¡Inmersión!

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Cada vez que oigo decir a un político “pluralidad” doy un respingo. Con “transversal” y “consenso” me pasa lo mismo. “Inmersión” yo lo había oído decir a los comandantes de los submarinos en las películas. Como “transversal” en el colegio a propósito de la geometría. De geometría, de esta nueva, va todo esto de coger unas palabras y darles otro significado. Darle la vuelta al mundo. “Inmersión lingüística” es un término fascinante por su retorcimiento. ¡Cuánto hemos hablado de la riqueza lingüística de España! ¡La pluralidad!, para terminar hablando de inmersión. Bienvenidos al submarino autonómico. Con toda su buena cerrazón, su impermeabilidad, su aire mecánico y su estrechez. Otro chiringuito. Una franquicia. La España del chiringuito. Unas veces lo llaman “instituto”, otras veces “beca”, en ocasiones “plan”, incluso “ley” y hasta “cátedra”, como la de la mujer del presidente, que va a dirigir una de nueva creación cuyo objetivo es “resetear el capitalismo” sin ni siquiera ser licenciada. A mí me tiemblan el lenguaje y las lenguas. Y los usos y las costumbres. Y las formas. Los institutos y las becas y los planes y la ley y la cátedra. Y la pluralidad y el consenso. Y las canillas también. Autonomía y olé. Los políticos se han vestido de cuero y con látigo. Y el pueblo lleva esposas. No están los mejores sino los peores que todo el tiempo gritan: ¡inmersión! Mónica Oltra hablando de la “la lengua sentida” a propósito de los médicos valencianos. ¿Y la salud? ¡Más lengua, más lengua!, gritan estos hermanos Marx. Monos con escaños en el país de los simios que gobiernan a hombres enjaulados mientras el poder legislativo funciona a todo «plan». Cuando salgamos del encierro no vamos a reconocer nada. Vivimos bajo tierra en un refugio mientras pasa un huracán silente.

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