Invierno desde la ventana

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Las tardes invernales parecen más proclives a la introspección que otras. Huyo del mal tiempo buscando el cobijo de los libros o de algún amigo que esté dispuesto a escucharme junto a un café bien caliente. Me entra la añoranza cuando me acuerdo de lo sencilla que era la vida antes sin saberlo, no como ahora que andamos todos desquiciados, enmudecidos, refugiados más todavía en nuestros problemas.

Lo peor, es que los días se suceden siguiendo el mismo patrón, sin más novedad que alguna cita nueva que anotar en el calendario, una canción de Tiromancino o de Dalla, o un pequeño logro en mitad de la nada. Estos altibajos emocionales me obligan a mostrarme pese a todo, esperanzada si no quiero yo también sucumbir a la incertidumbre del futuro.

En plena resaca navideña, mientras la gente se lanza a las calles y a las compras como kamikazes, yo vuelvo al verano, a las historias que página a página se fueron escribiendo bajo el sol, y arropada en ese calor, de algún modo revivo. Es como la pataleta de un niño que se esconde debajo de la cama, porque no quiere el puré de la cena. Tal vez la culpa, la tenga Elena Ferrante y la Figlia Oscura, la novela que estoy leyendo, y cuya acción transcurre en un pueblecito italiano de la costa. Sus días de playa, al bullicio del verano, una familia de veraneantes ruidosos le lleva a replantearse su vida a Leda: la protagonista. La soledad, pero sobre todo la maternidad, esa parte oscura que tratamos de esconder, pero que termina por aflorar cuando menos lo esperamos envuelve la trama. “¿Será posible que ni siquiera los momentos más felices de nuestra vida aguanten un examen riguroso? Pues así es.”

Por un momento me siento aliviada, mis pensamientos se disipan, vuelan ligeros. Ya no siento el frio del invierno. Ni siquiera necesito la calidez de mi manta. La lectura me devuelve a un estado de ánimo olvidado, hasta camino por la arena con los pies mojados. ¿Cuánto de la protagonista habrá en Elena Ferrante? me digo.  Difícil saberlo, viendo el misterio en torno a su persona. Algún periodista, amparado en su obligación de dar respuestas, se ha atrevido a ponerle nombre, investigando, siguiendo el rastro de su editora. ¿Por qué ese empeño, si su voluntad es seguir siendo anónima? A menudo, nuestra curiosidad de lectores nos conduce a no respetar los deseos de los demás con mil preguntas. Entiendo a la autora, también a mí me gustaría permanecer agazapada si algún día consiguiera publicar. Escondida, ajena a la necesidad de imponer mi libro y mi persona. Lo mismo que ahora hago cuando alguien se interesa por mi vida. Siempre he mantenido que el misterio es una de las mejores bazas para los que como yo brillamos más desde el anonimato.

Ahora que el 2020 termina, pienso mucho en el nuevo año, en la expectativa de 365 días por delante de los que disponer a mi antojo, o eso espero. Un cuaderno en blanco en los que escribir la vida con mi mejor caligrafía. La esperanza de la vacuna, todo depende de ello. Son las tardes de invierno, no yo quien escribe estas notas. Buscaré el consuelo de los poemas de Alejandro Zambra cuando dice:

“Cuatro paredes cuando sopla
el viento:

sin movimientos
o con el solo movimiento de los ojos
un hombre pone su atención
en el suelo

Mañana hablaremos del mar
Mañana cambiaremos el lugar
de esa ventana.”

 

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