Informando a las colonias: Mitos y leyendas III

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Queridos lectores que habéis dejado vuestras huellas tras mis escritos: ¡Loada sea vuestra paciencia! Más ahora, que me escriben amigos desde las colonias para recriminarme tanta frivolidad en mis noticias. Necio, me dicen, prometiste hablar de cuestiones trascendentales y ya vas por la tercera crónica sobre religión, política y economía. Para cuándo, me preguntan, las cosas importantes; que, como todos sabemos, en nuestra querida colonia son siempre dos: la del buen yantar y el mejor beber. No en balde tenemos tantos Premios Nobel de la Gastronomía.

 

Cierto, razón tienen mis amigos; y aún os pido perdón pues he de abusar más de vuestra paciencia y la suya; pero quiero tranquilizaros: crónicas sobre tales asuntos habrá.

 

 

Sabed disculpar, entretanto, haberme dejado arrastrar por la corriente de frivolidad de la que os hablé el primer día; pero todo tiene un devenir y, antes de mudar tonada, debo acabar ésta en la que me he enredado. Y os advierto, que cuando termine, aún volveré sobre la religión, la política y la economía en muchas ocasiones, pues un cronista es reflejo de su época y si Frivolidad es la orden de nuestro tiempo, Frivolidad estará en mis crónicas; aún cuando vosotros amables lectores e implacables amigos sepáis (para eso el español nos brindó la maravillosa distinción entre el ser y el estar) que ellas, mis crónicas, no son frívolas. Al menos, eso pretenden.

 

 

Así, con vuestra venia, continuo. Concluí la semana pasada que Wall Street es el templo de la alianza entre los dioses del Capitalismo y el pueblo estadounidense y os di a entender que de tal vínculo surgió una serie de mitos y leyendas al uso griego y romano. El por qué, es lógico, como bien adivináis. Todo Imperio que se precie ha de crear su propia mitología, pues siempre es más fácil dominar los dioses propios que los ajenos. Y si no la crea, al menos, pone a uno de los suyos a dirigir los dioses de los otros; como hizo en su día Enrique VIII. Bueno, todos los Imperios, menos uno; el de esta ahora colonia nuestra, que hizo honor a mi apellido y anduvo siempre obediente a los dictados que otros daban desde Roma.

 

Pero vuelvo por mis fueros, que son los de este Imperio moderno y no los de aquel antiguo. Decía que los estadounidenses han concebido sus propios dioses con sus propios nombres y su propia jerarquía. En definitiva, los han hecho a su imagen y semejanza y a como mejor les cuadraba.

 

De esa forma, Zeus, el dios de dioses, el que casi todo lo puede en el Olimpo griego, cobra aquí el nombre de Dólar. Él, más que ninguno, logra comprar amores inquebrantables y despertar miedos reales, torcer voluntades y corromper sentimientos, volviendo locos a los humanos, convirtiendo en reyes a unos pocos y esclavos a la mayoría. Pero todos, unos y otros, sujetos a sus caprichos.

 

Su culto es el más extendido, pues se práctica en todos los rincones del Imperio y hasta en muchas de las colonias; y su adoración, sencilla. Puede hacerse en cualquier momento del día o de la noche, basta con rezar a un billete de color verde, que lleva su nombre. El billete tiene una jaculatoria inscrita: «In God we trust» («En Dios, confiamos»), la que se invoca durante el acto del rezo; que no es otro que el de la compra.

 

Yo ando a dudas con el significado de la plegaria. Me suena a un conjuro contra todo mal. Pero conociendo el fuerte sentido pragmático del Capitalismo, se me ocurre que, quizá, los sumos sacerdotes hayan nombrado a Dólar consejero delegado del Imperio. Aunque como estoy perplejo y sin soluciones sobre lo apenas visto, tampoco descarto que, tras la reciente quiebra financiera, la oración no sea un mero acto de fe, sino la constatación de un hecho: En lo único en lo que uno puede confiar es en Dólar; que es, tanto como decir, en ese billete que se tiene en la mano.

 

Como la cuestión parece compleja, prefiero dejar dilucidarla a arqueólogos, antropólogos y demás investigadores del pasado que dentro de dos mil años reescribirán la historia de este Imperio. Yo, por mi parte, dejo escritas estas ideas por si pudieran ayudar.

 

Dólar anda ahora a vueltas con el dios Euro, que habita en otras tierras y cuyos poderes aparentemente son mayores; aunque da la sensación de ser menos hábil. Y, así, Dólar se ha disfrazado de toro y está, tras seducirla, en pleno rapto de Europa. Veremos como acaba.

 

Podéis imaginar ya que son muchos los dioses y las leyendas del Capitalismo. Por tanto, mis futuras crónicas seguirán hablando de ellos. Pero prometo, para llegar cuanto antes a lo que nos importa, no andarme tan por las ramas como hoy y contaros, de seguido, sus proezas y miserias.

 

 

Vale

 

Máximo Necio nació en Madrid por accidente, como casi todo en su vida. Estudió humanidades en la Universidad Complutense. Al terminar los estudios buscó la erudición a través de la aventura, sin que hasta el momento haya aprendido más que un par de verdades de andar por casa. Tan escaso conocimiento le permite, sin embargo, cierto filibusterismo cultural y mucha, mucha indignación, aunque es más la de los intransigentes que la de los justos. En corregirlo anda.