‘Intemperie’. Carrasco sabe a Delibes y tiene un hedor clásico

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¿Por qué no hay lugar en Intemperie? ¿Por qué por no haber ni siquiera existe el tiempo y tampoco los personajes contienen nombres? Infinita intemperie. Sólo un niño que se pierde y un pastor que lo recoge como si una oveja descarriada fuera, un alguacil que esconde una tragedia y un ayudante sin sombra. ¿Por qué Carrasco buscaste la lucha del hombre por el hombre en medio de ninguna parte? Esta intemperie sólo puede darme un sabor, el de un Delibes que describe parajes campestres, el de un Cervantes imaginativo y furtivo, el de Unamuno en la búsqueda del bien, el de un Machado que habla de soledades y campos castellanos, el de Baroja y su lucha por la vida. Carrasco sabe escribir a sangre a fuego, con un hedor que perdura, que sin desvelar misterios siente y padece sus personajes por dentro.

 

Un halo religioso en Intemperie: un pastor con ovejas, y, sin embargo, una soledad completa y un término sin fin. Ovejas orientadas hacia el Norte, un lisiado de una aldea perdida medio Judas y un niño que deja de ser niño para convertirse en hombre perseguido, en superviviente, en contra del mundo que le rodea. Jesús Carrasco has acertado, diste en la diana del alma humana, aún siendo tu primera obra, porque como dicen por nuestra tierra, Extremadura, ‘sabes cantar jondo’. Tal vez me faltara el castúo o La Naciencia de Chamizo, una encina o un pozo ciego para completar una escena extremeña, da lo mismo, Intemperie es universal sin tiempo, sin lugar, sin nombres… Pero este niño, tu protagonista, es y será el niño sin nombre que perdido fue hallado y hallado fue perdido. Roto en su inocencia le has dado vidaCarrasco, enhorabuena por tu novela, señalaste con el dedo a los débiles, a los que vagan en soledad, a los perdidos…

 

 


Fátima Margu nace en la antigua Emérita Augusta (Mérida, Extremadura) un caluroso verano de 1981. Ha trabajado como profesora de Universidad, periodista e investigadora. Aficionada a Internet y eterna alumna con una única vocación: cuestionarse qué está pasando para procurar llegar a la Verdad de las cosas. Alma viajera, siempre con la intención de hacer extraordinario aquello que para muchos pasaría desapercibido porque no se pararon a observar la belleza o el trasfondo que una instantánea puede condensar.