Informe de lectura: Noticias de libros de Gabriel Ferrater

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«Esto parece ser un mal chiste»;  «Sería disparatado traducir el libro»; «el libro es un desastre», «No es una descripción de la vulgaridad de la vida delictiva inglesa: es una muestra de ella«; «Uno duda antes de decidir si este libro es más imbécil que innoble o a la inversa»;  «No le encuentro a este libro ni pies ni cabeza»; «el libro produce un efecto de broma pesada, o más bien de pesadilla: así nos describirán los marcianos cuando lleguen»... Mandoblazo va, mandoblazo viene, Gabriel Ferrater nos dejó un lúcido testimonio de su capacidad crítica y de su intuición como lector a lo largo de toda una serie de informes elaborados para Seix Barral y Rowohlt Verlag entre 1961 y 1972. Noticias de libros recoge 255 de estos textos.

 

GABRIEL FERRATER, Noticias de libros.

 

Un libro delicioso, lúcido, despiadado e hilarante. Un libro que habla de otros libros con la apabullante franqueza que confieren la confidencia, la certidumbre de que sólo vas a ser leído por una persona cómplice que exige sinceridad. La obra, singularísima –no conozco recopilaciones similares en nuestro ámbito– resulta, además, una magnífica oportunidad para cualquiera que desee conocer en qué consiste ese desconocido y malparado oficio (hay excepciones, claro) de lector editorial, una profesión que han cultivado de manera complementaria en algún momento autores tan relevantes como Virgina Woolf, Cesare Pavese, Italo Calvino, André Gide, André Malraux, Albert Camus, Raymond Queneau o Milan Kundera y que encuentra dentro de nuestro contexto en Gabriel Ferrater, no me cabe duda, a uno de sus más acerados y perspicaces representantes.

 

Ferrater, conocido sobre todo como poeta vinculado al llamado grupo de Barcelona de la generación del 50, trabajó –tan poco como pudo, según propia confesión– durante años como lector de confianza para Seix Barral en dos periodos diferentes y entremedias para la alemana Rowohlt Verlag –el libro, dividido en tres bloques, repasa cronológicamente estas tres etapas–, redactando unos escritos, aquí figuran más de 250, de entre unas líneas y varias páginas de extensión, penetrantes y mordaces, en los que les exponía de un modo heterodoxo a los responsables de estos sellos sus impresiones sobre los manuscritos que eran sometidos a su escrutinio. Lector voraz, poseedor de una vastísima cultura, competente en no menos de cinco idiomas –originalmente estos informes fueron redactados en castellano, alemán, inglés y catalán y abordan libros escritos también en portugués o italiano– prescriptor intuitivo y arrojado, Ferrater responde a la confianza que en él ha sido depositada haciendo gala de una honradez intelectual, al menos eso es lo que se desprende de la lectura de estos textos, que se aviene fatal con cualquier tipo de quedabienes o complacencias y extraordinariamente bien con las más chisposas modalidades de la sátira y la invectiva. ¿Que no?

 

«Esto parece ser un mal chiste»; «Sería disparatado traducir el libro»; «el libro es un desastre», «No es una descripción de la vulgaridad de la vida delictiva inglesa: es una muestra de ella»; «Uno duda antes de decidir si este libro es más imbécil que innoble o a la inversa»;  «No le encuentro a este libro ni pies ni cabeza»; «el libro produce un efecto de broma pesada, o más bien de pesadilla: así nos describirán los marcianos cuando lleguen»; «La cosa es tan deprimente que no me quedan ganas ni de hacer bromas –como no sea esta, demasiado fácil: que por mucho miedo que me dé la civilización, me lo dan más sus comentaristas» ; «Si tengo que juzgar el libro como una obra literaria, lo único que puedo decir es que es imbécil»; «el libro mata de aburrimiento»; «Iba a decir que es un libro extravagante, pero me parece que el término más justo está en decir que es patético»; «el analfabetismo del autor adquiere proporciones alarmantes»; «Literatura completamente provinciana»; «Basura, basura, y además basura invendible»…

 

