Informando a las colonias: La comida I

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Tal y como os prometí, queridos lectores, aparto lo divino, digo lo insustancial de la mitología, para hablar de lo humano, lo importante; no el acto de la supervivencia, sino el de la vivencia, que en nuestra colonia no es otro que el del buen yantar y el buen beber.

 

Ya observó esa necesidad nuestra, no sé si tan cultural como se pretende pero, desde luego, sí pertinaz, don Miguel de Cervantes cuando con su natural lucidez, en el primer punto y seguido de su magna obra Don Quijote de la Mancha, nos dio el menú semanal de Alonso Quijano para situarnos en la pobreza de este hidalgo: “Una olla de algo más vaca que carnero, salpicón las más noches, duelos y quebrantos los sábados, lentejas los viernes, algún palomino de añadidura los domingos, consumían las tres cuartas partes de su hacienda.” ¡Pobre, en verdad! Pero habréis de convenir que, bajo nuestra sabiduría culinaria, su pobreza fuera más de espíritu que de bolsillo si se conformaba con tan escasos manjares. No debe, pues, sorprendernos que se volviera loco.

 

Sí queridos lectores, la cocina es, desde hace siglos, el rasgo más común de la vida y costumbre española; el único capaz de vertebrar nuestra España invertebrada; el que nos ha puesto de acuerdo a la derecha y a la izquierda; a la gente rica y a la pobre; a los del norte y a los del sur, a los del este y el oeste; a los del sí y a los del no; pues como dice la ciencia popular: Como se come en España no se come en ningún lado y un bocado de jamón ibérico sólo es igualado por otro de caviar o uno de foie-gras, pero no por la huella del primer hombre en la luna. ¡Que inventen ellos, que nosotros comemos!, dijo, si no don Miguel de Unamuno, algún pariente suyo. ¡Pero si hasta cuando don Francisco de Quevedo se encontró en el infierno con Mahoma, el principal reproche que le hizo fue haber prohibido el vino y el tocino a los suyos!

 

Así pues, no ha de extrañarnos que nuestros Premios Nobel sean cocineros y no científicos. Mirad que hemos sido capaces de deconstruir la tortilla de patatas cuando otros pueblos sólo han sabido hacerlo con textos literarios. Eso que hemos salido ganando. A cada cual, según su gusto, afirman los franceses.

 

Entiendo, comparto y atiendo, por tanto, vuestra constante exigencia de contar cómo es la cocina del Imperio; siquiera sea para regodearnos en su pobreza.

 

Adivino, no obstante, vuestro escepticismo sobre mi capacidad para juzgar tan alta expresión del trascendental hispano. Mayor aún ha de ser vuestra incredulidad tras leer el prosaico título de esta crónica: La comida. Supongo que andaréis preguntándoos ¿Pero qué sabrá este Máximo si confunde alimento con cocina? Y, en verdad, pensaréis que soy necio si mezclo churras con merinas; mas si sois gente con conocimiento, no debería extrañaros la cuidadosa elección y el tino de tal título, pues de sobra sabéis que no hay gastronomía en el Imperio.

 

Para probar esta última afirmación, la de que no existe gastronomía en Estados Unidos, basta recurrir a la etimología popular. La misma palabra se define. Gastronomía: Ciencia que estudia el universo de platos de un país o región y, en especial, sus recetas. Por tanto, los tres únicos platos propios del Imperio (a saber: las hamburguesas, las alitas de pollo picantes y el pavo del Día de Acción de gracias) no dan lugar a una constelación culinaria. Si acaso, forman un sistema de tres estrellas, que no son precisamente las de la Guía Michelín.

 

En cuanto a eso que los propios estadodunidenses llaman comida basura, qué decir: “No es mal sastre quien reconoce el buen paño”, ha dicho siempre una sabia particular, mi madre.

 

Confirmo así, lectores avezados, vuestros prejuicios y sospechas acerca de la falta de gusto y paladar en el Imperio. Pero por tal motivo, debéis comprender mejor el título de esta y las futuras crónicas que he de escribiros. A falta de gastronomía, sólo puedo hablaros de la comida; de los alimentos; de la materia prima que los ciudadanos del Imperio se llevan a la boca.

 

Me dispongo a ello; mas hoy, siendo como son todos los asuntos superiores, áridos al conocimiento, os dejo ya descansar para mejor entender mis siguientes palabras. Dejadme tan sólo decíos que os llevaréis dos o tres gratas sorpresas.

 

Vale

Máximo Necio nació en Madrid por accidente, como casi todo en su vida. Estudió humanidades en la Universidad Complutense. Al terminar los estudios buscó la erudición a través de la aventura, sin que hasta el momento haya aprendido más que un par de verdades de andar por casa. Tan escaso conocimiento le permite, sin embargo, cierto filibusterismo cultural y mucha, mucha indignación, aunque es más la de los intransigentes que la de los justos. En corregirlo anda.