Informando a las colonias: Mitos y leyendas XV. Las guerras II

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Querida lectora, dice un refrán popular de nuestra colonia que de perdidos, al río, cuya equivalencia en el Imperio, ya que estamos en ello, no es el famoso From lost, to the river sino In for a dime, in for a dollar. Quiero decir que, si la semana pasada interrumpí ya tus vacaciones con el asunto de la guerra, no voy a dejarlo ahora a medias por más que siga perturbando tu paz de espíritu. Además, seguro que no te las amarga tanto; puestas como lo hago, en perspectiva histórica y como si fueran las de los romanos, las guerras del Imperio parecen las de don Miguel Gila Cuesta: «Oiga, ¿es el enemigo? ¿Que se ponga?

 

Comienzo, no obstante, atendiendo tu súplica de la semana pasada y, aclarado como quedó que el asunto de la guerra es un uso y costumbre de todo imperio, paso ahora a colocarla bajo el epígrafe de Mitos y leyendas, siquiera porque la guerra es una de las tres cosas que hay en la vida, junto con el sexo y el dinero, que más mitos y leyendas genera, ya sea en la propia carne de las víctimas o en la fama de cronistas, escritores y artistas de todo tipo que se ocupan de ella.

 

Como vimos la semana pasada, el Imperio estadounidense nace allá por la II Guerra Mundial aunque, desde entonces y hasta casi finales del siglo XX, tuvo que luchar contra otro Imperio, el de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS). Por una cuestión de estética, déjame observar que, si ya era difícil llegar a ser un Imperio con un nombre tan largo como el de Estados Unidos, era casi imposible serlo con uno tan grandilocuente como el de Unión de Repúblicas, etc, etc…

 

Entrar a contar los mitos y leyendas del Imperio soviético no vendría a cuento aquí, baste simplemente con señalar que la principal diferencia con el estadounidense estaba en su religión, el Comunismo. El desaparecido disidente cubano don Reinaldo Arenas, exiliado en Nueva York y, por tanto, buen conocedor de ambas religiones, estableció en su día que la única diferencia entre ellas estribaba en que, dándote las dos una patada en el culo, el Capitalismo te permite gritar y el Comunismo, no. Eso es lo que se conoce habitualmente como libertad de expresión.

 

El caso es que, en su intento por repartirse el mundo, ambos Imperios libraron guerras de dominio aunque, astutamente, no en sus territorios, asustados como estaban de aniquilarse mutuamente con sus bombas nucleares.

 

Así pues, la primera guerra de religiones la libraron los pobres coreanos, los del Norte contra los del Sur. Para cuando empezó el conflicto, en 1950, Corea ya estaba dividida por los Imperios: el Norte comunista, el Sur capitalista. Para cuando terminó, en 1953, todo quedó igual; si bien por delante se llevaron dos millones y medio de civiles muertos o heridos, otros dos millones de refugiados y cinco millones de desamparados. Los chinos, que se metieron a la cruzada defendiendo la bandera roja del comunismo, tuvieron medio millón de bajas mientras EEUU tuvo cincuenta y cuatro mil.

 

Después de la guerra, las coreanos siguieron su evolución, los del Sur gritando cuando les daban una patada en el culo y los del Norte callando. El problema de los norcoreanos es que les dieron tantas patadas y callaron tanto que, ahora, se han convertido en «uno de los epicentros de la estupidez humana», como bien dijo mi maestro de hedonismo asiático don Josep Bosch.

 

A la guerra de Corea, le siguió otra igual, que comenzó en 1956, pero que duró diecinueve años, la de Vietnam. En ella, quizá más que en ninguna otra, el Imperio perpetró lo que en otros conflictos se llaman crímenes contra la humanidad. Por ejemplo, atacó regiones enteras con productos químicos como el Napalm, que abrasaba la selva, el cuerpo de los niños, el de los hombres, las mujeres… o como el agente naranja, con el que fumigó el 12% de la superfice de Vietnam provocando malformaciones, cánceres y enfermedades pulmonares y cardíacas a unos cuatro millones de personas. También usó el fósforo blanco, las minas antipersonas, el lanzallamas y, en fin, todo aquello susceptible de hacer mucho daño indiscriminadamente.

 

Aunque por mucho menos se ha colgado a dictadores recientemente, a los autores de tales desmanes del Imperio los juzgará la Historia porque lo bueno que tiene ser Imperio es que nadie más te puede juzgar. Es lo que se conoce habitualmente como impunidad.

 

Lo dicho, la guerra de Vietnam fue lo mismo que la de Corea, el Norte comunista contra el Sur capitalista salvo que al final, en ésta, los vietnamitas terminaron unificados; primero, bajo el comunismo puro, ahora bajo el comunismo capitalista, que viene a ser el sincretismo de ambas religiones.

 

Las guerras de religión entre los dos Imperios no respetaron continente y se dieron, por ejemplo en África, como la guerra de Ángola, aunque otras veces no tomaron el carácter de un conflicto bélico, sino que se libraron en forma de dictaduras, revoluciones y golpes de Estado o estuvieron mezcladas con las guerras de expolio.

 

Allá por el 1989, el Imperio soviético desapareció; no porque ganara el estadounidense, sino porque le ocurrió lo mismo que a María Sarmiento, se lo llevó el viento. El comunismo soviético se desmoronó, dando paso al, ya citado, comunismo capitalista que, de momento es menos beligerante; aunque como bien ha observado mi buena amiga doña María Lozano, «recoge lo peor de los dos mundos». Es decir, unas veces por el comunismo, otras por el capitalismo, tienes el culo lleno de patadas y no te puedes quejar de ninguna.

 

El pueblo elegido de esta nueva religión es el de China, a la que muchos consideran el próximo Imperio. (Sinceramente, querida lectora, este Necio espera no escribir las crónicas de tal Imperio. No porque piense que fuera peor que el estadounidense, que probablemente lo sería siquiera porque la capacidad de degradación del ser humano es constante e infinita, sino porque para llegar a él es probable que antes el mundo occidental tenga que desaparecer llevado por el viento o, peor aún, por alguna guerra de proporciones descomunales)< /p>

 

Con esta reflexión tan alegre, te dejo disfrutando lo que te queda de vacaciones, querida lectora, prometiéndote que en la próxima crónica continuaré con este fascinante asunto de las guerras. Hasta la semana que viene.

 

Vale

Máximo Necio nació en Madrid por accidente, como casi todo en su vida. Estudió humanidades en la Universidad Complutense. Al terminar los estudios buscó la erudición a través de la aventura, sin que hasta el momento haya aprendido más que un par de verdades de andar por casa. Tan escaso conocimiento le permite, sin embargo, cierto filibusterismo cultural y mucha, mucha indignación, aunque es más la de los intransigentes que la de los justos. En corregirlo anda.