Invitación al viaje virtual

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Madrul había viajado algo en su juventud, pero al entrar en la treintena empezó a sentir cada vez mayor pereza por los viajes, y cuando llegó a los cuarenta, entre la mala experiencia que había tenido en un viaje a China y el histerismo del 11-S, tomó la firme resolución de evitar a toda costa las reservas de hotel, las guías turísticas y las tediosas esperas en los aeropuertos, salvo quizá en el verano, cuando no le quedaba otro remedio que volar de Nueva York a Madrid para estar con los suyos.

 

Desde luego viajar a nuevos lugares o visitar países exóticos no le producía ya ningún placer o curiosidad; solo hastío. ¿Para qué desplazarse al Partenón de Atenas o al Machu Picchu –se preguntaba- si los podía ver fotografiados interminablemente en el Internet? ¿Qué importaba pasearse a pie por la Avenida de Mayo en Buenos Aires –se repetía- si ya había un programa en Google que permitía recorrerla morosamente de un extremo al otro? Según recordaba, fue Séneca quien había dejado escrito que uno debe viajar por su interior en lugar de vagabundear atolondradamente de un lugar a otro, aunque Madrul sospechaba que de escribir ahora, el filósofo estoico habría dicho, más bien, que lo que debe hacer el hombre sabio y la mujer prudente es explorar el mundo en Google Earth sin salir del interior de su casita.

 

Así hacía Madrul, al menos. De un tiempo a esta parte todos sus viajes turísticos eran viajes virtuales. Abría su portátil o su iPad y se desplazaba un día a la ciudad de Copenhague, y otro día recorría los pueblos costeros de Cornwall en Inglaterra, perdiéndose acaso por un recoleto y sinuoso camino que llegaba al filo de un acantilado, y de ahí, a lo mejor, se trasladaba inopinadamente a Río de Janeiro, para mirar con nostalgia el paseo de palmeras y la fina arena y las terrazas donde había pasado, muchos años atrás, varias maravillosas tardes con una garota de Ipanema. A Madrul le gustaba rememorar su pasado viajero o ensoñar, recostado en un sofá, algún viaje por el Caribe o por los fiordos de Noruega.

 

Una mañana recibió por email un fantástico regalo de una buena amiga que, sabiendo algo de sus raros gustos y de su condición huraña, le había adjuntado cientos de fotografías hechas en un viaje que había realizado la Navidad anterior. Al principio Madrul no entendió muy bien, pero en cuanto empezó a abrir los archivos cayó en la cuenta de que su amiga simplemente quería compartir con él su viaje a Europa. Un archivo contenía calles y plazas de una antigua ciudad del norte de Italia; otro, una estación de esquí, con un fondo de montaña nevada, entre pinares escarchados y un chalet suizo; otro archivo incluía fotos de la Costa Azul, en un invierno de playas luminosas. El archivo más amplio estaba dedicado a Venecia. Los canales fotografiados no eran los de Guardi o los de Canaletto, tan admirados por Madrul, sino los que había visto, con mucha más singularidad e intimismo, el ojo de su amiga. La mirada se posaba indistintamente en un escaparate con máscaras de carnaval o en uno de las muchos balcones que sobresalían entre la desconchada angostura de los canales, en una góndola turística que cruzaba el Puente de los Suspiros o en la siuleta blanca de dos veleros reflejados blancamente sobre la celeste agua de la Laguna. 

 

Entre las muchas fotos de gente desconocida, le llamó poderosamente la atención un último lote, en donde aparecía repetidamente -casi monótonamente- un hombre mayor sentado detrás de una cristalera, en un café cerca de la Plaza de San Marcos. Estaba en casi todas las tomas de perfil y acodado en la mesa, con una taza en la mano y un aire algo tristón, aunque en una de las fotos se le veía mirando a la cámara -entre los reflejos vespertinos del cristal- con una media sonrisa, como haciendo burla. Madrul había supuesto que el viejo sería quizá algún familiar, pero para su sorpresa se enteró, días después, que su amiga no lo conocía de nada, ni sabía tampoco quién le había hecho esas fotos.

 

Madrul mostró extrañeza. Su amiga se reafirmó en lo dicho. Y, entre risas, añadió:

 

-No sé quién es, pero cuanto más lo miro más me recuerda a ti.

Nacido y criado en Madrid, José Luis Madrigal ha pasado la mayor parte de su vida adulta en el mundo anglosajón. Vivió varios años en Londres y desde 1986 reside en Brooklyn, Nueva York. Es profesor titular en el Queensborough Community College y el Graduate Center de la Universidad de Nueva York (CUNY). Publica con cierta regularidad trabajos sobre atribución textual. En 2002, provocó algún revuelo al proponer que el Lazarillo lo había escrito un humanista toledano, Francisco Cervantes de Salazar, atribución que el mismo desecho años después tras darle muchas vueltas al asunto. Actualmente defiende otra candidatura más fundamentada, pero tras el traspié anterior prefiere no airearla demasiado. Algunos de sus trabajos están disponibles en la red. Digamos para terminar que le gusta leer, conversar con unos pocos amigos afines y contarle historias a su hija de siete años.