Insomnio

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Ya no sé qué probar. El otro día un muchacho se me acercó después de un tiempo sin vernos y me dijo que me notaba perjudicado, serio, envejecido. “Normal”, pensé, “con seis horas de sueño no esperarás que sonría”. Ahora busco al salir el sol la felicidad en los estados de ánimo de las listas de reproducción de Spotify.

 

“Esto de levantarse pronto, pensó, le hace a uno desvariar. El hombre tiene que dormir”.

La metamorfosis, Franz Kafka

 

 

Ya no consigo dormir bien. Y yo era de aquellos que se echan a la espalda unas doce horas seguidas. Sin pestañear, literalmente. Pensarán, supongo, que se debe a que por razones laborales ahora madrugo. Ni mucho menos, sigo de universitario y con horario nocturno. ¿Por la luz del sol entonces? Ni por asomo, antes no me suponía ni un mal sueño. Lo que ocurre desconozco a qué se debe. Solo sé que ahora me duermo y a las siete horas tengo los ojos abiertos de par en par y acudo al baño a mirarme con tristeza las ojeras mientras maldigo en hebreo. Como me descuide hay días que no paso de las cinco horas de sueño. Y eso ya es más jodido, porque entonces me miro la punta de los pies y me pregunto qué coño voy a hacer con tanto día.

 

Ya no consigo ni superar las dos horas en las siestas. Esto vuelve loco a cualquiera; me meto en la cama tembloroso, con miedo a dormirme por despertarme antes de tiempo. Antes era un de esas personas que encontraba la felicidad entre las plumas de su almohada, ahora solo un desgraciado que lucha por no perder la cabeza, y cuando alguien me propone hacer algo a horas insospechadas ya no puedo no responder por el placer de estar durmiendo; no tengo más remedio que resignarme y contestar lo mismo que le escribí ayer a un amigo: “Ahora no puedo, estoy viendo una peli de espías”.

 

Me sobran horas. “Estudia, trabaja, haz algo”. No, no, no. No me sobran horas productivas, con esas ya hago lo que puedo. Me sobran horas de esas que se balancean en la mañana con el erotismo de una pole dancer en apuros. No sé qué hacer entre las 7 y las 14hs. Yo no rindo a esas horas. Leo de noche, escribo de noche, veo películas de noche y mis relaciones sociales comienzan después de la siesta. Imagina ponerte alguna de Sam Peckinpah a las 10h de la mañana…, no es lo mismo. Un drama. Voy perdiendo los estribos, tanto que buscando soluciones en los párrafos de algún artículo leí de un autor que lo primero que hacía al despertarse era leer poemas. Y probé con eso. Buscando en la soledad cierto remedio. Y bueno, me sobran tantas horas al salir el sol que hasta he terminado un poemario. Ya sabía yo que la cosa iba a acabar mal, que yo no valgo para cualquier hora del día. Ahora me escribe por Whatsapp la chica que me gusta y me engancho a la grabación de voz recitándole un poema. ¿Se entiende ahora el drama? Pobre muchacha… Hasta a la literatura hay que respetarle unos horarios, valga de ejemplo Harry Crosby. El poeta se encerró largos días y largas noches en una habitación a solas con libros y su chica y no mucho después terminó pactando su propio asesinato con su amada.

 

No, no y no. Lo de la poesía tan temprano no me lleva a nada bueno. La poesía es para la noche, lo tengo claro. Lo decidí drásticamente cuando el otro día me desperté antes de tiempo y con los ojos inyectados en sangre me puse mientras empezaba a brillar el sol con un poema de Machado que termina: “¡Oh, para ser ahorcado, hermoso día!”. Se acabó. Por ahí no paso.

 

Ya no sé qué probar. El otro día un muchacho se me acercó después de un tiempo sin vernos y me dijo que me notaba perjudicado, serio, envejecido. “Normal”, pensé, “con seis horas de sueño no esperarás que sonría”. Ahora busco al salir el sol la felicidad en los estados de ánimo de las listas de reproducción de Spotify.

