Informando a las colonias: Usos y costumbres V

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Querido lector, entro hoy en materia sin más tardanza, pues la tarea que tengo por delante es ingente y el tiempo escaso. Tal nos ocurre a menudo a los mortales y así estamos, como Sísifo, dando vueltas todo el rato y arrastrando la piedra de nuestra vida sin llegar a comprender nunca la razón de nuestra existencia. Menos ahora que el cielo no existe, según los científicos, y el infierno tampoco, según los Papas, habiendo perdido así, por conocimiento y decreto, la eternidad tan necesaria para descubrir el motivo de nuestro ser. Ya lo dijeron don Píndaro y don Alberto Camus: “No te afanes, alma mía, en una vida inmortal, mejor apura el mundo de lo posible.” O en palabras de nuestra sabiduría popular: «El muerto al hoyo y el vivo al bollo».

 

Eso mismo deben pensar los habitantes del Imperio cuando se toman un medicamento después de haber visto el pliego de descargo preventivo que las empresas farmacéuticas hacen para anunciarlo. Recientemente observé en televisión el reclamo de una medicina contra el dolor de cabeza. Del minuto que duraba, quince segundos los dedicaron a supuestas bondades y cuarenta y cinco a posibles contraindicaciones. Cuando iban por los mareos y los vómitos pensé si alguien en su sano juicio la tomaría mas, cuando llegaron a avisar de las eventuales paradas renales, respiratorias y cardiacas, llegué a la conclusión de que al menos tendría un buen uso para el suicidio.

 

Es éste, digo el del pliego de descargo preventivo, un uso y costumbre extendido en el Imperio. Yo diría que se basa en esa doctrina tan poco edificante de “quien avisa no es traidor” y su origen se remonta a la proliferación de abogados en todos los bandos, los de quienes reclaman y los de quienes son reclamados: “Dime de que no me has avisado y te demando”. Está bien poner coto a tantos desmanes de las corporaciones, empero a veces los juicios por estas cuestiones se van de las manos y así hay quien ha ganado pleitos porque el café estaba demasiado caliente y se abrasó la boca. Una cosa lleva a la otra y también se van de las manos las advertencias, como la que reza en las lavadoras del sótano de mi edificio: “No ponga a una persona en esta lavadora”. Palabra.

 

Sí, querido lector, ese es otro uso en la capital económica del Imperio, el de tener lavadoras comunales en los sótanos de los rascacielos y, en el mejor de los casos, en la misma planta. Suena extraño en países desarrollados como nuestras colonias y más aún por las situaciones que produce en el ascensor como cuando uno sale vestido de punta en blanco para asistir a una cena y algún vecino (o vecina) baja en chancletas con su carrito lleno de camisetas y otras prendas cuya sucia intimidad queda expuesta públicamente.

 

No sé a ciencia cierta cuál es el origen de tan atrasada costumbre, aunque parece atinado pensar que tiene que ver con el poder de las empresas de lavandería, extendidas por toda la ciudad. Si bien, quizá se deba también al citado pliego de descargo y el miedo a que las personas, en la república bananera de sus casas, se metan o metan a otras en las lavadoras. (¡Si al menos lo hicieran por razones ecológicas!)

 

Es este un uso, no obstante, que tiende a desaparecer en Nueva York pues en medio de esta crisis empieza a ser un buen reclamo, aún con pliego de descargo, para atraer inquilinos a los edificios recién construidos.

 

Sigo con otra costumbre, querido lector, pero no me aparto del todo de los electrodomésticos, fuente para conocer no sólo las intimidades de las casas sino también las políticas generales del Imperio. Lo digo porque los Estados Unidos de América es un país curioso donde tanto en las casas como las oficinas, los grandes almacenes, los cines, los trenes, metros y autobuses hace más frío en verano que en inverno y más calor en invierno que en verano. Me explico. Si todos esos lugares en invierno están a unos sofocantes veintiséis grados, en verano lo están en unos fresquitos dieciocho y así las personas van en los interiores con manga corta entre noviembre y abril y sudadera entre junio y septiembre. Nada que objetar que, como dijo don Joan Manuel Serrat, “cada uno baja las escaleras como quiere”, sino fuera porque tan disparatado pulso a las estaciones crea unas necesidades energéticas de tal calibre que luego pasa lo que pasa y ya sabéis a lo que me refiero. Quiero decir, que los usos y costumbres nos llevan a los mitos y leyendas.

 

En cambio, hay otra costumbre en Nueva York que me ha llamado la atención por lo agradable. Dado como es el Imperio a la publicidad, a la venta y al consumo, su capital económica y cultural actúa en consecuencia y convierte los escaparates de sus tiendas en auténticas obras de arte contemporáneo. Es un gusto ir por las calles de la ciudad y sorprenderse a cada instante por el cuidado puesto en los detalles. Uno se siente respetado como posible consumidor y no como ocurre en nuestra colonia, donde los escaparates están más rancios que un jamón de quince años y los maniquíes más aburridos y manoseados que un programa del corazón.

 

Termino de momento estas crónicas sobre usos y costumbres no sin dejar de mencionar otro más. Me ha llamado la atención que apenas existen señales de tráfico, pues han sido sustituidas por continuos carteles con textos en inglés del tipo: “The left line ends in 1.500 ft” (El carril izquierdo se acaba en quinientos metros). La costumbre plantea dos problemas, uno para los nacionales, pues es difícil leer los carteles cuando se juntan dos o tres seguidos, y otro para los extranjeros pues, si no entienden el idioma, no se enteran de cuándo no se puede adelantar, cuándo acaba el carril izquierdo o cuándo puede hacerse un cambio de sentido, con los peligros que tal ignorancia conlleva y que no necesitan mayor explicación.

 

Te dejo tranquilo, querido lector, hasta la próxima semana, disfrutando de tus señales de tráfico internacionales, tus escaparates aburridos, la lavadora de tu casa y una vida libre de avisos. Yo prometo daros una sorpresa la semana que viene.

 

Vale

 

Pliego de descargo: Estás crónicas pueden herir su sensibilidad, producir enojos, enrojecimientos, accesos de ira o hilaridad convulsiva, que pueden terminar en asfixia. Por favor, consulte su estado de ánimo antes de leerlas y, en caso de duda, consulte con su tertuliano de cabecera.

Máximo Necio nació en Madrid por accidente, como casi todo en su vida. Estudió humanidades en la Universidad Complutense. Al terminar los estudios buscó la erudición a través de la aventura, sin que hasta el momento haya aprendido más que un par de verdades de andar por casa. Tan escaso conocimiento le permite, sin embargo, cierto filibusterismo cultural y mucha, mucha indignación, aunque es más la de los intransigentes que la de los justos. En corregirlo anda.