Informando a las colonias. Mitos y leyendas XVII. Los pobres I

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Querida lectora, imagino tu sonrisa, asombrada e irónica, al leer el título de esta crónica. «Este Necio, ¡qué cosas tiene! ¿Cómo va a haber pobres en el Imperio? Eso sí que es un mito y una leyenda. Y, encima promete más de una noticia sobre el asunto. En verdad, que es un tipo gracioso porque…. A ver, ¿dónde están los cronistas contando sus vidas? ¿Dónde los periódicos hablando de su existencia? ¿Acaso no leemos a diario cómo éste y aquél prosperaron? Y ¿las mansiones de lujo? ¿Acaso no hay que inventar problemas para desesperar a las mujeres que las habitan? ¿Acaso el Capitalismo no hace feliz a todo el mundo en el Imperio? Más aún, ¿cómo va a haber pobres? Si hubiera uno sólo, Hollywood nos habría contado ya cómo personas, acomodadas y concienciadas, lo encontraron, lo cuidaron, denunciaron su existencia y, ahora, él también es rico».

 

Me abrumas con tantas preguntas, Cicerona mía, mas tu pasmo fue el mío cuando el otro día, entremedias de grandes reportajes sobre los yates de Los Hamptons, los aviones privados de Wall Street, las tiendas de lujo en la Quinta Avenida de Nueva York y la tormenta del día anterior en esa ciudad, hallé una noticia que decía: La pobreza en el Imperio ha alcanzado su cota máxima desde 1994.

 

Al principio pensé que se habían equivocado, que era un error tipográfico y donde ponía pobreza quería decir riqueza. Mas luego, intentando emular el prurito de los grandes cronistas modernos norteamericanos, esos tan rigurosos sobre los yates de Los Hamptons, me puse a investigar y hete aquí que, según el último Censo de Estados Unidos, en el país hay casi cuarenta y cuatro millones de pobres. Dicho de otro modo, dentro del Imperio hay cuatro Cubas o cinco Haitís.

 

No me mal interpretes la comparación. Ya sabemos que en Cuba y Haití todos son pobres mientras en el Imperio sólo padece la miseria el 15% de la población, según descubrí en mis indagaciones. (También deberías admitir tú que al desvalido le dan igual las estadísticas. Para él, lo mismo es mal comer en un lado que en otro. A menos que atribuyas a simple mala fe la indiferencia de los pobres hacia las estadísticas. Que podría ser.)

 

Oigo de nuevo tu queja, querida lectora. «Necio, eres un manipulador. Los baremos de pobreza son distintos en el Imperio y en Haití. En Estados Unidos los menesterosos son los que ganan menos de 10.830 dólares al año, es decir, tienen 29 dólares y 67 céntimos diarios para gastar mientras los desamparados de Haití sólo tienen dos dólares diarios. Es más, no cuentas que en Francia la pobreza también alcanza a un 14% de la población, que vive de forma parecida al Imperio, con menos de 28 euros al día.»

 

Acalla tu protesta y déja que me explique. Primero, en la comparación con Haití la cuestión de los números es un poco engañosa. El mero hecho de que para ser pobre en el Imperio haya que ganar menos de treinta dólares diarios no quiere decir que todos los pobres imperiales ganen ese dinero. Además, para una familia de cuatro, el umbral de pobreza es de 22.050 dólares, es decir, cinco dólares por persona, acercándonos ya más a Haití.

 

Segundo, en el caso de Francia estás comparando todo un señor Imperio con una colonia. Que el mismo número de personas viva igual de mal en aquél que en ésta es más motivo de vergüenza para el primero que para la segunda. Sobre todo cuando Estados Unidos alardea de ser el paraíso terrenal. Además, recuerda, hablamos de Francia, una colonia un atrasada en la que, hasta hace apenas un par de años, las personas sólo trabajaban treinta y cinco horas diarias y tenían un mes de vacaciones. No como en el Imperio, que están todo el día trabajando.

 

Aún hay más. Si bien es cierto que en Francia y Estados Unidos las cifras de pobreza son similares, la estadística no tiene en cuenta que en esa atrasada colonia europea la sanidad es universal y gratuita, incluso para los necesitados, mientras en el desarrollado Imperio ésta está condicionada. Lo dice bien claro la ley de los programas médicos públicos: la miseria por sí sola no califica para recibir asistencia médica estatal. Además de pobre, hay que estar jodido; con perdón, querida lectora.

 

Quiero decir que, además de no tener nada, hay que ser anciano, menor de edad, discapacitado o cualquier otra agravante del estado de indigencia. Dicho de otra forma, si un pobre imperial sano quiere tener un seguro de cobertura igual al de un pobre colonial francés debería pagarse un seguro médico y, al precio que están aquí, créeme si te digo que los 29 dólares diarios quedarían a la altura de los dos de Haití. Cincuenta y un millones de personas no tienen cobertura médica en el Imperio. Casi cinco Cubas, casi cinco Haitís.

 

Ya sé que estoy siendo demasiado irónico y, quizá, tanto sarcasmo te empieza a exasperar. Acabo con él, reconociendo que mi manipulación era otra. La gran diferencia con Cuba no está en los porcentajes ni en las cifras. La gran diferencia está en que los pobres cubanos lo son por imposición de su Gobierno y en el Imperio lo son por decisión propia. Unos porque nacen en la pobreza y les gusta quedarse en ella y otros porque, en realidad, son unos vagos de tomo y lomo. Al menos, esas son las razones que dan tanto los ricos del Imperio como los sumos sacerdotes del Capitalismo, quienes a menudo son los mismos y, sin duda, son autoridad en la materia al ser los que más saben de penalidades… Y de hacerse ricos.

 

Como es una elección voluntaria, lo que en otros países está visto como una lacra aquí es interpretado como parte de la libertad individual y, por tanto, de la riqueza del país. De ahí, precisamente, que al principio de esta crónica te encontraras un tanto perpleja. Mas, visto así, en efecto, hasta los pobres son ricos en el Imperio.

 

Como comprenderás, querida lectora, ahora que hemos puesto a los miserables en su sitio, cuarenta y cuatro millones de pobres por voluntad propia dan para más de una crónica, así que la semana que viene te contaré cómo los emperadores han hecho para que los pobres que lo deseen sigan siéndolo y, también, cómo el trabajo y la libertad permiten llegar a ser rico a cualquier vagabundo que lo intente. Hasta entonces, buena semana.

 

Vale

Máximo Necio nació en Madrid por accidente, como casi todo en su vida. Estudió humanidades en la Universidad Complutense. Al terminar los estudios buscó la erudición a través de la aventura, sin que hasta el momento haya aprendido más que un par de verdades de andar por casa. Tan escaso conocimiento le permite, sin embargo, cierto filibusterismo cultural y mucha, mucha indignación, aunque es más la de los intransigentes que la de los justos. En corregirlo anda.