Con estas o parecidas sentencias, que preceden o coronan sus demoledoras argumentaciones, despacha Ferrater, mandoblazo va, mandoblazo viene, buena parte de los volúmenes a los que se enfrenta y quien dice buena parte dice nueve y medio de cada diez, una media extraordinariamente alta si tenemos en cuenta que la mayoría de los textos sobre los que habla no son manuscritos inéditos, sino libros que ya han sido publicados previamente en uno o más países, es decir, que ya han pasado por otros lectores y comités, y que son cribados de nuevo ahora con miras a su posible traducción por parte de los sellos para los que colabora. El alto porcentaje de rechazo, qué duda cabe, es la prueba más elocuente de la alta exigencia que el informante impone a los “candidatos”, su baja tolerancia frente a la mediocridad, pero sería erróneo considerar que únicamente le mueven a Ferrater sus preferencias particulares. Se supone que un buen lector editorial necesariamente ha de estar capacitado para ejercer con dignidad la crítica literaria –y de hecho, aunque el libro está compuesto por informes de lectura, puede ser leído como una muestra de la mejor “crítica caníbal”: con el saludable atenuante de que lo que en público sería saña o fatuo desdén aquí se vale del secreto para alumbrar pedagógicamente las oscuridades de la escritura–, lo que no tiene por qué  darse a la inversa: esto es, a diferencia del crítico, quien se supone –ya, se supone, me dirás– que jamás desciende a la mísera realidad de los números, la oportunidad, el marketing, las sinecuras, pues eso, a diferencia del crítico en su campanario, el lector editorial en ningún momento debe perder de vista el público al que la obra va a ir dirigida, ni tratar de permanecer al margen de la maquinaria de la que él constituye, aunque minúsculo, un engranaje. Es un mediador e, indudablemente, un pragmático. Su palabra no es ley, pero sabe de su ascendiente. Así, por ejemplo, al recomendar o desaconsejar una publicación tendrá qué sopesar una gran cantidad de factores que van más allá de la calidad de la obra (todo eso que tiene que ver con lo que llaman la sociología de la literatura): su actualidad, las características de los potenciales lectores, los diferentes formatos, las previsibles dificultades de traducción o, como en el caso español durante aquellos años, otros condicionamientos como la posible actuación de la censura. Las referencias a «la batalla con el censor» son recurrentes, aunque hay que decir, que no necesariamente su acción castradora, que le lleva a intentar disuadir al editor de liarse con aquellos textos que por su obscenidad o carga ideológica pudieran verse en apuros, es tomada en sentido negativo: «En España –escribe burlón refiriéndose a Maria Light, de Lester Goran– repugnaría a todo el mundo, empezando por los censores, que no lo dejarían pasar y probablemente tendrían razón».  En este sentido, puede darse la circunstancia, no del todo paradójica, de que un buen libro, ateniéndonos a factores estrictamente literarios, no sea considerado adecuado para su publicación mientras que otro algo peor, por motivos si no extraliterarios al menos sí extralingüísticos pudiera ser recomendado, aunque no fuera con todos los honores. En fin, nada que no sepamos y que el público no intuya. Un elocuente ejemplo de esto que comentamos lo encontramos al final de un iluminador informe que dedica a Drift, de Susan Alexander:

 

«Entonces, ¿qué queda? Bien, un hecho importante: hemos llegado al final de una novela sin habernos aburrido un momento, y sin querer saltar ninguna página –y esto no sucede tan a menudo-. Además, por supuesto, el puro encanto de las acciones y las situaciones no se deteriora retrospectivamente. Y nos quedamos con una novela con abundante sexo y con un bonito sermón moral en la conclusión. Esta es una mezcla que al público le ha gustado siempre, y pienso que podría funcionar muy bien en este caso particular. Creo que merece la pena publicar la novela, por lo menos en edición de bolsillo».

 

