Intrusos

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Estamos en una piscina pública. Hay mucha gente, y en la cafetería están asando sardinas, y los niños corren en la piscina que tiene forma de riñón. Nada fuera de lo normal. Nada que no haya ocurrido miles de veces. Hay sitios peores. Vi una vez una foto de una piscina pública japonesa que parecía un cuadro del Bosco: sólo se veían cabezas fuera del agua, cientos de cabezas que miraban a todas partes y parecían pertenecer al mismo cuerpo monstruoso que ocupaba el fondo de la piscina. Esta piscina está mucho mejor. Tiene zonas de césped. Tiene una piscina cubierta al lado. Tiene todo lo que hace falta para soportar un día de bochorno. Uno agradece estar aquí.

 

Y en esto los vemos. Son siete u ocho bañistas que chapotean en el agua: tres hombres, dos mujeres y varias adolescentes. Tienen la piel muy oscura y los rasgos exóticos. Hablan –a gritos- un castellano entrecortado. Por alguna razón, no parecen terminar las frases, como si bastara iniciar una frase para que el interlocutor entendiera el sentido completo. Cuando salen del agua la gente los mira. Los hombres llevan tatuajes complicados en los brazos y en los hombros (dragones, serpientes enroscadas, monstruos con las fauces abiertas). Todos, hombres, mujeres y adolescentes, tienen sobrepeso. Una de las chicas lleva un bañador estampado con una especie de tutú de bailarina que le cuelga de la cadera. Mis hijos miran el bañador con asombro, luego se miran entre sí, atónitos.

 

Los bañistas de piel oscura se sientan en unas tumbonas en primera línea. Gritan, hacen bromas, se tocan. Las mujeres se ríen, fingiendo un pudor que sin duda no tienen o desearían ya haber perdido. Las adolescentes van a la cafetería, regresan, vuelven a meterse en el agua. Mis hijos siguen con la vista fija en ellos. El resto de los usuarios de la piscina tampoco les quita el ojo. Parecen intrusos vulgares y ruidosos que se han colado donde no debían. Se nota que no son bien recibidos, aunque la gente finja un desinterés absoluto.

 

Me pregunto de dónde son esos bañistas gritones y con sobrepeso y la piel muy oscura. Quizá son peruanos o bolivianos. No creo que hayan tenido muchas oportunidades de nadar en una piscina. En sus países de origen, una piscina es una posesión muy preciada a la que nunca tendrían acceso. Ellos están acostumbrados a una sociedad estratificada en la que cada raza –o mejor, cada tonalidad de piel- ocupa su lugar, un lugar del que sabe que no es posible salirse si no es a costa de un milagro o de una conmoción social: desde los muy blancos hasta los muy negros, cada grupo tiene su lugar asignado, su puesto en la playa, su zona acotada.

 

Por eso me gusta que esos bañistas estén disfrutando de la piscina. Son vulgares y gritones, de acuerdo, pero no mucho más que cualquiera de nosotros si tuviera que estar en su lugar. No los veo alardear de nada, sino tan sólo disfrutar de algo que hasta ahora les resultaba imposible. Por una vez en la vida, están orgullosos. Por una vez en la vida, son más o menos felices. En sus gestos y en sus risas resuena algo elemental, algo que nosotros hemos olvidado pero ellos todavía no han podido olvidar: la vida es breve, todo se acaba, y lo poco que tenemos debemos disfrutarlo porque mañana nadie sabe lo que puede ocurrir.

 

Los intrusos lo saben bien. Y su felicidad también debería ser la nuestra.