Insomnio en El Paular. Una guía

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Poco efecto me hizo anoche el oficio de completas, que consiste, más o menos sencillamente, en agradecer al dios la jornada transcurrida (es decir, seguir viviendo) solicitándole, al tiempo, el merecido descanso que ocasione un pronto sueño reparador, hasta estar de nuevo de pie en maitines, a las 6,30.

 

Pues a mí, no sé bien por qué, no se me concedió tal beneficio. Quizá tal vez por escamotear la apariencia de un estado de retiro silente, pues desde que llegué al monasterio del Paular, a las cinco de la tarde, y me instalé en mi escueto y recogido aposento, no dejé de whatsappear con los cercanos mostrándoles las fotos del bello entorno (el imponente claustro, el riente río Lozoya, la tumba del obispo, en el claustro, que describió Baroja en su novela Camino de perfección, mi recoleta habitación, etcétera), acompañadas de incisivos y aun pícaros textos míos configurando los mensajes. El silencio dentro del amplio recinto era total.

Recibí muchas respuestas. Una resaltaba la abismal diferencia entre el absoluto remanso de aquí y las francachelas de las ciudades en estos días navideños, las comidas de “empresa”, el batiburrillo de los compañeros de trabajo. Otra me elogiaba con benevolencia afirmando que sé seguir los mandatos ascéticos y ese tópico beatus ille que tanto nos hace falta en estos tiempos convulsos. Un amigo trasmite que me toma por “un tío del diecinueve en un cuarto del diecinueve”. Otro exclama: ¡Qué suerte, pájaro! Y otro me dice que me eleve unos centímetros del suelo, como, claro, la santa de Ávila. Más: el colega jocoso teme que vuelva al pueblo tonsurado. Aunque mi primo reaccionó así: “Vas a acabar mal”. Algunas de estas contestaciones han sido acompañadas, como es de suponer, de diversos emoticonos.

 

Puede también que quien me desvelase fuera el hisopazo recibido por parte del prior al finalizar el oficio de completas. Mira que le dije, cuando el año pasado vine, al hermano hospedero Benvindo, un simpático negro de Cabo Verde, que yo no era creyente y que acudía al Paular con sólo una intención espiritual, o terapéutica, no religiosa, y que mi presencia iba a estar desprovista de manifiestos signos identificadores, como santiguarme, cantar en voz alta, arrodillarme, comulgar, significarme como católico, en suma; mostrándome, por el contrario, como un respetuoso convidado de piedra. ¡Pues tuvo que hacerme una seña, haciendo caso omiso de mis advertencias, para que yo me viese obligado a ponerme en la fila de los que iban a recibir la bendición, teniendo que inclinar la cabeza! Pudiera ser entonces que el hisopazo del prior, gotas de agua aceleradas y bendecidas, contuviese en gran dosis la energía divina que me excitase y me impidiese dormir.

 

En la vigilia galopante de anoche, yo iba acompasadamente al trote y a horcajadas en una serie de reflexiones. Preguntándome, y dudando, si había un acuerdo “ideológico” en la conducta de los benedictinos. Está claro que no, a su vez me respondía, al menos en el caso de España. Los monjes de Monserrat son independentistas, los del Valle de los Caídos franquistas. ¿En qué postura, en este sentido, se sitúan los del Paular? Sé, y me lo confirma uno de los monjes, que Santiago Carrillo se refugió en El Paular durante varias ocasiones, en sus clandestinas visitas a España antes de ser legalizado el Partido Comunista de España; por lo que deduzco que El Paular adoptó un papel progresista en el periodo de la llamada Transición democrática. Y presumo, además, que el ateo Carrillo asistiría a los oficios celebrados por la comunidad monacal. ¿Por qué no? ¿En qué iba a distribuir el largo tiempo, alojado en pequeño habitáculo como el mío? Sé de otro benedictino, el padre Flurin Maissen, de una amplia cultura, que enseñó al poeta Ángel Crespo el romanche o retorromano, una lengua románica hablada en el cantón suizo de los Grisones, partiendo de la cual Crespo tradujo al español una antología de la poesía retorromana, asesorado en todo momento por su amigo el benedictino Maissen.

 

Uno de los mensajes antes referidos me consideró cartujo, manejando un referente impreciso. Los cartujos ocuparon El Paular durante muchos siglos, desde el XIV. Con la desamortización de Mendizábal el monasterio abandonó su actividad religiosa y se vendió a manos privadas. En 1954 se volvió a llamar a los cartujos para que lo volviesen a habitar, pero esta orden ya no quiso y desde entonces viven en él los benedictinos. A enseñar estos primitivos espacios de los cartujos se dedican los monjes de ahora cumpliendo ese labora de su completa actividad ora et labora. Estos nuevos pobladores no tienen voto de silencio. Sólo lo ejercen, e igualmente los visitantes de la hospedería, en las horas de la completa convivencia: asistencia a los oficios y el congregarse en el refectorio. Fuera de esto uno puede cambiar impresiones libremente con ellos. Salen (aunque poco), conducen… Habitualmente visten de paisano.

 

En definitiva, me es grato pasar unos días navideños alojado en la hospedería del monasterio. En mi terco insomnio no tenía más remedio que recordar mi incesante viaje de ida, partiendo en el autobús de la línea 194 desde la estación de Plaza de Castilla hasta Rascafría, tardando nada menos que dos horas y media, aprovechando del tramo final el gozo de contemplar paisajes suculentos, pintorescos reductos. Al fondo, mirando todo, la cumbre de Peñalara nevada. Cursa el insomnio, ansiando el divisar al otro lado de mi ventana la consistente “pelona” (escarcha) caída en los sedantes campos vecinos que rodean mi fecunda vela.

