Inventando excusas

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Todos hemos tenido alguna vez la tentación de inventar mil excusas: quitarnos el pijama del aburrimiento y salir despavoridos sin importar dónde. Un paseo por el Retiro ahora que el otoño ya asoma, sentarnos en un banco tal vez con un libro contemplando como la vida discurre con su inefable parsimonia, o simplemente mirar al cielo y jugar con las nubes inventando personajes como cuando éramos niños. Cualquier cosa si conseguimos darle esquinazo a esas tantas obligaciones irremediables que te zarandean y se acumulan mientras miras a otro lado despreocupada sin encontrar el momento justo de ponerte con ellas.

Sé de lo que hablo, a mí me pasa todos los días. Enumero las tareas, me organizo mentalmente deambulando por entre los renglones de listas imaginarias, de hoy no pasa me digo, y al final el tiempo se me escurre de las manos más perezoso aún que yo. Trato de justificarme, pensando que lo mejor sería seguir un orden, considerar las cosas más urgentes en primer lugar y dejar las menos importantes para otro día, que alguna distracción mientras trabajo tampoco puede hacerme mucho daño, más bien al contrario que tal vez ayude a mejorar mi creatividad. Pero al final es tal mi afán de volar lejos aunque sea con alas de mentira que no me doy cuenta que a poco que me descuide, acabo enredada en diferentes historias incapaz ya de retomar el control de la realidad, no solo del tiempo también de mi misma como tantas y tantas veces me sucede.

Nunca he tenido la casa tan limpia ni los cajones tan ordenados como desde el día que empecé con mis clases de inglés, os lo aseguro. Y es que no falla, basta que tenga que ponerme con las tareas, esas tareas que me traen loca como inventar historias imposibles de astronautas que viajan a Marte o luchar con los verbos irregulares para que se me antoje acabar un cuento de ese libro de Raymond Carver que dejé medio empezado o me entren unas ganas locas de escribir como ahora lo estoy haciendo. Y si no, ponerme al día con Breaking Bad, esa serie que me tiene pegada a la tele desde hace meses o publicar un mensaje importante en el muro de mi Facebook…

He intentado poner remedio quitando distracciones de mi escritorio, tratando que esté lo más limpio y ordenado posible. Fuera bolis que no escriben, notas que no sirven, libros apetecibles: todo fuera de mi vista. Mejor tener la mesa despejada con todo a mano y cada cosa en su sitio, pero ni así…

Lo peor es que no solo son los ejercicios de inglés los que dejo para luego, son tantas las cosas que descuido que a veces me asusto, aplazo antiguos propósitos, me olvido de algunos amigos, cuestiono otros; pospongo importantes decisiones. De nada sirven las listas con las que me entretuve en los ratos de aburrimiento, esas con las que intentaba allanar el camino para alcanzar mis metas, parece como si nada importara. Al final no puedo por menos que sentirme culpable como cuando sucumbes a la tentación y terminas comprando algo en las rebajas que no necesitas, algún trapito de esos de los que te encaprichas y que terminan amontonándose en tu armario sin remedio como se acumulan las excusas para dejarlo todo para otro día.

Ya sé que no es ningún consuelo pero me quedo más tranquila sabiendo que no soy la única en padecer este problema, que son muchos los procrastinadores ilustres que han pasado a la Historia. Leonardo da Vinci por ejemplo, hubiera sido considerado hoy día como un postergador crónico, por no hablar de Truman Capote y Ralph Ellison; otros dos grandes a los que añadir en la larga lista. Y podría continuar con muchos de mis amigos que aunque no tienen la categoría de ilustres tienen la misma facilidad que tengo yo para entretenerse con el murmullo de una mosca.

Se me ocurre que siendo tantos, entre todos podíamos crear un Club Oficial de Procrastinadores. No digáis que no estaría bien… Sería la manera perfecta de defender el derecho a aplazar las cosas hasta que la situación nos fuera más favorable sin una pizca de arrepentimiento. El único pero es que con nuestros antecedentes, seguro que terminaríamos aplazando su constitución “sine die”; menuda panda de vagos. Una pena, porque servidora hubiera sido una socia ejemplar, de eso estoy convencida. Incluso hubiera hecho carrera, la que no hice como contable en mi antiguo trabajo.

Mañana será otro día, una oportunidad de oro para empezar otra vez. Aunque algo me dice que lo haré de nuevo, que volveré a caer en la tentación de inventar mil excusas como ahora hago, arrinconando mis tareas, mientras el tiempo vuela y sigo mirando las nubes y ese reloj de la pared, incapaz de concentrarme.

 

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Foto: Norv Austria

Manuela della Fontana, escritora oculta. Después de trabajar muchos años en el mundillo editorial, rodeada de facturas e impuestos, decidió dar el gran salto y retomar esta “vocación” suya escribiendo con mayor regularidad. Fue entonces cuando empujada por algunos amigos salió a la luz, compartiendo sus vivencias en su blog Soñando con maletas y en las revistas vozed, e Hyperbole donde colabora habitualmente. @enmanuelle2002