Informando a las colonias: Mitos y leyendas XVI. Las guerras III

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Querida lectora, te escribo a principios de septiembre y aún en el hemisferio norte las olas de calor se suceden como si fueran las del mar, extendiendo los veranos a los que estábamos acostumbrados en los últimos dos milenios. No; no creas que esta la tan deseada crónica meteorológica del Imperio. Es, simplemente, que en estos tiempos de cambio climático, yo me pregunto si no se equivocaran los científicos y, en lugar de las emisiones de dioxido de carbono, son las bombas de tantas guerras las que suben las temperaturas de los termómetros.

 

Como ves, encarrillada está la crónica hacia el asunto que andamos examinando en las últimas semanas, mas antes de continuar con las dichosas guerras, dejame hacerte una aclaración político climática. El calentamiento global no debe confundirse, en ningún caso, con el caldeamiento del ambiente, fenómeno que un determinado tipo de políticos práctica no sólo en nuestra colonia sino en el Imperio. Los reconoceréis porque normalmente se indignan por las cuestiones menos indignas pero no se ofenden por las más indicentes, antes al contrario, las apoyan, como hicieron con las guerras de expolio que el Imperio sostiene desde hace tiempo.

 

Hablo de guerras de expolio aunque no sé si sería más correcto hablar de guerra en singular, como si fuera una misma librada en diferentes batallas, igual que hizo nuestra colonia cuando fue Imperio y, aquí y allá, saqueó el oro que nacía en las Indias honrado, a decir de nuestro cronista de cabecera, don Franscio de Quevedo y Villegas.

 

Igual de honrado, aunque más sucio, nace el petróleo en Oriente Próximo. Llega a morir en Estados Unidos y es en el aire de todos enterrado, cuando no en los mares; aunque éste de los mares nace, más cerca, a los pies mismos del Imperio.

 

Como ya te conté en una de las primeras crónicas, Petróleo es un dios adorado en el Imperio y, en su nombre, éste ha disputado la madre de todas las batallas, calificativo nada exagerado siendo como es el crudo, la sangre de nuestro pregreso.

 

Los países dónde más se han dado esas batallas son Afganistán, Irán e Irak, aunque cada uno a su manera. En Irán, por ejemplo, no se libró en un conflicto bélico al uso, sino a través de un golpe de Estado en la década de los cincuenta, justo cuando su primer gobierno democrático iba a nacionalizar el petróleo. El Imperio consiguió abortar la democracia y el oro negro le perteneció durante años. Luego, el país fue pasando de dictadura en dictadura y Estados Unidos dejó de recibir el crudo. En Afganistán, el expolio se mezcló con otros asuntos complejos, como la guerra de dominio que mantuvo en su día con el Imperio soviético o la que sostiene, ahora, en la mal llamada guerra contra el terrorismo.

 

El caso de Irak, sin embargo, es ejemplar. Cuando en 1991, su dictador Sadam Hussein invadió Kuwait el país cayó en la desgracia más absoluta. La invasión ponía en peligro las exportaciones de petróleo en la región tal y como las había diseñado el anterior Imperio, el británico.

 

La reacción fue inmediata y tanto el Imperio como sus colonias amigas se pusieron en marcha para restablecer el orden más conveniente. Bastó un mes, pero Irak ya no levantó cabeza. Cada vez que un emperador tenía elecciones o problemas con una becaria, lo bombardeaba. ¡Como si los iraquíes fueran culpables de las mamadas imperiales!

 

Después, en el año 2000, sucedió una acontecimiento político religioso de primer orden. Los sumos sacedotes del Petróleo llegaron al poder en el Imperio e Irak fue su bacanal. Siguiendo el poema ya citado de don Francisco de Quevedo, el emperador dijo: «Madre, yo al crudo me humillo. Que pues crudo o refinado, hace todo cuanto quiero, poderoso caballero soy yo, el petrolero».

 

A esa bacanal nuestra colonia fue arrastrada a la fuerza por su Gobierno, sacándola del rincón de la Historia, en el que se encontraba durmiendo muy a gusto, para colocarla en medio de la mismísima cloaca; dando paso así, después, a uno de los capítulos más tristes de nuestro pasado reciente.

 

Mas como las guerras de expolio son feas, la de Irak hubo que adornarla con pretextos: Que si hay armas de destrucción masiva, que si vamos a llevar allí la democracia, que si Sadam está detrás del terrorismo en todo el mundo, que si ese tío no insulta a mi padre. A día de hoy, la única excusa que se ha cumplido es la de que ese tío no insultaba a su padre.

 

Todavía hoy en la actualidad algunos cuestionan que la guerra de Irak fue para expoliar su petróleo. Son los mismos, claro, que echan la culpa del calentamiento global a las manchas solares o las ventosidades de las vacas. Son… los conglomerados petroleros, claro.

 

En estos días, esos negacionistas han visto la luz. Ssostienen que el Imperio no hizo la guerra por el petróleo porque las compañías estadounidenses no han sido las más beneficiadas en las subastas del Gobierno de Irak. Se les olvida añadir un dato, el Imperio no ha ganado la guerra. Tuvo alguna victoria sí; pero no ha vencido la madre de todas las batallas y, por tanto, tampoco ha conseguido la madre del cordero, la llamada Ley del petróleo que Washington pretendió imponer durante años a Bagdad para dejar el crudo iraquí en manos de sus petroleras.

 

Dirás, querida lectora: «Pero Necio, antes has hablado de la mal llamada guerra contra el terrorismo. No te irás a despedir sin hablar de esa guerra». ¡Ay! A veces eres tú la que te empeñas en hacer estás crónicas demasiado serias.

 

Dejame que te aclare que no hablaré de ella pues tal guerra no existe. O es guerra o es terrorismo. Si lo primero, los terroristas son combatientes y andan ahí, los unos y los otros, matándose entre ellos y matando civiles por todas partes. Si lo segundo, entonces no se les combate invadiendo países, sino con la Justicia y todos sus mecanismos, que no son pocos.

 

Doy por cerrado este capítulo de las guerras. Espero, aunque no te lo prometo, tocar la semana que viene  asuntos menos grave, siquiera para alegrar el trauma posvacacional.

 

Vale

Máximo Necio nació en Madrid por accidente, como casi todo en su vida. Estudió humanidades en la Universidad Complutense. Al terminar los estudios buscó la erudición a través de la aventura, sin que hasta el momento haya aprendido más que un par de verdades de andar por casa. Tan escaso conocimiento le permite, sin embargo, cierto filibusterismo cultural y mucha, mucha indignación, aunque es más la de los intransigentes que la de los justos. En corregirlo anda.