Irse (Obertura). Un hombre en tensión: Raúl Guerra Garrido

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Raúl Guerra Garrido. Ilustración a partir de una foto de Eduardo Margareto

“Cuando un amigo se va, cuando uno tras otro se van, cuando sin irse la amistad se afloja. A estas horas de la altanoche, noctívaga y caníbal, sin dormir, leer ni escribir, solo pensando, pienso que sí es posible. A pesar de tanta lucha, desafecto, traición y encono, por una parte, a pesar de tanto obituario pienso que sí es posible”, escribía Raúl Guerra Garrido en Tertulia de Rebotica (2016) titulando el artículo ‘De la amistad’. Claro que de lo que ahora mismo se trata es de la amistad hacia él, que es quien se acaba de ir dejando huérfanos a Maite, a hijos y nietos, pero también a sus amigos. Ha muerto el padre, el esposo, el abuelo y el amigo. Pero no el escritor. Ha salido fugazmente a escena Raúl Fernández Garrido para regresar de inmediato a esquelas, certificados y demás papeleo oficial dejando en la pista a Raúl Guerra Garrido, su alter ego y feraz habitante de mundos. Porque, con su alma funambulista, está especializado en moverse por multitud de dimensiones e infinitos universos paralelos. Cuando ofrece distintas versiones sobre aspectos concretos de su vida no es ni por mala memoria ni por aviesos propósitos, es porque las ha vivido, porque ha experimentado las diferentes variantes.

Lo mismo da que hable de sus distintas primeras veces, o de su iniciación al sexo, ¿hay que explicitarlo? –“Creo que ya llevo publicadas al menos seis primeras veces todas ellas gloriosas (…). Me divierte intercalarlas pero creo que en esta ocasión me pasé de gloria. Esa dualidad del Monte de Venus y la Torre de Hércules es divertimento exagerado”, de esas seis hay dos que vienen inmediatamente a la memoria: la del jardín de Cacabelos (con una extraña) y la de la muralla de Ávila (con otra desconocida, pero alemana)–, da igual, pues, que hable de su iniciación sexual que de distintas citas, aunque sean literarias, pues incurre en lo mismo: se siente obligado a insertar anécdotas o situaciones cien por cien apócrifas. Apócrifas aproximadamente, habida cuenta de que existen en algún libro. Por ejemplo, los suyos. Tampoco tiene empacho en inventarse peripecias o manías. Resulta difícil de aceptar la que le largó a su amigo Ángel Ortiz Alfau para que la incluyera en el libro Raúl Guerra Garrido (1989):

“Me gusta la lluvia, es mi mayor espectáculo del mundo y quizá ahí sí sea raro o extravagante, amo pasear bajo la lluvia y, cuando puedo, corro desnudo por entre los robles del bosque empapándome de lluvia. Algo tan gozoso como la soledad. Me gusta la compañía de familiares y amigos, pero también amo la soledad, hay algo muy íntimo en el hombre que se valora por su capacidad de solitario, lo peor que le puede ocurrir al hombre es estar solo, sí, pero no sé si será todavía peor el no poderlo estar cuando lo necesita. Quien no lo necesita nunca es un tipo peligroso”.

La confesión resulta difícil de creer, pero no imposible, porque el hecho de que haya bailado desnudo bajo la lluvia existe al menos un mundo: el que puso en marcha con la propia confidencia y en el que la lluvia hace de cortina para preservar la soledad. La soledad deseada, que no es más que otra forma de compañía. No como la otra: ¡ay de quien se va, pero ay de quienes se quedan!

