Informando a las colonias. El sistema social V. La democracia II

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Querida lectora, empiezan los fríos y recién me doy cuenta que aún no te he hablado del clima del Imperio. Mi terquedad te ha de irritar. Con lo ávida que estás tú de saber los detalles más mínimos de las nevadas, las lluvias, los huracanes, las sequías, las altas temperaturas, las riadas, las inundaciones, el granizo, los cirros, los cúmulos y los estratos y yo, aquí, calentito en mi casa, sin informarte de nada.

 

Has de saber que no es por empecinamiento. De sobra es ya conocida para ti mi admiración por los cronistas modernos, tan meticulosos ellos en las cosas de la meteorología, tanto que, si han de quitar el tiempo a otras noticias para dárselo a los rayos y los truenos, no dudan jamás en hacerlo. ¿Qué es más importante? ¿Una nevada en invierno en nuestra colonia o que las empresas del Ibex 35 vuelven a tener beneficios pero aún así siguen despidiendo a trabajadores, en contra de la regla capitalista que dice que el empresario tiene que ganar dinero para crear empleo? No hay duda. La nevada.

 

Yo mismo comparto la opinión. Por ese motivo, la nevada abre los telediarios, los radiodiarios y los diarios. Mas también, por ese motivo, porque considero que estás muy bien informada del año que más calor ha hecho de la Historia, de cuál es el nivel más alto del río Ebro a su paso por Zaragoza o de cuántas veces al año se produce una ciclogénesis explosiva, prefiero yo ocuparme de aspectos menos tratados, aunque sean más aburridos, como este de la democracia del Imperio que ahora nos ocupa.

 

Te contaba en la crónica anterior como la democracia en el Imperio es al por menor, porque sólo un 25% de los ciudadanos elegían al emperador, y te contaba también como las corporaciones habían conseguido imponer su dictadura. Pero aún quería yo ahondar un poco más en este último aspecto.

 

Hasta, ahora, la dictadura de las sociedades anónimas es la mejor clase de dictadura que se ha inventado porque siendo, anónimas, son impunes y la impunidad es una fruta muy rica, como todos sabemos. A quién vamos a juzgar por los desaguisados de un grupo de ejecutivos que ha obligado a los ciudadanos a sacar el dinero de su bolsillo para que los bancos puedan seguir funcionando. A quién por haber ensuciado las costas del Golfo de México o las de Nigeria. A quién se va a juzgar por la utilización de hormonas, químicos y transgénicos en las comidas. Vale que se pongan multas e indemnizaciones, las menos posibles eso sí, pero ¿juzgar?

 

Si los carteristas se hiceran banqueros mejor les iría. ¿Te imaginas a la organización de carteristas de la línea 27 del autobús de Madrid, Glorieta de Embajadores-Plaza de Castilla, diciendo: Si les seguimos tangando ustedes se quedan sin efectivo, mejor nos hacen un rescate financiero para que les devolvamos lo que les hemos robado? O ¿que vendieras tortillas con salmonella a ocho euros en la puerta de tu casa y te dijeran: mire usted pone en peligro a sus vecinos por eso va a pagar una multa de un euro?

 

Sí, querida lectora, la impunidad es lo más parecido al paraíso. Y ya no sólo en cuestiones económicas, también en las políticas. Tal como están las cosas, yo creo que a los dictadores les iría mejor haciéndose demócratas. Sí, no me mires con ese pasmo. Hoy vivimos en un mundo en el que podríamos decir parafraseando a Juan, hijo de Zebedeo y hermano de Santiago el Mayor: He ahí la democracia que quita el pecado del mundo.

 

Que lo haces mal, pongamos te inventas una guerra ilegal en la que mueren decenas de miles de civiles; o que has torturado en una base de Cuba, no a presuntos culpables sino a manifestos inocentes; o que te has enriquecido gracias a que has ayudado a intereses que no eran los de tus ciudadanos sino los del Imperio, pues no pasa nada, a los cuatro u ocho años vienen las elecciones y ego te absolovo a peccatis tuis. Y a casita con tu dinerito.

 

Además, reconoceme, que el sistema por malo que fuera sería un alivio para los pueblos porque se quitarían a los dictadores de en medio, en lugar de aguantarlos cuarenta años. Ya sé, querida lectora, porque no soy tan ingenuo como parezco, que precisamente eso no se produce porque los dictadores quieren perpetuarse en el poder. Pero justo, por eso también te digo que mejor les iría y nos iría si se hicieran demócratas.

 

Ahora, que esa organización llamada goteras rápidas (nombre más extraño, yo la habría llamado Assange y Otilio, filtraciones a domicilio) nos anda revelando el mundo tal y como es, osea que los Gobiernos democráticos nos mienten, es curioso observar como eso de la impunidad se ha extendido, ya no sólo se da en el ámbito judicial, también al político. Un ejemplo, tras conocerse las últimas goteras nadie ha dimitido por pedir a los embajadores que se hicieran espías, una ilegalidad manifiesta, convenios internacionales en mano.

 

Otra característa de la democracia del Imperio es que ciertamente lo es pero sólo para sus ciudadanos. Ahí está la Historia. Chile, España, Irán, Marruecos…  ¿Cuántos golpes de Estado y cuántas dictaduras ha apoyado y apoya el Imperio?

 

Aún más la democracia del Imperio necesita mucho dictadores en Arabia Saudí o Guinea Ecuatorial para que así siga teniendo fácil acceso a los recursos naturales que no tiene. Visto así, casi podríamos concluir que no hay democracia en casa si no hay dictadura fuera.

 

Como vivimos en un mundo donde la manipulación es fácil y cualquiera que no sepa leer la ironía, las entrelíneas y el humor (no es tu caso, querida lectora, pero por si algún despistado más lee esta crónica) este Máximo Necio no es un descreído de la democracia, creo en ella, precisamente por ese motivo me duele tanto verla tan en manos de sus enemigos. No se te olvide, jamás, que Hitler subió al poder gracias a la democracia. Claro que ya lo dice siempre mi buen amigo historiador don Raúl Cervantes Orozco, la democracia es un sistema político que se dio durante muy pocos años en la antigua Grecia.

 

Deseando que la nieve no te impida disfrutar del puente colonial, te despido hasta la semana que viene.

Vale

Máximo Necio nació en Madrid por accidente, como casi todo en su vida. Estudió humanidades en la Universidad Complutense. Al terminar los estudios buscó la erudición a través de la aventura, sin que hasta el momento haya aprendido más que un par de verdades de andar por casa. Tan escaso conocimiento le permite, sin embargo, cierto filibusterismo cultural y mucha, mucha indignación, aunque es más la de los intransigentes que la de los justos. En corregirlo anda.