 

Como siga madrugando sin querer me va a terminar pasando como a Gregor en La metamorfosis: el día menos pensado me levanto convertido en insecto, por gilipollas. Lo único que se me ocurre es que tenga algo que ver con la cama, que estemos distanciándonos, que ya no conectemos. Igual tengo que ir a buscarme una nueva. Estas cosas son importantes, no lo eran para mí, pero voy a empezar a tenerlo en cuenta. Como la gente que solo puede cagar en su propia casa para sentirse cómodo. O como el poeta francés Guillaume Apollinaire, que después de sus grandes comidas se levantaba con un palillo entre los dientes y exclamaba a sus amigos el nombre del nuevo lugar donde iba a hacer de vientre, siempre al día de cuáles eran los mejores retretes de París.

 

Yo ya no sé.

 

El otro día un amigo leyó una entrada de este blog, ¿Dónde coño estás?, y me dijo que era, sin duda, su favorita. Me pidió, eso sí, que ni se me pasase por la cabeza dejarle así, con un folio de mierda, que quería saber más. Le dije que me encantaría, pero que el problema está en que escribir una segunda parte de esa entrada no depende solo de mí; me hace falta una mano de uñas pintadas en rojo escribiéndola de madrugada a mi lado. Pero claro, sin dormir por las mañanas y dando los buenos días a base de recitar poemas no sé yo si voy muy lejos.

 

Al principio pensé que esto de no dormir a mediodía al menos me iría bien para el blog, y actualizarlo cada día de buena mañana, pero ni eso. Solo rindo por las noches. Y como por las mañanas no pasa nada relevante no tengo más remedio que esperar que ocurran cosas por las tardes. El domingo, por ejemplo, alquilamos un barco para pasar la tarde navegando por el lago inventado de Brasilia. Bebida, sol y chalecos salvavidas para celebrar despedidas, que el intercambio se acaba. Los días antes, con los preparativos, cientos de ideas nos rondaban la cabeza, y cuando vimos en fotos el barco (que parecía, con todo el cariño del mundo, una caja de zapatos flotante) comenzamos a barajar la opción de que se hundiese, porque es mejor no precipitarse y no descartar nada. “Sería una lástima”, dije, “pero iría tan bien para mi blog…”. Y es cierto, algo así le sube las visitas a cualquiera.

 

Al final todo salió sobre ruedas y he tenido que conformarme (que no está nada mal) con que un amigo, al intentar pasar de la lancha al barco, resbalase y quedase colgando agarrado como podía con medio cuerpo hundido mientras el barco avanzaba y dos intentaban subirle. Terminó escurriéndose del todo y cuando alguien gritó “¡Hombre al agua!” ya estaba por lo menos a unos 500 metros, chapoteando a la deriva. En un intento por salvarle, otro tuvo la brillante idea de lanzarle un chaleco salvavidas; la pena fue que no llegó más allá de unos 3 metros del barco. Así que otro amigo se enfundó dos chalecos salvavidas en un gesto heroico y se lanzó a rescatarle, aunque lo único que consiguió, además de otro grito de “¡Hombre al agua!”, fue que mientras con la lancha rescataban al primero, ahora él flotaba a la deriva a otros 300 metros del barco agitando las manos como diciendo: “También rescatarme a mí, carajo”.

 

Pero claro, nada de esto ocurre jamás entre las 7 y las 14hs del día. Porque no hablo de cuando uno va de fiesta. Hablo de los lunes y los martes, de esos días en los que uno se abraza como puede a su rutina. Y en la mía, que tan hermosa era, la regla número uno, aunque me hubiese metido en la cama a las 00hs, era darle la espalda al día y dormirlas.

 

Así que ya nadie puede esperar nada de mí. Yo no sirvo para esto. Y a cualquiera que me recrimine lo que sea le responderé como Al Pacino en The Humbling y a tomar por culo la bicicleta:

 

Yo no duermo, ya lo sabes. 

Antonio Mérida Ordás nació en Madrid en 1992, y veinte años después se fue de Erasmus al sur de Alemania en busca de sol y playa. Estudia comunicación audiovisual en la Universidad Complutense y ha colaborado desde Alemania con El Viajero, y a su vuelta a Madrid con Koult.es, y Achtung Magazine. Hasta hace no mucho, ha sido becario de redacción en Canal Plus. También ha trabajado sirviendo champán con una mano, de pinche de cocina, y eligiendo corbatas en Massimo Dutti entre otras cosas. Ahora escribe de cuando en cuando. Le gustan las películas. Twitter: @antoniomerida92 Aquí se viene a desnudarse, a tomar seis tragos, a bailar un boogie-woogie aunque no bailes, a enfundarse los guantes y saltar al ring agitando las caderas, para terminar brindando por un buen polvo o mejor combate.