Informando a las colonias. El clima

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Querida lectora, dice el refranero que sólo cuando truena nos acordamos de Santa Bárbara, protectora de los mineros y escudo contra los rayos. Eso nos ha pasado, nos pasa y nos pasará con la energía nuclear, contra la que no hay Santa Bárbara bendita que te crió, por seguir con los dichos y redichos.

 

El maremoto de Japón nos ha puesto al borde de un grave accidente nuclear y, claro, nos asustamos. Gobiernos, empresarios del ramo y cabilderos pagados o convencidos sin razón saben que el susto pasará cuando pase la tormenta. Mira, si no, Chernobil. Ahí andan aún a vueltas con las víctimas, que si unos dicen decenas que si otros doscientos mil. En lo que hay acuerdo es que unos 6,8 millones de personas resultaron expuestas a las radiaciones, según la Organización Mundial de la Salud.

 

Claro que si alguna de esas personas se muere de leucemia ya vendrá quien venga a ponerlo en duda y atribuirlo al tabaco. Puede ser; no lo voy a discutir. Pero también pueden ser víctimas de la energía nuclear pues mientras en el tabaco sólo hay estadísticas y prevalencias en la acción de la radiactividad a gran escala hay pruebas a simple vista.

 

Pero, como te digo, Gobiernos, empresarios del ramo y cabilderos saben de sobra que cuando deje de tronar podrán seguir haciendo lo que mejor nos convenga, motivo por el que dicen que no es buen momento ahora para abrir un debate. Tienen razón. ¿Quiénes somos nosotros para saber lo que nos conviene? Somos niños asustados; ellos los adultos, esos con refugios nucleares en sus palacios de Gobierno o en sus casas privadas, esos con aviones oficiales y esos con aviones privados para salir corriendo los primeros en caso de fugas radiactivas, saben mejor que nadie lo que nos hace falta.

 

Y lo que nos hace falta es esa energía nuclar, tan barata y mágica ella. Tanto que cuando mires el recibo de la luz en nuestra colonia descubrirás con horror que llevas años pagando un canon por disfrutar de ella.

 

Y mientras nosotros, los ciudadanos, reducidos a la baja condición de consumidores, pagamos ese impuesto, ellos, los superciudadanos, es decir, los políticos y empresarios del ramo, viven a cuerpo de rey con nuestro canon.

 

Y si luego hay un accidente, entonces, que lo arreglen los héroes, como en Rusia y en Japón, que no sabemos quienes son pero sí sabemos quienes no serán, los mismos políticos, empresarios del ramo y cabilderos que tanto bien ven en la energía nuclear.

 

Pidiéndote disculpas por estas, cada vez más frecuentes, digresiones, entro en la materia de nuestra crónica y para compensar mi falta de tacto por meterme donde no me llaman y avisarte de lo que nos puede pasar, emulo de nuevo a los grandes cronistas de nuestra época y voy a hablarte del clima. Esta vez de verdad.

 

Adivino tu sonrisa. «¡Ah, Necio! Poco a poco van cayendo tus reticencias e ironías. Ni tú mismo puedes sustraerte al dictado de la audiencia». Como casi siempre, te equivocas. ¿Cómo voy yo a andar buscando audiencia si hace ya tiempo que renuncié a ella para quedarme a solas contigo?

 

Me subestimas, si te voy a hablar del clima del Imperio no es por tener más lectores sino para satisfacer tu curiosidad. También para dejarlo plasmado aquí, en estas crónicas, para la posteridad.

 

El clima del Imperio es complejo, como corresponde a este país tan grande, y sin embargo te diré que en buena parte se parece mucho al de nuestra colonia. Pero multiplicado mil. Por ejemplo, el clima de Nueva York es como el clima de las dos Castillas y la meseta, continental. Frío muy frío, extremadamente frío, en invierno, y caluroso, muy caluroso, extremadamente caluroso, en verano. Aunque el frío en Nueva York es seco en invierno, a diferencia de Castilla, el calor es húmedo en verano. Claro que como dice mi buen amigo, el historiador don Rául Cervantes Orozco, al que ya conoces porque he nombrado muchas veces en estas crónicas, sólo a los holandeses se les ocurre fundar una ciudad donde está Nueva York.

 

El resto de la línea que va de Nueva York a San Francisco y de ella para el norte, también es continental y, en invierno, muchas veces polar. En el sur el clima se divide en tropical en el este, desértico en el centro y mediterráneo en algunas zonas del oeste.

 

O sea que, como ves, en este país se pueden dar, al mismo tiempo, tempestades de nieve con sequías pertinaces e inundaciones con feroces incendios forestales. No te cuento. Si los cronistas de nuestra colonia hacen punto de cruz con la poca variación de clima que allí existe, los de Estados Unidos hacen virguerías. Aquí las tormentas son godzillas (aunque nunca sabré lo que es un godzilla) y las inundaciones (recuerda Nueva Orleans) son de proporciones bíblicas.

 

Decía don Baltasar Gracián, lo bueno, si breve, dos veces bueno y yo ya me he excedido. No en la crónica de hoy, sino en todas las crónicas en general. Quiero decir, que llevo más de un año dándote la lata con ellas y ya va siendo hora de dejarte descansar.

 

Sí, me voy, querida lectora. No hoy ni quizá la semana que viene pero a partir de ahora estás leyendo mis últimas crónicas. Te he contado prácticamente todo cuánto tenía que contarte, desde la mitología del Imperio a sus inventos, pasando por sus amigos, sus enemigos y hasta su clima.

 

Alguna vez me has animado por lo bajo a que entre en la actualidad. Te agradezco tu voluntad de convencerme pero yo no puedo hacer eso. No es mi oficio.

 

Mas no te pongas triste. Yo no lo estoy. La vida es esto. Un nacer y un morir. Y, entremedias, unos pocos hemos tenido la suerte de vivir y, unos menos aún, la de escribir. Empeñarse en continuar es de soberbios y si algo has aprendido de mí es que detesto la soberbia. La decisión estaba tomada desde el mismo día en que escribí mi primera crónica. Pero, además, unos felices acontecimientos ocurridos en las últimas horas han venido a hacer redoblar mi decisión. Si no protestas y te portas bien, quizá, en mi última crónica te cuente cuáles son.

 

Esperando que no afecten las radiaciones ni las despedidas, pasa buena semana.

 

Vale

Máximo Necio nació en Madrid por accidente, como casi todo en su vida. Estudió humanidades en la Universidad Complutense. Al terminar los estudios buscó la erudición a través de la aventura, sin que hasta el momento haya aprendido más que un par de verdades de andar por casa. Tan escaso conocimiento le permite, sin embargo, cierto filibusterismo cultural y mucha, mucha indignación, aunque es más la de los intransigentes que la de los justos. En corregirlo anda.