Informando a las colonias: Mitos y leyendas XIV. Amigos y enemigos: Israel

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Querido lector, adivino tu sorpresa al ver el título de esta crónica pues, como bien sabes y padeces, mis noticias sobre el Imperio no se sujetan a la tiranía de la actualidad sino más bien a las telarañas de la Historia. Calma tu sorpresa y no me vayas a acusar de oportunismo antes de tiempo. Desde este momento te digo que la crónica de hoy no está relacionada con los trágicos hechos acaecidos esta semana. Y si tu suspicacia es tan grande como para no creer en las casualidades piensa que, habiendo ya hablado de amigos y enemigos del Imperio, sólo me quedaba por informarte del único país que trasciende esos términos.

 

«¿Cómo? ¿Acaso Israel no es amigo y, por tanto, colonia del Imperio?» os preguntaréis. Sí, lo es, os respondo yo; pero, como algunos equipos de fútbol, Israel es algo más que eso. De hecho, hay quien opina que es el estado número cincuenta y uno del Imperio.

 

Para quien dude de esta situación privilegiada os contaré una anécdota que me sucedió por aquellas tierras. Fue allá por el año 1998, cuando se celebró el cincuenta aniversario de la fundación del Estado de Israel (¿veis como ando colgado de la Historia?). Para conmemorar el evento había muchos carteles pegados en las paredes de las ciudades, de esos que hacen todos los países para vender el orgullo patrio y que suelen tener como recurso imagenes de nativos muy guapos (como si hasta los feos fueran de otros pueblos). Pues bien, uno de esos carteles era el rostro de una mujer pintado hasta mitad de la nariz con la bandera de Israel y la del Imperio hasta la otra mitad; de igual forma que en España un vasco o un catalán podrían pintarse la mitad con la ikurriña o la señera y la otra mitad en rojo y gualda. (¿O no?).

 

Y para quien dude de las anécdotas y lo que importe sean los hechos, ahí va uno: El Imperio entrega cada año a Israel más de 2.500 millones en ayuda militar.

 

En principio, tanta amistad puede chocar, pero no debería sabiendo como sabemos que Israel es el Estado del pueblo judío y que en el Imperio hay tanto pueblo judío (5, 3 millones de personas) como en el propio Israel (5,6 millones); o sabiendo como sabemos que cualquier ciudadano del Imperio de origen judío puede marcharse a Israel y pedir que le den el nuevo pasaporte en 24 horas.

 

La razón de esa situación anómala es larga y excede el propósito de éstas crónicas pero se podría resumir en una adaptación de un cuento que me contaba mi abuela, doña Isabel Trujillo, cuando yo era pequeño: El de los pecados de Carambolo, que los hacían los padres y los pagaban los hijos.

 

Durante siglos el pueblo judío fue perseguido. España lo expulsó, Francia lo despreció, Rusia lo linchó y Alemania intentó exterminarlo en una de las salvajadas más grandes de la Historia de la Humanidad. Pues bien, los pecados de los europeos los pagaron no los hijos, sino los primos terceros, los palestinos. La Organización de las Naciones Unidas decidió crear en sus tierras un Estado para que el pueblo judío no fuera perseguido más, sumando así disparate sobre barbarie, pues lo lógico, digo yo Máximo Necio, habría sido que los alemanes hubieran pagado el pecado cediendo parte de su territorio para el nuevo Estado.

 

Más allá del miedo a que los alemanes la volvieran a liar si el Estado de Israel les caía tan cerca, el Imperio en decadencia (Gran Bretaña) y el Imperio en auge (el que nos ha tocado) alentaron la decisión de la ONU pues vieron la oportunidad de crear una inmensa base militar en Oriente Medio; territorio que, como dirían los verdaderos cronistas, es de máxima importancia geoestratégica pues allí se concentran las mayores reservas de petróleo del mundo.

 

Lo dicho. Ese interés, unido al ansia del pueblo judío por tener una tierra donde plantar su bandera y cantar sus canciones, llevó a crear el Estado de Israel justo en el lugar donde, desgraciadamente, ya vivía el pueblo palestino.

