no
lo han dejado claro en las urnas es porque el sistema se cuida de no brindar a
los electores los mecanismos para hacerlo. Claro que, como periodista, no me
gustó que el sábado le gritaran a la currita de Telecinco «Televisión,
manipulación», ni que los manifestantes de Sol parecieran dar por hecho
que todos los periodistas sin excepción son manipuladores. También creo que se
equivocan en la estrategia cuando evitan salir en los medios de masas. Pero un
poquito de razón sí que llevan, ¿no?

 

* Para todos, pero sobre todo para amigos
no hispánicos que no terminan de entender lo de la burbuja inmobiliaria en
España, recomiendo encarecidamente este vídeo, que además de didáctico es desternillante: DE LA BURBUJA INMOBILIARIA A LA CRISIS, POR ALEIX SALÓ.

 

* Y, sobre todo, os invito a que saquéis
45 minutos de vuestro tiempo para escuchar esta entrevista a Eduardo Galeano, que, como siempre, con esa
sencillez que casi parece tautológica, expone las miserias de un sistema
enfermo.

Nací en Extremadura, pero soy -también- madrileña. Periodista por vocación y convicción, llegué a América Latina en 2008, a esa ciudad caótica y fascinante que es São Paulo. Después de unos años entre samba y tango, me establecí en Buenos Aires, desde donde trabajo como 'freelance' y colaboro para medios como El Mundo y Le Monde Diplomatique. Aunque, cada vez más, apuesto por los proyectos independientes: la revista Números Rojos, la web Carro de Combate -dedicada al consumo responsable y la denuncia del trabajo esclavo- y, por supuesto, este Fronterad.   Afincada por fin en Buenos Aires, una ciudad que me cautivó desde mucho antes de visitarla, cuando se me mostraba desde las páginas de Julio Cortázar, sigo descubriendo este continente diverso y complejo, este continente con las venas abiertas que, sin embargo -o por eso mismo-, tiene tanto que enseñarle al mundo.