Por supuesto, con esto no pretendo decir que Ferrater no explicite sus propias filias y fobias, especialmente estas últimas, que expone de forma encarnizada. Quien le paga ya sabe a lo que se expone y cuando lo ha elegido es por algo. Tampoco, de más está decirlo, prevalece en el perito cualquier criterio de mercado por encima de las virtudes digamos artísticas de las obras que analiza. Si un libro le parece deficiente siempre va a dejar constancia del hecho y cuando éste no alcance el estándar de calidad que él considera aceptable, lo que ocurre casi todo el tiempo, nunca contará con su aprobación. No importa aquí cuán de moda esté la temática, ni cuán poderoso pudiera resultar comercialmente el señuelo que supone el nombre del autor. «No es en absoluto agradable observar lo que al parecer ha acabado siendo ahora John Dos Passos –apunta en su informe de Brazil on the move, para concluir más tarde–: De todas formas, el libro no es tan repugnante como ridículo; y, por desgracia, no acierto a encontrar ningún consuelo mejor». Ni Kerouac, ni Nabokov, ni Boris Vian ni Martín-Gaite ni otros tótems de la literatura de nuestro tiempo están a salvo de este tipo de comentarios descarnados porque para el lector no hay, no debe haber, vacas sagradas, sólo libros que sean buenos y la vez resulten viables, valores que ni decir tiene con frecuencia colisionan. Sin embargo, lo mejor del caso es que las críticas demoledoras que aquí encontramos no rezuman altivez. Tampoco se arroga Ferrater ninguna supuesta infalibilidad. Con frecuencia se muestra dubitativo, perplejo, y tampoco su celo a la hora de atizar se vuelve menos entusiasta cuando se trata de reconocer los méritos de un determinado autor.

 

De In the American grain de William Carlos Williams, dice que es «un libro deslumbrante»; Souvenirs sur l´Affaire de León Blum le parece «admirable«; Path of Alliance de Auberon Waugh le hace exclamar: «Sí, es un acierto pleno. Ingenioso, divertido, frenéticamente esnob y esnobistamente resuelto a reírse de su propio esnobismo, justo la mezcla correcta»; The Benefactor, de Susan Sontag, a pesar de dejar claro que «no es descomunalmente vendible» es descrito como «un libro delicioso y muy sofisticado»; y de una novela ya clásica de la literatura española como Tiempo de Silencio de Luis Martín Santos llega a afirmar: «Puede predecirse que, para los lectores alemanes, el primer nombre que vendrá a la memoria es el de Günter Grass, un contemporáneo de Martín Santos que demuestra aquí, igual que el español en su país, que obras del más alto arte literario barroco pueden cortar como los cuchillos más afilados». And so on.

 

La capacidad para insertar obras y escritores en determinadas tradiciones, las frecuentes comparaciones estilísticas entre autores, la variedad de materias que aborda –de la novela al ensayo sociológico, de la historia a la filosofía o la política–, la desbordante curiosidad que destilan sus textos, y especialmente la sensación de encontrarnos ante un tipo, sin acceso a internet, que parece haberlo leído todo, contribuyen a generar la impresión de que estamos ante alguien en plena posesión de su oficio que, pese a moverse por un terreno escurridizo, nunca resbala. Aunque, insisto, si por algo descuella el volumen es por su frescura, por el talento que Ferrater despliega a la hora de desarmar, mostrándonos, ampliadas, las costuras y remaches de los artefactos que llegan a su mesa de disección. «Brecht lo inclinó, sugiriéndole la posibilidad de escribir hoy como escribía La Fontaine, con ironía y sin hipnotismo –escribió en una nota autobiográfica, aunque esté en tercera persona, en la que añade–: En verano y otoño del 57 leyó a Shakespeare, y la inclinación se volvió amenazadora». Y si bien con estas palabras pretendía delinear su evolución como poeta resultan también extrapolables a la hora de enjuiciar su labor como lector. El siguiente informe, que reproduzco íntegro, es una buena muestra de todo lo ya dicho. Está fechado en julio de 1963 y habla de Le Pecheur, obra de un tal Michael Alvès, publicada por Grasset. Su inquina por cierta clase de esnobismo francés corriente en aquellos años alcanza aquí su cénit.

 

«Un librito tonto. La solapa nos informa de que el autor tiene veinte años. Era de suponer. O quizá mejor, uno habría supuesto a un viejo universitario que ya chochea, por cómo se las arregla para escoger y mezclar cada uno de los particulares venenos del mal gusto literario a los que los franceses son tradicionalmente adictos. El libro está escrito en esa prosa elevada y rítmica que en Francia llaman “poética”. Su asunto es una historia de abusos brutales en ese tipo de entorno que en Francia llaman “rural”; en este caso particular, un pueblo de pescadores, verdaderamente rico en su cosecha de violaciones, incestos, asesinatos, masturbaciones, incendios de pirómanos y, por si fuera poco, una crucifixión. Cuando el propio autor, mucho después que el lector, viene a advertir que se ha hecho un lío con los hilos de su historia, los corta todos cínicamente, y finaliza con el tipo de metáfora inconsecuente que en Francia se llama “surrealista” y pone a los críticos a hacer comparaciones con Kafka. A decir verdad, el modelo más obvio escogido por el autor es Jean Giono, pero carece de la constancia de propósito que es necesaria incluso para una buena faena de plagio, y continuamente se dispersa por su propio amateurismo, cayendo ahora en brazos de Maupassant, ahora en los de Julien Gracq, ahora en los de Simenon. Un libro auténticamente tonto».