Hasta ahora, quien se iba, enviaba crónicas sobre cómo buscó el rayo verde con ansia y denuedo: “Creía haberlo visto –dice en las Tertulia de rebotica– en el mar Rojo, en el Índico, en el Atlántico Norte (…) Lo acabo de ver ahora, en la Punta de las Brujas el quince de junio del noventa”. O refiere lo mucho que disfrutó de chaval en el pueblo familiar de Cacabelos, incluido el encuentro improbable con un alma en pena o el haber presenciado ciertas curaciones milagrosas y recibido fantásticas profecías de boca de una bruja. Por no mencionar el revoloteo que el autor efectúa en el interior de la novela Escrito en un dólar (1983) para inocular en su protagonista –Juan García Malo– vivencias que le son propias. El relato permite, por las mismas, que permanezca eternamente joven con su metro ochenta, su habilidad baloncestística y el pelo a cepillo posibilitando, de esta manera, que madure en esa otra piel hasta adquirir una identidad poco compatible con la del individuo que conocemos como escritor y persona en esta versión del mundo en la que nos movemos habitualmente. Y es que, quien puede, también viaja en el tiempo mezclando el antes con el después y retocando acaso lo que fue o será: “La memoria tiende a ser más creativa que realista”, redarguye el escribidor en Tertulia de rebotica. Quien dice la memoria dice el cuaderno de bitácora donde quedan registrados en sorprendente simultaneidad episodios de diferente tiempo y espacio, como los caladeros de bacalao y las minas de wolframio, que se han cocinado en el magín para alimentar obras como La mar es mala mujer (1987) o El año del wólfram (1984). Hechos, lugares y noticias geográficas o históricas –de su historia personal principalmente– conforman, junto con los territorios de ficción, el mapa en el que se disputan el Norte Magnético su querida ciudad de San Sebastián y el Cacabelos de sus amores. Lo mismo que Madrid o destinos más improbables como Uppsala, ciudad en la que se hallan los jardines del botánico Linneo solo para que el autor los visite en el número de diciembre de 1975 de la revista del Colegio de Farmacéuticos madrileño Pliegos de rebotica:

“—¿Miss Ulla?
—Sí. ¿Está usted ahí? Venga, le estamos esperando. Nos retrasamos por su culpa.
—Lo siento, me había distraído con los dibujos.
—No se preocupe. Son preciosos, ¿verdad?
—Sí que lo son. ¿Falta mucho para Uppsala?
De la mano me incorpora al grupo español, monto en el autobús y desaparezco de mi mismo sin oír la respuesta”.

Y es que Raúl puede desaparecer de sí mismo en México, Brasil, El Salvador o en aquella África de sus primeros viajes juveniles. Porque la visitó. La prueba de que recorrió parte del continente africano se hallaría impresa en el primer número de Pliegos de rebotica correspondiente a mayo de 1975. Así lo asegura el cosmonauta décadas después. Sin embargo, la sorpresa surge cuando el curioso visita la referencia y se percata de que la crónica en cuestión no aparece por ningún lado. ¿Despiste, olvido? No, realidad paralela. Sabemos que el material africano del viajero está en otro mundo porque no todos los mundos están en este. Bastaría con acercarse al recodo adecuado del metaverso para que se desplegasen las páginas de rebotica ricas en los desiertos que van del Sáhara al Sahel. O aquellas que contienen selvas congoleñas, costas de marfil y cataratas Victoria para las más bellas derrotas. Tampoco costaría mucho descubrir el pliegue espacio-temporal donde el eternauta sigue fumando habanos con su amigo Cabrera Infante –“No te Cohibas”, solían decirse–, cuyo Puro humo figura entre los libros de cabecera de todos los Raúles habidos y por haber. Aunque también disfrutan todos ellos del fumar en solitario. Puro en boca –Coronas Mediano de Montecristo, s´il vous plait– se lanza cada noche a escribir en el despacho con la pluma y el humo. A escribir o a la estepa, como le ocurrió durante aquel veguero mítico –“un milagroso Partagás 999”–, cortesía de la traductora rusa de El año del wólfram, que degustaría con especial fruición cierta “noche en la ribera del Volga, a saber dónde”.

En la galaxia de pasados, futuros y futuribles por los que transita el escritor, caben púlsares y pulsos bajo la forma de objetos inexistentes –v.g. el florindo, el cuerno del alicor o el tratado de título creíble Breve historia de Ebain tan inventado como la propia ciudad o pueblo– y cuyo fulgor desaparece una vez abandonados por la mirada lectora. Cabe decir otro tanto de las citas ficticias, firmas falsas y personajes supuestamente históricos, como el sabio tratadista del siglo XVIII Christiani Breithaupt, autor, entre otras obras de carácter ocultista, de un Ars descifratoria sive scientia occultas scripturas solvendi et legendi (1737) que se ofrece al adolescente Raúl para llevarlo a la adultez con un exigente opúsculo titulado Las Nueve Piedras de Toque de la Buena Hombría.

