Interludio de invierno

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Quizás nunca vuelva a escribirse como estos días: con tanto deseo de dejar constancia íntima de lo que ocurre. «Nuestra vida es ordinaria y al mismo tiempo mítica», enseña Natalie Goldberg, «y vale la pena registrar sus detalles». Registrar que llueve y nieva sin parar en casi todo el país; que la primavera se desbarata; que se pierde todavía más la noción del tiempo y las estaciones.

España suma centenares de almas que dejan sus cuerpos cada día por la epidemia, y cada día millones de ventanas se abren a la vez, cuando ni los crepúsculos de ceniza, ni las noches anaranjadas de lluvia pertinaz pueden con las llamas de las velas, los aplausos de fervor en los vecindarios, las conversaciones entre balcones como guirnaldas del consuelo.

Este paisaje invernizo de abril se convierte en el colmo gris del confinamiento. Y encima, la lluvia. «Llora en mi corazón como llueve en la ciudad», dijo Verlaine. Cuando pase este interludio de invierno vendrán como siempre los cielos rasos y ralos de nubes, el resol en las fachadas. Pero en vez de avivar la esperanza del buen tiempo, parecerá una ironía meteorológica: la naturaleza sigue su marcha a pesar del futuro incierto, el desasosiego humano, las avenidas por donde los animales campan a sus anchas.

Jabalíes, patos, cabras, pavos reales. Han dejado de ser una mera gracia silvestre y exótica para convertirse en la constatación de que el mundo es una selva de helechos arborescentes que crece, cuando se deja, como un bancal yermo y olvidado. ¿Qué intuirán cuando se arrancan de sus microclimas y cruzan un paso de cebra, una vía principal de duro asfalto sin que nadie les espante? ¿Qué pensamientos como centellas pasarán por sus cabezas?

«Al leer la noticia del desmoronamiento de la torre de la iglesia, a los lectores también les gustará saber a dónde diablos se llevarán ahora los nidos las cigüeñas», escribió el periodista José Luis Alvite. Más allá de los datos, en el corazón de los hechos, habrá quien se pregunte desde el alféizar de su ventana frente a un parque frondoso si las palomas echarán de menos las migajas de pan que les regalan esos ancianos que hoy tampoco las visitan. «¿Qué puede haber de sacrilegio periodístico en añadir a los hechos concretos las sensaciones emocionales que suscitan?».

«La nobleza literaria del periodismo», dice el escritor Antonio Muñoz Molina, «puede no ser menos alta que la de la poesía o la novela». Regresarán los ancianos a los parques y las palomas acudirán a ellos deseosas. Y los detalles de la vida que entonces se registraron serán fósiles mañana: patrimonio de un tiempo mítico, cuando se lea que los humanos vivieron encerrados y los animales no se privaron de hacer uso total de su libertad.

 

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