Informando a las colonias: Mitos y leyendas XI. Amigos y enemigos

0
233

Querido lector, sé cuán enojado estás conmigo por mi última crónica. “Este Necio osa comparar dictaduras como la de Cuba con democracias como la de Dinamarca. Aún más, dice que la democracia quita los pecados del mundo y aconseja a los dictadores que se conviertan a ella para cometer sus tropelías. Este Necio es en verdad necio”. Calma tu ira y déjame explicarte, que no quiero perderte como mis otras necedades me hicieron perder mis otros lectores.

 

Esta es mi patita blanca: Soy, ante todo, creyente en la democracia. Lo que ocurre, querido lector, es que todo es un problema de tonos. Ya lo dijo doña Isabel Salander: “Nadie es inocente, sólo existen grados de responsabilidad”. Cierto es que en Cuba no existe la libertad de expresión pues a los disidentes se les encierra en las cárceles durante años. Y cierto es que en Dinamarca existe tal libertad pues es raro que alguien vaya a prisión por ejercerla. Pero meter durante veinte días en la cárcel a unos activistas que pacíficamente censuraron a quienes están en el poder, tal y como ocurrió las pasadas Navidades, no deja de ser un atentado a la libertad de expresión. Y un atentado grave. La democracia es superior a otros Gobiernos pero no está exenta de cometer injusticias. Mira, si no, la que acaba de perpetrar el Tribunal Supremo en nuestra colonia contra el juez don Baltasar Garazón pues ¿acaso hay mayor injusticia que juzgar a un juez por ser justo? 

 

Como sucede con los hijos, cuando los errores los comete el de uno todo duele más y a mí me duele más la democracia, a la que quiero, que la dictadura, a la que temo y odio, querido lector.

 

Guarda pues tu ira y recuerda que ya demócratas de pro, como don Winston Churchill y don Jorge Bernardo Shaw, dijeron aquello de que la democracia es “el menos malo de los sistemas políticos” y “el proceso que garantiza que no seamos mejor gobernados de lo que nos merecemos”… ¡Y nadie se escandalizó!

 

Prosigo, por tanto, después de esta digresión a la que me has llevado con tus suspicacias, contándote quiénes son los enemigos del Imperio. Retomo el hilo donde lo dejé. Como ya te dije, al igual que las colonias, lo mismo da que los enemigos sean democracias o dictaduras. Que éstas tengan o no razón en sus quejas contra el Imperio, es otro cantar que nada le importa al Imperio.

 

¿De nuevo enfadado por esta afirmación? Pues con nada te irritas. No seas, por favor, tan simple como el ya citado emperador Jorge W. Arbusto que dijo aquello de “quien no está conmigo está contra mí”. Por extraño que te pueda parecer, se puede no estar de acuerdo con el Imperio sin ser amigo de sus enemigos y se puede, incluso, aceptar que sus enemigos tengan razón en ciertos asuntos sin que ello signifique estar de acuerdo con ellos en todos.

 

Es cierto que estos matices (que no virguerías intelectuales) se han vuelto difíciles de entender en nuestros días donde los mediocres prefieren que les digan lo que pensar; dejando así el asunto del reflexionar a los sofistas modernos (llámense, en nuestra colonia, patriotas o tertulianos).

 

¿Dura de digerir esta crónica, querido lector? Te pondré un ejemplo. Dejando a un lado la temible Cuba de la que ya te hablé la semana pasada, el peor enemigo del Imperio es la dictadura teocrática de la República de Irán, con la que Washington anda en estos momentos en ese juego del gato y el ratón, en el que todo el mundo sabe quien es el gato y quién el ratón.

 

El Imperio quiere imponer sanciones a Irán porque sus gobernantes intentan hacerse con la bomba atómica, lo que está prohibido por los tratados internacionales. Bienvenidas sean tales sanciones porque quien quiere matar en nombre de un dios, sea éste Ala o el único y verdadero, mata más fácilmente pues tiene así a quien echarle la culpa. Mira sino como matan los ayataolás a los homosexuales, a los ateos y a las mujeres que dicen adulteras y simplemente gozaron los mismos placeres de los hombres con los que yacieron.

 

Bienvenidas sean por tanto esas sanciones como serían bienvenidas las sanciones al Imperio porque esos mismos tratados internacionales le imponen, junto a las otras potencias nucleares, deshacerse de sus arsenales. Ni lo ha hecho nunca ni tiene la más mínima intención de hacerlo. Para que te hagas una idea, sólo el Imperio, único Estado que ha usado la bomba atómica contra poblaciones civiles, posee unas diez mil cabezas nucleares, más que la suma del resto de los ocho países que también la tienen. ¿Acaso no sería justo imponérle esas sanciones como acaba de reclamar Irán?

 

¿Veis, querido lector? Abrir camino en la selva de la demagogia no es tan difícil si se usa el machete de la lógica y el escudo de la razón. Castigar a los dos sería lo justo. Mas, ¿cómo y quién va a castigar a quien tiene la bomba atómica? Al final, sólo será castigado el que no la tiene. De donde se entiende que quien no la tiene aspire a poseerla. 

 

Otro de los enemigos del Imperio es Corea del Norte, aunque aquí quizá valiera más decir que lo es del planeta entero pues sus líderes son tan inestables como la nitroglicerina y recuerdan aquella teneborsa histora de 1984 que nos contó don Jorge Orwell. Curiosamente, desde que ese país adquirió la bomba atómica, el Imperio anda tratándoles con sumo cuidado. Así siga por el bien de todos.

 

A lo largo de la Historia, el Imperio ha tenido muchos enemigos pero citarlos todos es una labor que supera estas crónicas y mi propia capacidad (que no está mal reconocer uno sus propias limitaciones). Así pues dejo hoy de escribir aunque, antes de despedirme, nombraré aún un par de enemigos por ser muy peculiares y de los que te hablaré la semana que viene. Se trata de los enemigos internos: los indios, antiguos pobladores del territorio, y los ahorradores, ya en claras vías de extinción.

 

Pasa buena semana (si puedes).

 

Vale

Máximo Necio nació en Madrid por accidente, como casi todo en su vida. Estudió humanidades en la Universidad Complutense. Al terminar los estudios buscó la erudición a través de la aventura, sin que hasta el momento haya aprendido más que un par de verdades de andar por casa. Tan escaso conocimiento le permite, sin embargo, cierto filibusterismo cultural y mucha, mucha indignación, aunque es más la de los intransigentes que la de los justos. En corregirlo anda.