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Israel y Palestina: ni a Dios le interesa esta paz (ni a Alá, ni a Yavéh)

 

“¿Sabes por qué no nos atacan? Porque saben que los machacamos”.

 

Más o menos así, en traducción libre, se expresaba el teniente coronel, pecho hinchado, mentón hacia fuera, gafas de sol negras, sólo una semana antes del secuestro y asesinato de Eyal Yifrah, Gilad Shaar y Naftalí Fraenkel, los tres colonos, adolescentes, estudiantes, judíos, enemigos. Detonador de la última guerra en Tierra Santa.

 

Estábamos en un mirador en la frontera libanesa y el militar acababa de señalar, uno por uno, los pueblos que desde el otro lado, nos estaban apuntando con proyectiles y/o francotiradores. En ese mismo momento. “Un click, y en pocos segundos tú y yo salimos volando”.

 

El oficial de inteligencia israelí tenía en su mente dibujado el mapa completo de la zona, con el número exacto de misiles que, según su versión, Hizbulá tiene desplegados amenazadoramente en las casas, en los centros de salud, en las mezquitas “y hasta junto a las iglesias” .

 

Es la versión interesada de una de las partes en conflicto, la del Mossad, la del Estado de Israel, rodeado al norte, al sur al este y al oeste… por las milicias proiraníes que manejan el Líbano, la guerra sectaria que entretiene en Siria a bandos de musulmanes que, de lo contrario estarían buscando, todos ellos, el modo de atacar Tel Aviv, al norte; una Jordania con enormes tensiones internas que amenazan al rey Abdalá (tensiones que a día de hoy se acrecientan con el Estado Islámico, el llamado IS) y su acuerdo de paz con los israelíes, al este; un Egipto convulso y de nuevo dictatorial, en lucha por recuperar su influencia como líder árabe en la región, al sur; y el mar, al oeste… Y todos los vecinos, más o menos hostiles, están de algún modo comprometidos con la causa palestina, que resuena como una bomba de relojería dentro de su territorio.

 

¿Su territorio? ¿Israel tiene derecho a ese territorio?

 

Según la versión más radical de esa causa palestina, no. Según la más moderada, tampoco, pero ¿quién los va a echar?

 

No se te ocurra hablarle al teniente coronel israelí de conflicto desequilibrado, porque te dirá que los misiles de Hizbulá son tan modernos o más que los suyos. Ni le comentes que su país ocupa territorios de otros países, porque te explicará –pecho hinchado, mentón al frente– que se los ganaron en guerras libradas en defensa legítima. Y, por supuesto, no se te ocurra hablarle de causas más o menos justas, porque se quitará las gafas y te mirará con pupilas profundas y amenazantes para espetarte: “Israel es un estado democrático, y ellos son terroristas”, antes de volverse a calzar las gafas y concluir la réplica: “¿Le tengo que explicar la diferencia?”.

 

Veníamos de unos kilómetros más al este, de los búnkeres herrumbrosos, recuerdo de las guerras que desplazaron la frontera siria. El oficial aún recuerda cuando, hace pocos años, su Gobierno le ordenó dejar de ocupar una franja de seguridad en territorio libanés –“¿ve usted como somos una democracia? Aquella decisión era discutible militarmente, pero los políticos mandan”–, y hoy, eso sí, celebra que las conversaciones con Damasco de 2007 fracasaran. Entonces, el Ejecutivo de Ehud Olmert –hoy condenado a seis años de prisión, por corrupto, pero catalogado como “buen gobernante” por casi cualquier israelí al que uno pregunte–, negoció con Bachar Asad la devolución de los Altos del Golán, ocupados por Israel en la Guerra de los Seis Días de 1967.

 

Entonces, una coalición de países árabes preparaba un ataque a Israel por los tres puntos cardinales posibles. Siria al norte, Jordania al este y Egipto al sur –a los que se unió posteriormente Irak–, cada uno de ellos más grande y poblado que el país de los judíos, trataban de borrar el sionismo del mapa. Pero, atacando antes por sorpresa y con información de inteligencia superior, en esos seis días que dan nombre al conflicto los generales israelíes se hicieron con la Península del Sinaí al sur, los Altos del Golán al norte y la Cisjordania al este.

 

Devolver los Altos del Golán… No hace tanto que se estuvo a punto, pero menos de una década después es evidente que se puede decir que aquéllos eran otros tiempos. Las llamadas primaveras árabes no eran ni una ilusión. Ni sus revoluciones y contrarrevoluciones en determinados países, ni sus guerras civiles en aquéllos en los que, como Siria, el mandamás se negó a claudicar. En su palacio de Damasco, Asad no sólo se ha negado, sino que no ha dudado en masacrar a su población y permitir que su país se convierta en un no-estado repartido a machetazos entre milicias chiíes y suníes que pelean entre sí sacrificando civiles inocentes.

 

Cuando esas conversaciones, para desanexionar el Golán y reintegrarlo a Siria, ésta era una dictadura estable y Asad parecía querer lo que desde tienen los jordanos y los egipcios: no amistad, pero sí paz vía tratado. Unos y otros habían entendido muchos años atrás eso que tanto enorgullece al teniente coronel de las gafas negras: “si vienen, los machacamos”. Asad, por convicción o conveniencia –tanto da en estas tierras– comprendió que era más rentable la calma. Y a cambio, sólo pedía territorio, el perdido 40 años antes.

 

El territorio. ¿De verdad es ése el problema? Porque si ése es el problema, ésa debe ser también la solución.