 

Así que allá por el mil novecientos cuarenta y pico empezó otra colonización, muchas veces a imagen y semejanza de la que hizo el Imperio cuando llegó al Norte de América y de la que ya os he hablado en una crónica anterior. Los nuevos colonos, en este caso las personas judías, pidieron a los nuevos indios, las personas palestinas, las escrituras de propiedad de la tierra. Pero éstas no las tenían, no por no creer en la propiedad privada como les pasaba a los sioux, sino porque se las habían quitado los británicos. Al no poderlas enseñar, las personas judías aprovecharon para sacar unas escrituras antiguas que, además, sostenían eran sagradas. Y ya se sabe a quien Dios se la de, el Imperio se la bendiga.

 

Como les pasó a los indios, las personas palestinas se sintieron perplejas primero, estafadas después, y como aquellos decidieron echarse al monte, al desierto en este caso. Les pasó lo mismo: flechas contra balas o, en este caso, cartuchos de dinamita contra misiles de aviones (suministrados claro por el Imperio.)

 

Pasados muchos años, las personas palestinas andan, como en su día los indios, pidiendo a ver si les dejan una pequeña reserva donde plantar su bandera y cantar sus canciones. Pero, de momento, no parece que les vayan a dar ni para un construir un safari park. A las personas judías la tierra conquistada (o reconquistada) no les parece suficiente y siguen dando bocados aquí y allá a pedazos del territorio donde aún viven las personas palestinas. Lo ideal sería que las personas palestinas se fueran de sus casas sin hacer ruido pero, que se le va a hacer, uno suele tener la manía de querer vivir donde ha nacido y algunos, incluso, tienen la manía de querer vivir en la tierra donde nacieron sus tatatatatarabuelos (¡si lo sabrán las personas judías!).

 

Y sobre todo esto, el Imperio calla y otorga que lejos le quedan aquellas sabias palabras de don Eduardo Gibbon acerca de ese otro Imperio, el de Roma, cuyo ascenso y caída tanto estudió: «Nada hay quizá más contrario a la naturaleza y la razón que imponer obediencia a países lejanos y naciones extranjeras en contra de sus inclinaciones e intereses».

 

Sabéis, querido lector, cuánto me gusta contar (a mi manera como don Franco Sinatra) las noticias de este Imperio y cuán poco dado soy a los juicios personales. Mas, como ya hiciera con la pena de muerte, esta vez no me resisto a dar sino una opinión sí un consejo: La paz la hacen siempre los fuertes, a los débiles no les queda más que firmarla. No es bueno olvidar esta premisa, pues sólo con la paz se puede sobrevivir tranquilamente en la Historia, tan voluble ella en amistades, alianzas, vitales importancias geoestratégicas e Imperios.

 

Con esa reflexión, querido lector, te dejo hasta la semana que viene.

 

Vale

 

PD: Sé lo que estarás pensando, querido lector. «Señor Necio, usted habla de personas judías y habla de personas palestinas pero no habla de personas indias como no habló de personas negras ¿acaso ellos no son personas?» Sí, claro que lo son, querido lector, pero entiende que no quería hacer pesadas estas crónicas con tanta obviedad y entiende también que nadie me iba a acusar de antindio ni de racista por decir las cosas que ellos hacen mal.

Mas pese al engorro de esta crónica, observa que, convertir a todos los pueblos en personas (quitándoles el traje de blancos, negros, elegidos y circunstancias del género) nos permite ver desnudo al ser humano, ese único capaz de cometer todas las barbaridades tan propias de la especie.

Máximo Necio nació en Madrid por accidente, como casi todo en su vida. Estudió humanidades en la Universidad Complutense. Al terminar los estudios buscó la erudición a través de la aventura, sin que hasta el momento haya aprendido más que un par de verdades de andar por casa. Tan escaso conocimiento le permite, sin embargo, cierto filibusterismo cultural y mucha, mucha indignación, aunque es más la de los intransigentes que la de los justos. En corregirlo anda.