De no ser que el meollo de la tramoya lo constituyan cosas muy concretas y comprobables, como el desayuno de porras con chocolate de cada mañana en cierto bar preferido de Madrid –el Silma–, o la tertulia en el Ateneo, ya sea madrileño o guipuzcoano, el transitar por la Gran Vía, que es Nueva York, o por los caminos de sirga del Canal de Castilla. Sin olvidar los viajes en autobús con los amigos del museo donostiarra de San Telmo picoteando románico aquí o allá al grito de ‘Oh, Mamy Blue, oh Mamy Blue’, canción de guerra y Guerra cuando al frente de las hordas viajeras tomaba al abordaje el autobús. Y es que todo es relativo. También impredecible. Pero con precaución. Ya que Raúl sabe que Einstein, con su Teoría de la relatividad, no está detrás de cada bobada y ocurrencia moral o política que se emite en nombre del relativismo, derivas que denunció durante toda su vida. El mismo sarpullido le producía el concepto de indeterminación, acuñado por Heisenberg, cuando los tontos muy tontos lo empleaban fuera de su campo de aplicación, el de la mecánica cuántica, para trasladarlo a la política o la ética a fin de justificar que lo mismo daría arre que so. Rebuznan luego cabalgamos…

Junto a mapas, inventarios, redomas, taxidermias y taxonomías se agrupan los palacios de las palabras, la arquitectura léxica por la que con tanto gusto y brío camina Raúl. Un Raúl a quien no le hubiera importado ser Adán –si es que no lo es–, un Adán gozoso de asistir al bautizo del mundo para poder nombrar todo su contenido, aunque tenga que conformarse únicamente con alguna parcela de él:

“La alegría de descubrir en el llano venezolano a una mulita, o sea a un tatú, o sea a un armadillo, o sea a un cachicamo, y la posterior de dar con el refrán ‘son como cachicamo llamándole a morrocoy conchudo’, o sea son tal para cual, pues el morrocoy es tortuga (…) Mi verdadera Arca de Noé se llena con Rocinante, Moby Dick, Colmillo Blanco, Tigres de la Malasia y demás personajes, desde mamíferos hasta invertebrados no artrópodos. También ellos están en trance de extinción, pues ese trance es el de la lectura. Puede que ya nadie vuelva a galopar en un caballo cuatralbo, pero confío en que, en medio de la noche virtual, si alguien decide dar un paseo por el campo, aviste la luz gloriosa de una luciérnaga. Con una será suficiente” (Tertulia de Rebotica).

¿Y qué decir de la orgía de peces de La mar es mala mujer (1987)?: “Maragotas, puchanos, reyes, eglefinos, charrascos, caballas mielgas, gardes, perlitas, moros, sapos, tollos, cabras, fogoneros, cariocas, napoleones, durdos, marucas, merlanes, lochas”. El Atlántico en quórum, como remacha.

Claro que, a lo mejor no se trata del Génesis ni del meta ni del multiverso, sino de la simple literatura –quien sueña, novela–, artefacto o máquina del tiempo en cuyas entrañas puede el pendolista ser incluso distintos autores. Autores que no heterónimos. Le ocurrió, le ocurre y le ocurrirá en su amada América Latina, más concretamente en la república salvadoreña:

“Las desnudas paredes de la biblioteca de la Universidad de El Salvador mostraban por igual las huellas de la guerra y los terremotos pero ningún volumen. De ahí que, al finalizar la conferencia, me sorprendiese la solicitud: ‘Si es tan amable, los alumnos quieren que les firme sus libros’. En medio de tal precariedad, el que se hubiesen difundido tan profusamente mis libros era un milagro de la teología de la liberación. Una mulatita de ojos como soles me arrimó el primero, La Celestina, y no necesité la llegada del segundo para comprender la entusiasta metáfora de aquellos jóvenes y mi pecado de soberbia, firmé Fernando de Rojas y me sentí indigno de la representatividad que me otorgaban. Firmé con todos esos maravillosos seudónimos que me permitían usurpar: Roa Bastos, Unamuno, sor Juana Inés de la Cruz, tantos y tantos, y Hugo Lindo, por supuesto, y me emocioné como nunca más ha vuelto a emocionarme la literatura”.

La literatura, ese país. El último destino, probablemente. Hacia él se embarcó el eternauta ligero de equipaje, como los hijos de la mar de aquel otro marinero de tierra. Subió al estribo con la mente puesta en el imperativo categórico que le inculcó el abuelo paterno Bernardino y que fue su vademécum a lo largo de la vida y sus múltiples mundos: “Haz lo que temas”, porque conforme lo vas haciendo, el temor se disipa. Incluso en el último trance. “Si nos anuncian que vamos a morir dentro de media hora, deberíamos seguir viviendo ignorantes del aviso”, le confiaba en 1989 a su amigo Alfau. Y a eso con toda certeza se atuvo el 2 de diciembre de 2022, cuando dejó tras de sí un epitafio o quizá un prólogo: “De dos puertas siempre la cerrada” y “De dos caminos siempre el desconocido”.

Este texto corresponde al inicio del libro Un hombre en tensión. Raúl Guerra Garrido, publicado por Almuzara.