Informando a las colonias: Usos y costumbres VII. Los inventos

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Querida lectora, sigue el Mundial de Sudáfrica y sigo dirigiéndome sólo a ti, pues ya sabemos que él anda enfrascado en los partidos y cualquier intento de distraer su atención es inútil. Lego como soy en este arte del escribir para la Historia, voy aprendido poco a poco que el cronista ha de respetar los tiempos, ya sean éstos los del año, ya los tuyos, ya los suyos propios, digo los míos. Escribir hoy, como había pensado, acerca de un asunto serio (por ejemplo unos Mitos y leyendas sobre los nuevos esclavos del Imperio, los emigrantes) sería temerario por mi parte teniendo en cuenta como están las cabezas, unas en el fútbol, otras en las vacaciones. Por ese motivo, he elegido escribir esta crónica sobre algo más ameno, inocuo y acorde con nuestro estado: Los inventos.

 

La naturaleza pragmática del Imperio, de la que os he hablado en otras ocasiones, lo convierte en un pueblo de grandes inventores. De hecho, cuando se habla de este asunto a todos nos viene de inmediato a la cabeza el nombre de un portento: don Tomás Alva Edison, que patentó la bombilla eléctrica, el gramófono y otros mil hallazgos más (no es exageración es lo que cuentan las enciclopedias) por cuyos derechos de propiedad intelectual peleó con uñas y dientes. Edison combinó así el saber con el primer mandamiento del Imperio, la propiedad privada, dejando sentadas las bases para las futuras sociedades generales de autores, que deberían tener su busto en la entrada de sus sedes.

 

De la importancia de la bombilla incandescente no es necesario que os hable, más si convendría recordar que fue el señor Edison (junto con varios científicos más) quien ayudó a encauzar la electricidad. Digo esto porque nuestras generaciones ven ciertos inventos de última hora (de los que hablaré en otra crónica) como los más importantes de la Historia de la humanidad sin darse cuenta que estos modernos no existirían sin esos antiguos. Es ésta cuestión, la de primar los inventos de nuestros contemporáneos sobre lo de nuestros antepasados, una muy humana y, por tanto, muy engañosa, pues nos hace vernos mejores aún cuando, en todo caso, somos iguales.

 

Además, de la bombilla y el gramófono, el tercer gran invento del Imperio que me viene a la cabeza es el pararrayos de don Benjamín Franklin. Sí, querida lectora, a mi también me parece curioso que sea éste y no otro el que tan rápido llega a mi memoria. No porque ponga en duda su utilidad, a pesar de que no pase año en Nueva York sin que haya uno o dos muertos por un rayo. Tampoco porque se recuerde mejor a don Benjamín Franklin por su invento que a don Manuel Jalón Corominas por la fregona. No; lo que llama la atención son los planes de estudios que teníamos en nuestra colonia que nos hacían aprender de memoria todos los inventores del Imperio.

 

«Pero, Necio. La fregona no la inventó el señor Corominas sino el estadounidense Eddy Key, al que tampoco se recuerda mucho», me dirás, querida lectora, con el conocimiento de estas cuestiones que sueles tener, más por imposición machista que por deseo propio. Es cierto, has razón; mas mira que el señor Key inventó en verdad la mopa con un escurridor de rodillos; es decir, lo suyo fue un invento frustrado pues dar vueltas a una manivela para secar el agua de las bayetas da mucho quehacer. Corominas, en cambio, diseñó el cubo con escurridor incorporado, catapultando así las posibilidades de la mopa hasta convertirla en la actual fregona que, por su comodidad, es el verdadero invento.

 

Y para que entiendas mejor porque unos son colonias y otros son imperios, has de saber que mientras en la nuestra se cita con papanatismo a Franklin como inventor del pararrayos, en el Imperio no sólo no se haba de Corominas sino que, incluso, no se pueden comprar sus cubos en toda la ciudad de Nueva York. Palabra. Lo he podido bien comprobar. Y no es por soberbia, sino por indiferencia. Bueno por eso y porque aquí lo de fregar el suelo se lleva poco.

 

Siguiendo las enseñanzas que nos dieron en la escuela, el siguiente gran invento del Imperio es el de los hermanos Orville y Wilbur Wright, digo el aeroplano. Mira la que armaron. Vivimos en un mundo en el que desafiar la ley de la gravedad se ha hecho algo tan común que, como bien me hizo notar doña Patricia Florentina Almarcegui Elduayen, basta que la nube de ceniza de un volcán impida el vuelo de los aviones para que se convierta en un acontecimiento extraordinario lo que durante toda la Historia de la humanidad ha sido exactamente lo ordinario: tener los pies en el suelo y no estar dando vueltas por los aires.

 

Claro que éste del avión no es siempre un invento bien ponderado. Hay legiones de personas que hubieran preferido que el tal aparato no existiera y poder seguir viajando en tren y en barco para evitar miedos cervales e, incluso, más espiritualmente, para dar tiempo a nuestra alma a adecuarse al propio tiempo.

 

Cuán lejos quedan aquellas palabras de doña Margarita Duras: «Durante siglos, los buques hicieron que los viajes fueran más lentos (…) La duración del viaje cubría la extensión de la distancia de manera natural. Se estaba acostumbrado a esas lentas velocidades humanas por tierra y por mar, a esos retrasos, a esas esperas del viento, las escampadas, los naufragios, el sol, la muerte…»

 

Y no como ahora, querida lectora, pues como bien vino a observar don Julio Cortozar, el llamado jet-lag de los aviones es lo que tarda en reunirse el alma con el cuerpo: «Cuando viajás a Europa, el alma tarda cerca de tres días en llegar allá».

 

Si no me fueras a acusar de estar en contra del progreso, yo me atrevería a decir que el avión es un invento diabólico pues, si los cálculos de don Julio Cortazar están bien, toda esa gente que se pasa el día volando de un lado para otro en los aviones (y tu sabes mejor que yo quienes son: políticos, diplomáticos, empresarios y cronistas) hace tiempo que perdió el alma. Me explico. Si ésta tarda tres días en llegar, quien dice de Buenos Aires a Madrid dice de Bruselas a Nueva York, y uno pasa tan sólo un día en la capital del Imperio antes de volar de nuevo a Bruselas o París o a Londres, el alma nunca llegará a reunirse con el cuerpo porque perdió la conexión en el primer transbordo. Y lo peor de todo es que esa gente que se pasa el día en los aviones no sabe ni dónde la perdió. ¡Ese es nuestro infierno!

 

Detengo aquí mis necedades por esta semana, querida lectora, que juraría hoy han sido muchas, una detrás de otra. Sé que los inventos de este Imperio son muchos y algunos son los que ahora están de moda. Por ese motivo, en la próxima crónica continuaré desgranando las grandes aportaciones de este Imperio a la humanidad.

 

Vale

Máximo Necio nació en Madrid por accidente, como casi todo en su vida. Estudió humanidades en la Universidad Complutense. Al terminar los estudios buscó la erudición a través de la aventura, sin que hasta el momento haya aprendido más que un par de verdades de andar por casa. Tan escaso conocimiento le permite, sin embargo, cierto filibusterismo cultural y mucha, mucha indignación, aunque es más la de los intransigentes que la de los justos. En corregirlo anda.