 

En fin, como ves, Noticias de libros, me ha ganado para la causa. El libro es interesante, el trabajo de compilación serio, el prólogo del profesor Aparicio Maydeu no desmerece y hasta el título está bien puesto. Sin embargo, presenta algunos inconvenientes de cara a su publicación que he de reseñar por mucho que tú ya los hayas visualizado y por más que luego me hagas ver que me meto donde no me llaman. ¡Lo que uno no haga por ganarse el pan!

 

En primer lugar está el concepto “informe de lectura”. Esto no le dice nada a casi nadie. Suena desabrido, a ejercicio escolar o a programación de impresora y es lícito preguntarse qué interés puede tener un fulano en conocer lo que un tipo desde su cueva le remitiera a otro a su cueva acerca de libros en la mayoría de los casos minoritarios que, para más inri, en muchos casos terminaron siendo rechazados. Dudo mucho de que la mayoría de los lectores sepan que tal profesión existe –yo mismo me pregunto a veces si no soy el sueño de alguien que es soñado por un soñador que…, en la cúspide me imagino siempre a algún jefazo de Random o Penguin desperezádose– y me cuesta trabajo imaginar que más de cuatro bibliópatas  enfermizos estén dispuestos a asomar su nariz, no digamos ya a rascarse el bolsillo, por hacerse con un tocho de más de trescientas páginas, si la letra no es muy generosa, como este.

 

Segundo. Está el hecho de que la mayor parte ya no sólo de los títulos sino de los autores, creo que no exagero si digo que al menos el 90%, aquí reunidos son desconocidos para el gran público, lo que dificulta establecer cualquier analogía con la propia experiencia como lector de cada cual: pues fíjate que a mí me gustó, pues menos mal que me compré el de las recetas de Arguiñano en vez de ese. Una parte considerable, además, de estos informes abordan libros dirigidos al público alemán, lo que restringe su interés para un lector que camina a ciegas, pisando huellas de hace tres inviernos. En este sentido, aunque muchos de los informes son terriblemente divertidos, a uno le gusta saber de qué, o más precisamente, de quién se ríe y aquí resulta difícil ponerle cara y voz al muñeco. El hecho de que las obras abordadas pertenezcan a un periodo comprendido entre comienzos de los 60 y de los 70 indudablemente tiene la virtud de ofrecer una interesante panorámica de las principales corrientes narrativas en boga en aquel tiempo pero, por resonantes que pudieran resultar algunos de estos títulos en su día, quedan muy lejos de las nuevas generaciones, con el riesgo consecuente de que esta obra les termine pareciendo terriblemente marginal, si es que no directamente exótica. La narrativa europea de aquella década, por razones que sería prolijo enumerar aquí, ha envejecido especialmente mal; el libro, en este sentido, contribuye a explicar por qué, pero en un nivel que es consustancial al trabajo de los críticos e investigadores y no del lector contemporáneo promedio.

 

Y finalmente, se encuentra el autor, el autor como personaje, como reclamo, quiero decir. Como marca, ay. Y, lamentablemente, como sabemos, la casa Ferrater nunca ha contado con demasiados adeptos. ¿Quién sería capaz de ponerle un rostro a esa sombra? Para empezar Gabriel Ferrater fue principalmente un poeta. Y esto es malo. No escribió demasiado, lo que tampoco ayuda y, aquí viene lo peor, lo hizo en catalán, lo que lo circunscribe a un ámbito extraordinariamente limitado. En otras latitudes, se hubiera convertido tal vez en autor de culto (escribió poemas extraordinarios) pero la prueba más palpable de que aquí no ha sucedido es que ni siquiera su anunciado suicidio a los cincuenta años logró que este ex “niño de la retaguardia” de vida disipada y escasa cualificación para la vida práctica con tendencia a verse como un «chupado/ hueso frutal, sin pulpa, a la intemperie» llegara a traspasar los ambientes más herméticos.

