Informando a las colonias: Usos y costumbres VI. Los deportes

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Querido lector, acaba de comenzar un acontecimiento de proporciones descomunales más que mundiales y mi ilusión de que tan siquiera tu leas estas columna es vana. No voy a reprender tu actitud. Loco sería yo enfrentado al mundo y ya, en una ocasión, os recordé aquellas palabras de don Baltasar Gracián, «mejor loco con todos que cuerdo a solas».

 

Sea, disfruta del partido de fútbol de tu selección, de tus colores, de esas pasiones que yo soy incapaz de sentir, con gran pesar por mi parte porque a buen seguro estoy perdiéndome algo importante en esta vida. Por ejemplo, esa suerte que tienes de poder dejar todas tus tareas, sean las del trabajo en la oficina, sean las de tu casa, sea el tiempo para estar con tu dueña o con tus hijos, sea el de lectura o el de cultivarte en el arte, la ciencia y la música. Te admiro, con lo difícil que es lograr el tiempo para todas estas cosas, lo fácil que lo encuentras para tu pasión.

 

Tan convencido estoy de que mi crónica es hoy un brindis al sol, un suspiro contra un tornado, una lágrima en una tormenta, que he estado por no hacerla. Es inútil luchar contra los elementos como dijo aquel emperador de nuestra colonia, don Felipe II.

 

Si finalmente he decidido escribirla sobre los deportes del Imperio no es por un desesperado intento de que me leas, querido lector. Tampoco es un acto de venganza, hablando de tan importante asunto para tomarte a contrapié. Más abajo, al final de la crónica, entenderás por qué la he escrito.

 

Dejame aclararte antes de nada que, aunque te parezca increíble y tal día como hoy más increíble, el Imperio tiene sus propios deportes porque aquí el fútbol, ni fu ni fa; lo siguen sólo los emigrantes, sobre todo si son hispanos, pero no los romanos. Para que te hagas una idea de su indiferencia, los estadounidenses miran los Mundiales como el pirata de don José Ignacio Javier Oriol Encarnación de Espronceda y Delgado miraba los continentes: «Allá muevan feroz guerra/ ciegos reyes/ por un palmo más de tierra/ que yo tengo aquí por mío».

 

Dicen las malas lenguas que, en verdad, en verdad, a los ciudadanos del Imperio no les gusta el fútbol porque no tienen asegurado el ganar a las colonias y hacen así un poco como la zorra de las uvas.

 

De ser cierto que sólo juegan a lo que pueden ganar, habríamos encontrado la razón de por qué uno de los grandes deportes del Imperio es el béisbol. Fijaos que sólo ellos y unos pocos amigos de Canadá, a los que siempre dan una paliza, juegan las Series Mundiales. Y luego claro se les llena la boca de decir que son los campeones del mundo; una actitud que recuerda mucho a cuando en nuestra colonia se afirma que tenemos las plazas de toros más grande del planeta. ¡Faltaría más!

 

Si el fútbol en su esencia es pegarle patadas a un balón e introducirlo en una portería; el béisbol es básicamente un deporte que consiste en acertar a dar una pelota con un palo. Con tal que la golpees fuerte y la mandes muy lejos, donde nadie pueda cogerla, ganas. Luego hay más reglas, claro, pero la esencia es esa. Palabra.

 

Ya sé, ya sé, querido lector, lo que me dirías si estuvieras leyendo esta crónica. «Hombre, Necio seguro que no es tan simple. Estará el espíritu, el sentimiento, la pasión. Mira, por ejemplo, todos los libros y periódicos que se escriben sobre el fútbol todos los días.» No veas retintín en mis palabras. Como os he dicho, sé que me pierdo algo en esta vida y que las pasiones no son tan básicas. Tomad mis palabras tan sólo como lo que son, las de un ignorante. Mucho ha de haber detrás del fútbol y el béisbol para filosofar tanto sobre el asunto. Ocurre un poco como con Dios que, aunque todos sabemos que no existe, se escribe mucho de él.

 

Sí, sí, sí; si me estuvieras leyendo ahora estarías irritado. «¿Cómo que todos sabemos que Dios no existe?» Mas, si me estuvieras leyendo, yo te respondería: Es cierto y tu lo sabes. De hecho es necesario saber que no existe para tener fe, como manda la religión. ¡Ah! Qué fácil sería creer si no, diciendo: «Mira, estas son las pruebas científicas de que existe. No, querido lector, Dios no existe; otra cosa es que tu creas en él.

 

Pero no me quería desviar del tema. La tesis de que el Imperio no quiere jugar al fútbol porque no tiene asegurado ganar se apoya con otros deportes que, al igual que el béisbol, sólo juegan ellos para tener asegurada la victoria. Por ejemplo el fútbol americano.

 

Este deporte, que consiste en llevar un balón con las manos o a patadas hasta un determinado punto, es realmente un deporte de Imperios, porque lo juegan más titanes que seres humanos. Algunos jugadores están entre los más grandes ejemplares de la especie humana, como los elefantes lo son de la animal. Llegan a alcanzar los 150 kilos de peso y los dos metros de altura. Y no creáis que ésto es baladí, pues aquí se le da mucha importancia a tal hecho.

 

Mas, creeme, sería injusto decir que el Imperio participa sólo en deportes en los que puede ganar. Ahí están jugando al hockey sobre hielo a pesar de las palizas que les da Canadá, Rusia y la República Checa. Y también sería injusto no reconocer los deportes que juegan y ganan, especialmente el baloncesto y el atletismo, aunque de estos poco tengo que contarte que tu no sepas mejor que yo.

 

Hay más deportes y, claro, hay grandes acontecimientos que giran alrededor de ellos y de los que no he hablado. Se podrían escribir decenas de libros. Así pues no descarto escribir alguna otra crónica. Una que en verdad sea para ti, querido lector, y no como ésta que (y aquí revelo el motivo de por qué la he escrito) es para ti, querida lectora, pues tu siempre tienes ese tiempo para el trabajo en la oficina y la casa, para tu marido, para los niños, para la lectura, para la música, para cultivarte y para cuidarte. Ya sé yo que si me has leído a pesar de interesarte poco los deportes en general, lo has hecho por esa curiosidad tan tuya de saber cómo son los otros. Como dice don San José Saramago, por fuerza habéis de saber más que los hombres, pues lleváis siglos calladas y escuchando.

 

Detengo aquí mi prosa, aconsejándote paciencia en estos días. La hemos de tener todos, querida lectora. Puedes intentar entender esa pasión, e incluso compartirla, o esperar a qué pase el Mundial. Poco más puedes hacer pues basta escuchar las sabias palabras de don Ramón Lobo para darte una idea de la magnitud que tiene el fútbol: «Se han dado casos de personas que se han cambiado de religión, pero no se conoce ninguno de personas que hayan cambiado de equipo».

 

Miralo por el lado bueno. Habrá menos crispación política.

 

Vale

Máximo Necio nació en Madrid por accidente, como casi todo en su vida. Estudió humanidades en la Universidad Complutense. Al terminar los estudios buscó la erudición a través de la aventura, sin que hasta el momento haya aprendido más que un par de verdades de andar por casa. Tan escaso conocimiento le permite, sin embargo, cierto filibusterismo cultural y mucha, mucha indignación, aunque es más la de los intransigentes que la de los justos. En corregirlo anda.