Informando a las colonias: Mitos y leyendas VIII

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Querido lector, sé lo que andáis pensando al leer que os traigo de nuevo un mito del Imperio, otro más. “Necio, lo poco agrada lo mucho cansa”, diréis. Sabed que yo también acepto vuestra recriminación, otra más, y lo hago con resignación.

 

Cierto, mi cerrazón es grave y, en lugar de seguir colgado de las alturas hablando de los dioses, debería leer a los grandes cronistas de nuestra colonia para saber lo que ahora toca, pues en vísperas de las fallas de Valencia mi obligación es hablaros de las fiestas regionales del Imperio, siquiera por caldear el ambiente para el gran fuego purificador.

 

Pero en tanto no arda Troya, aceptad mi disculpa, otra más, aunque sea porque la leyenda que hoy os traigo habla de dos dioses muy deseados, Dólar y Euro. Y así podréis criticar, además, que yo al oro me humillo, como don Francisco de Quevedo.

 

En alguna crónica anterior ya os advertí que Dólar anda en guerra con Euro. La disputa empezó como suelen comenzar las contiendas divinas, por una cuestión comercial. Sabiendo que el tamaño sí importa en la economía, las colonias europeas se dieron cuenta tiempo ha que intentar sobrevivir en el siglo XXI como pequeños Estados suponía su extinción segura. Para evitar esa desaparición, algunos próceres decidieron crear los Estados Desunidos de Europa.

 

Y, para conseguir la desunión, cosieron a máquina los mercados y descosieron a mano las fronteras. Así les ha quedado el trabajo: sin defectos para los mercaderes, pero un tanto deshilachado para los ciudadanos. Aunque de justos es reconocer que nunca se ensalzará lo suficiente el mayor fruto de todos: la paz más duradera que ha conocido esa parte del continente en toda su Historia. Cuestión ésta tan importante que sólo quienes no han conocido la guerra se atreven a desdeñar. Tampoco se suele hacer reverencia suficiente al otro gran logro de la desunión: un pasaporte común que permite no ya viajar sin él por toda Europa, sino hacerlo con él por todo el mundo, concediendo a sus poseedores el estatus de ciudadano mundial de primera categoría, casi, casi a la par con los del Imperio.

 

Precisamente, en ese intento por igualarse al Imperio, en el buen sentido de la palabra igualar, los padres fundadores de los Estados Desunidos de Europa decidieron crear un dios a la imagen y semejanza del Dólar. Como demiurgos de la moneda, tomaron la miserable peseta, la disminuida lira, el tullido dracma, el aún presentable franco y el poderoso marco alemán y construyeron un dios tan fuerte que, al poco tiempo de nacer, venció a Dólar en la pelea cotidiana de la cotización. Una victoria que se produjo incluso en contra de la opinión de quienes aseguraban que Dólar era invencible, los sedicentes teólogos o analistas del mercado.

 

Como es natural, al calor de esa fuerza, medraron nuevos sumos sacerdotes que decían servir al dios Euro: ejecutivos, políticos, constructores, comerciantes, tecnócratas, etc. Mas como bien sabes, el servicio propio a los dioses brilla más cuando el sacrificio es ajeno. Así, por ejemplo, los gobernantes de Atenas sirvieron a Euro sacrificando el futuro de sus ciudadanos en oscuros pactos. Aunque pasmaos querido lector, esos pactos fueron con dirigentes de Goldman Sachs, servidores a su vez de Dólar en el templo de Wall Street; de lo que podemos de deducir que los sumos sacerdotes no tienen dios, sólo una religión; ya sabéis cuál.

 

Otro ejemplo, de servicio propio y sacrificio ajeno es el de los pícaros tenderos y albañiles españoles que subieron el precio de las cosas y de las casas hasta crear la burbuja de chicle y ladrillo que después estalló en la cara de todos. (Aunque para ser justos, en nuestra colonia el aire de la burbuja inmobiliaria lo insuflamos, del Rey para abajo, todos).

 

Al hilo de estos sucesos divinos, conviene observar, como bien nos ha enseñado san José Saramago, que los dioses son marionetas en manos de los hombres y no al contrario, como buenamente suele creer el vulgo.

 

Por ese mismo motivo, no es de extrañar que muchos de los que antes adoraban al Euro ahora estén acusándolo de haber sido él quien engendró déficits e inflaciones y olviden, por ejemplo, cuán bien nos protegió de los caprichos del dios Petróleo cuando se dio un gran festín hace apenas un par de años.

 

Mas no os conforméis pensando que ser desagradecido es de mal nacidos. Dólar paga bien a los traidores que difunden la debilidad del Euro a los cuatro vientos, mientras los sumos sacerdotes se frotan las manos en espera de verlo caer.

 

No continúo. Descansad, querido lector, con la tranquilidad que os dará saber que la próxima semana dejaré los mitos y leyendas para hablaros de los usos y costumbres del Imperio.

Vale

 

Máximo Necio nació en Madrid por accidente, como casi todo en su vida. Estudió humanidades en la Universidad Complutense. Al terminar los estudios buscó la erudición a través de la aventura, sin que hasta el momento haya aprendido más que un par de verdades de andar por casa. Tan escaso conocimiento le permite, sin embargo, cierto filibusterismo cultural y mucha, mucha indignación, aunque es más la de los intransigentes que la de los justos. En corregirlo anda.