 

Vamos, que puede decirse que, fuera de Cataluña, donde quizá la obra pudiera correr mejor suerte –uno de los nuestros, tú sabes, aunque no olvidemos que esta edición está traducida entera al castellano– este es un libro muy gremial, muy de críticos (por suerte aún quedan algunos que estarían dispuestos a dedicarle algunas líneas a un viejo maestro en los papeles), muy de escritores (esto en principio no es malo: su número excede al de lectores), muy de editores (esto sería mejor, pues su número supera con creces al de los anteriores), muy en fin de minoría de la minoría.  Aunque, aquí puede que resida también su principal virtud, en su singularidad, en la capacidad de llamar la atención, bastante dispersa por cierto (aunque esto es otra historia) de cierta clase, me refiero a los happy few que aún compran el periódico, van a presentaciones de libros y estudian una segunda carrera por la UNED, permitiendo a la obra convertirse en un longseller chiquitito.

 

En fin, que estando fuera de toda discusión que nos encontramos ante una obra minoritaria debemos calibrar si resulta factible publicarla sin que la editorial pierda demasiada plata y creo que no sería totalmente imposible recuperar parte de la inversión a medio y largo plazo.  Y si no, ya sabes, ¡piensa en el catálogo! Supongo que no sería disparatado encontrar algún tipo de ayuda pública/institucional que permita financiar parte de la cosa, para las bibliotecas y tal, o buscar fórmulas de coedición o cualquier de esas cosas que tú conocer muchísimo mejor que yo, aunque al final esto termine suponiendo pasar los huevos de una cesta a la otra y no te van a faltar canastos más suculentos. Evidentemente, el libro es una joyita y sería de pura justicia verlo publicado, aunque ya sabemos que hablar de tales absoluteces aquí no tiene sentido. De cualquier forma, piénsalo bien, si no lo haces tú, al final lo hará cualquier otro.  Nunca he conocido un oficio en el que la gente estuviera tan predispuesta a inmolarse, si acaso el de terrorista suicida. Por mi parte, sólo puedo añadir lo que el propio Ferrater dejó escrito: «me alegro de que mi dinero no tenga que decidir si quiere ser invertido en este libro».

 

 [Noticias de libros de Gabriel Ferrater fue publicado en el año 2000 por Península. En noviembre de 2012 fue reeditado dentro de la colección “Imprescindibles” del mismo sello.]

José María Matás nació en Vélez-Málaga un poco más abajo de la casa en la que María Zambrano dio sus primeros pasos, lo que, sin suponer ningún mérito, siempre ayuda a decorar cualquier perfil biográfico. Y, además, es verdad. Debe a Verne y a Ibáñez sus primeros grandes gozos como lector, aunque probablemente ningún otro libro de su infancia le marcaría tanto como aquella espantable antología de relatos que “la señorita Charo” le obligó a leer, titulada Los cuentos de la calle Broca.   Apasionado de la política (siempre acarreará el lastre de no haber podido votar en el referéndum de la OTAN con la absurda excusa de que sólo tenía nueve años) y periodista frustrado, vocacional y autodidacta (el orden de los factores no altera el resultado), terminó estudiando Filología Hispánica en la Universidad de Málaga - donde cursaría estudios de doctorado dentro del programa Tradición Clásica y Modernidad Literaria en Hispanoamérica- y años más tarde, acaso como postrero desquite, Ciencias Políticas en la UNED.   Fundador de la extinta revista cultural La Pluma y el Tiempo y autor, entre otros, del libro de poemas Cristales rotos y de la obra teatral Un mar de fondo, con la que fue finalista del III Premio Internacional de Teatro para Autores Noveles Agustín González, viene colaborando desde hace más de una década con artículos sobre crítica cultural y reseñas de libros en diferentes publicaciones y medios digitales.   Piensa, con Kafka, que “un libro debe ser como un pico de hielo que rompa el mar congelado que tenemos dentro” y, con Sartre, que “El mundo puede prescindir perfectamente de la literatura, pero puede prescindir del hombre todavía mejor”.   De vez en cuando habla de sí mismo en tercera persona, pero solo por pudor.   No tiene e-reader, pero sí un limonero.