Informando a las colonias: La comida IV

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Querido lector, entro veloz en materia en un intento desesperado por salir cuanto antes de estas crónicas sobre la comida del Imperio en las que me he enredado. Sé bien cuánto os aburre tanta pobreza culinaria y sé incluso que preferís no oír las miserias de esta tierra. Antes al contrario, estáis bien dispuesto a escuchar sus grandezas para mejor admirarla. Mas sé también que apreciáis mi sintonía con el mundo que nos rodea, lleno de noticias sobre alimentos, regímenes y recetas. Así nos pasa, de tanto masticar, se nos va la fuerza por la boca, dejando los principios relajados y la conciencia ahíta para cuando escuchamos que casi mil millones de personas dejarían de pasar hambre con los alimentos que el Imperio y la Gran Bretaña tiran a la basura cada año.

 

Imagino, querido lector, que estarás pensando: “Necio, abrevia y al grano, que prometiste entrar pronto en materia.” Tu indignación ha razón; perdona una vez más, pues me pudo la facundia y un cierto apurar, cielos, pretendo, como dijo Segismundo. Mas no os preocupéis, dejo ya a una parte si no cielos sí la conciencia, y prosigo.

 

La semana pasada os di la primera grata sorpresa acerca de la cocina imperial. Hoy os doy la segunda: la carne es excelente. Incluso cuando la hacen picada, a condición de no acudir a esas cadenas de comida en serie y nombre de pato. Fijaos cuán mala ha de ser ahí la carne que ni tan siquiera la diosa Publicidad ha logrado darles buen nombre. Y no engañando ella, no os engañéis vosotros; si triunfan tales establecimientos es gracias al paladar infantil y lo pobre del bolsillo.

 

Empero, yo prefiero la carne en buenas piezas: Steak (filete); Sirloin (solomillo); T-Bone (chuletón) o entrecôte (entrecot). Os aseguro que aquí, en la capital económica y cultural de los Estados Unidos, hay lugares donde se puede comer carne de gran calidad y bien cocinada; pero no seré quien los rebele, pues otros cronistas del Imperio, otras Historias de Nueva York, ya lo han hecho mejor que yo.

 

Y, hablando de la capital, permitidme una afirmación que quizá chirriará en vuestros oídos. Nueva York es uno de los lugares donde mejor se come del mundo. No veáis en mis palabras contradicción ni cinismo. Tampoco un ataque a la única verdad revelada de nuestra colonia, aquella que dice: «Como se come en España, no se come en ningún sitio.» Os digo la pura verdad. Nueva York está llena de emigrantes y que sean pobres no quiere decir que no tengan paladar. Son supervivientes: antes que morir de hambre en sus países emigran y antes que morir de inapetencia en Estados Unidos, cocinan, guisan y venden todas sus costumbres culinarias. En cualquier rincón de la ciudad se pueden comer platos europeos, asiáticos o africanos. Los unos, como la carne de la que os he hablado, con cuchillo y tenedor; los otros, como los cangrejos de caparazón blando, con palillos y tenedor; y los terceros, como el pan etíope con pollo en salsa o los tacos mexicanos, con las manos. No preguntéis de dónde vienen los ingredientes, conformaos con el sabor. El de los cangrejos, que en realidad más que con caparazón se comen con su piel, es uno de los más exquisitos que encontraréis.

 

Si mantenéis el secreto, cuando vengáis a la capital del Imperio, id a la sosa, pero no insípida, calle 53, entre la segunda y la tercera avenida, y probad en cualquiera de los cuchitriles de comida internacional que allí han abierto. Me lo agradeceréis. Probad también los restaurantes chinos de la calle Mott y alrededores. Y en Harlem buscad algún etíope; mas estad alejados de los que prometen comida soul food, no es para el alma ni para el estómago.

 

En cuanto a los platos propios del Imperio, creo haberlos mencionado ya: la hamburguesa, reseñada arriba, el pavo del Día de Acción de Gracias y las alitas de pollo. Estás últimas son para mí más un vicio que un manjar pero, al fin, todos somos humanos. Su receta es simple, se fríen y se les añade una salsa muy picante. Algunos dicen que debido a ese picante se llaman buffalo wings (alas de búfalo), pero yo pienso que tiene más que ver con su tamaño, pues casi parecen de águila imperial.

 

Del pavo no voy a decir mucho, salvo que es más fácil perdonar la vida a uno que indultar a un condenado a muerte, pues es tradicional que el Día de Acción de Gracias el emperador de turno salve a una galliforme sin que se recuerde cuando hizo lo mismo por un hombre.

Paro aquí mi prosa, dejándoos asimilar cuanto de sustento tenga esta crónica, y os deseo que paséis una semana tranquila, que en la paz de espíritu esta el mejor bien.

 

 

Vale

Máximo Necio nació en Madrid por accidente, como casi todo en su vida. Estudió humanidades en la Universidad Complutense. Al terminar los estudios buscó la erudición a través de la aventura, sin que hasta el momento haya aprendido más que un par de verdades de andar por casa. Tan escaso conocimiento le permite, sin embargo, cierto filibusterismo cultural y mucha, mucha indignación, aunque es más la de los intransigentes que la de los justos. En corregirlo anda.