 

Después del laudes, a las 8 de la mañana, pasamos todos a desayunar, un modesto desayuno buffet, sin rezo introductorio, ni lectura (por lo general aburrida) ni rezo final, pero mantenido en silencio. En las comidas, al entrar en el comedor, se pone uno de pie, en su sitio en la mesa, a la espera de que el prior toque una campanita, diga una pequeña oración y permita que todos nos sentemos. Un fraile, como una buena camarera, sale de la espaciosa cocina portando las bandejas que va a posar en las mesas, en su orden, a cada plato, para que los comensales se sirvan. El vino tinto nunca falta.

 

Al llegar, acompañado por el hospedero, camino de la habitación, con baño (ni ellos mismos las llaman siempre celdas), se te da un juego de llaves: la del cuarto, una llave maestra con la que abres todas las puertas que ellos quieren, y un par de mandos para franquear las muy robustas verjas de la entrada. Los monjes deben ser muy frioleros, pues los espacios de la hospedería, de la capilla y del gótico y coqueto refectorio donde comemos están bastante calientes, sobre todo la primera. Durante toda la estancia, yo tengo siempre cerrados los radiadores de la calefacción. Entre laudes y sexta, no siempre entre ésta y vísperas (oficio que agrega una misa, con no mala puesta en escena), suelo salir a Rascafría yendo por un bonito camino urbano que recorre en un tramo de unos dos kilómetros el borde de la carretera a Cotos, y me adentro o bien a tomar un té y leer El País en el local cuyo nombre comprende tres quasi sinónimos: café-bar-la taberna, o bien me acerco al mercadillo, cuando lo hay, o me adentro en el variado y esmerado obrador de chocolate San Lázaro para uno echarse onza dulcísima a la boca; o bien hago un trocito de la senda que sube a Cotos o me alargo por los llanos caminos, los del principio, que irán a dar a las Cascadas del Purgatorio; o también paso una vez más al arboreto Giner de los Ríos, situado justo enfrente del monasterio, presidido por esta hermosa sentencia de Giner esculpida en un pequeño monolito: “En la contemplación de un árbol podríamos pasar enteramente nuestra vida”.

 

Éste es el interés de venir al Paular: el paisaje, el entorno, los naturales marcos predilectos de la Institución Libre de Enseñanza, los tejados de pizarra, los edificios, por pequeños que sean, bien cimentados en la tierra; la montaña, el riente Lozoya, la amable vegetación, su bosque finlandés, cercano, los pocos animales mugiendo y relinchando en las cercas. Y el estar cobijado por el reglado transcurso del tiempo dentro de los muros del monasterio y el silencio, en todo momento, como oro para el espíritu.

 

Así como ir a comer al refectorio colma mis apetencias (y hacerlo en silencio me place, porque si no parecería, inconvenientemente, ese momento estar en un restaurante cualquiera), la asistencia a los oficios, por el contrario, me satisface relativamente. Sí hallo placentero, desde un punto de vista estético, escuchar al inicio de laudes, sexta y vísperas los diversos himnos. En la antigua, cuadrada y muy linda capillita, alegrada por una talla de Santa Escolástica, comienza a cantarse la primera estrofa con la voz sola del hermano Martín, melodiosa y armónica, agraciada con cierta disonancia. En la segunda se incorpora el coro de todos los presentes; en la tercera vuelve a cantar solo el hermano Martín, y en la cuarta y la quinta participa nuevamente el conjunto. Pero los recitativos, sobre casi siempre un texto de los salmos, destilan un efecto un poco coñazo. Ahora mismo, muchos de los contenidos de esos textos son políticamente incorrectos, proclamando la necesidad de desangrar un novillo sobre los altares, o alabar la acción de ese odioso dios de Israel (un dios considerado en su tiempo dios de su pueblo, pero no único), encargado de aniquilar a todas las mujeres embarazadas, a todos los primogénitos, a todas las cosechas, para no hacer prosperar a los enemigos egipcios. ¿Por qué tuvo el cristianismo que depender siempre del judaísmo? De este modo puede considerársele una subreligión, una secta de la religión judaica. ¿Por qué no se quedó sólo en los Evangelios, en el Nuevo Testamento, como norma exclusiva de su doctrina? No le falta razón, por este motivo, al artista alemán Joseph Beuys cuando se queja de que el mensaje genuino de Cristo aún no se ha puesto en marcha. El problema que tiene El Paular, para atraer a los visitantes, o a cierto número de ellos, de momento es insubsanable; es no haber renovado esa burocracia litúrgica por la que están secularmente atenazados. Sería bueno que adoptasen esa tendencia protestante, reflexiva. Escribía en uno de sus diarios Ernst Jünger que las confesiones católica y protestante no se irían a unir nunca a no ser, ¡jaja!, que la Iglesia Católica hiciese santo a Lutero, jaja. ¡Sería la repanocha!

 

Pero yo estoy contento de mi convivencia durante unos días con estos ocho monjes. Son simpáticos, agradables. Apenas salen, están muy sujetos a las horas. Por eso, su intensa vida monástica los torna, en mi humilde opinión, encantadoramente pueriles.

 

Esta noche me tomaré una dormidina, a ver si tengo suerte.

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