 

Pero en realidad, si Clausewitz tiene razón, en esta última guerra y en las anteriores, Hamás y el Gobierno de Israel son aliados. Políticamente, estratégicamente aliados. Porque ambos se necesitan. Para odiarse y, con ello, justificar ante los suyos cada decisión.

 

Todas las guerras buscan aumentar o consolidar el poder propio y en todas las guerras la verdad es la primera víctima. Así que si el dinero es poder, cara y cruz tienen las patas muy cortas en un escenario de conflicto donde no se entiende de medios plazos llenos de incertidumbres. Ha habido muchas fuerzas en cada bando, si no queriendo, sí necesitando esta escalada. Por poder o por dinero. O por ambos.

 

La diferencia entre la vida y la muerte, entre la paz y la guerra, es mucho más sencilla a pie de calle polvorienta que sobre la moqueta de los despachos, donde los intereses propios priman sobre el bien común… que a saber quién lo representa en una tierra disputada y con facciones divididas en cada trinchera.

 

 

La génesis de todo

 

La Biblia, uno de los textos escritos más antiguos de la Humanidad, demuestra que esas tierras que pisan unos y otros fueron las que vieron nacer la historia del pueblo judío. Pero, claro, también la del cristiano. Y, por supuesto, la del musulmán. Son tres religiones con una misma raíz, Abraham, y las tres se han disputado en uno u otro momento –desde las cruzadas hasta hoy– el dominio de los valles del Jordán y la ribera mediterránea. Si vendrá de largo, pues, el conflicto que desde que la ONU partió, como el rey Salomón, el territorio legítimo de todos ellos en dos partes para sus actuales moradores, esos 66 años que han pasado, significan poco más del 1% del tiempo transcurrido desde las primeras tribus en la zona de las que tenemos noticias, recibieran la revelación, o no, por un mismo Dios con diferentes nombres para sus diferentes manifestaciones.

 

En nombre de esa divinidad, traducida al Alá árabe, al hebreo Yavéh o al Dios cristiano se han librado y se libran las guerras más sangrientas y crueles. La religión siempre ha sido la zanahoria en el palo de la voluntad del humano –ése ser que el Altísimo hizo a su imagen y semejanza– para cegar la razón y hacer salir los instintos. ¿Siendo, como es, un mismo Dios el de unos y otros, tiene sentido masacrar a los otros y a los unos en su nombre?

 

¿O es la eterna excusa que profetas y elegidos cuelgan de la punta de las lanzas para que se libren sus batallas de poder?

 

No es la tierra, es la prevalencia. Egipto tuvo Gaza bajo su control al inicio de todo, y no por dar amor y cuidados a los palestinos, sino como garantía de que Israel no tocara el Sinaí… y con ello, claro, el Canal de Suez, fuente de riqueza sin par. Cuando Naciones Unidas dividió el territorio y los palestinos no aceptaron la solución, Transjordania se anexionó la otra orilla del río durante casi 20 años (desde el 48 hasta la Guerra de los Seis Días del 67). Y no lo hizo para dar cobijo al pueblo palestino de la orilla occidental, sino para sumar las trans- y la cis- y, así, cambiar orgullosamente el nombre de su reino y convertirlo en Jordania, el país del río que enriquece esas tierras. Y, claro, para tener soberanía sobre las colinas bajo las que dominar Israel militarmente.

 

 

¿De dónde viene este último conflicto?

 

La pregunta, como todo en Oriente Próximo, tiene varias respuestas: según quién las dé y según a quién se las dé; según se refieran éstas al corto o al medio plazo; según se refiera quien contesta al plano político, al social o al militar. O al plano económico que, en realidad los comprende a todos.

 

La respuesta también cambia según el efecto que se busque dándola: si el de aclarar las causas y arrojar luz o si el de enmarañar el asunto y oscurecerlo. Porque si Oriente Próximo es el lugar del mundo en que todos tienen razón, dos verdades (o más) en contradicción son terreno abonado para los intereses alambicados.

 

En todo caso, haciendo un esfuerzo por la asepsia, el conflicto actual en Gaza nace, en el momento inmediato, de un shock inesperado en una sociedad israelí en plena transformación de belicista en consumista.

 

Varios son los aspectos que están cambiando la piel del Estado de los judíos. El primero de ellos, y el más palpable, es que tras casi una década desde el fin de la Segunda Intifada y la relativa calma se había instalado en las calles, la actual generación de jóvenes tiene una conciencia lejana de la guerra y de su necesidad. A esto hay que añadir que Israel tiene una población muy joven (casi un 30% por debajo de los 15 años, y sólo un 10% de jubilados), en constante renovación por la afluencia de inmigrantes, y que la media de hijos por mujer fértil es elevadísima.

 

Otro elemento no desdeñable de la secularización militar del joven israelí es el desarrollismo económico que está experimentando Israel (un 3,8% de media de alza del PIB en los últimos cinco años, menos de un 7% de paro y menos de un 1% de parados de larga duración). Años de calma guerrera unidos a los frutos en forma civil de décadas de I+D militar, planes estatales de innovación tecnológica con un éxito arrollador –Israel tiene más empresas en el Nasdaq que toda la Unión Europea junta– han hecho de esa masiva generación de jóvenes un segmento social pujante, inquieto y cosmopolita, alejado del israelí con conciencia de judío y apegado a una tierra, prometida pero seca, que exige mucho a cambio de poco.

 

Los chips y los bits abren el mundo y, al tiempo que acerca territorios lejanos, aleja los problemas cercanos. Un muchacho de Áshkelon (sur) tiene hoy en día mucho más que ver con un finlandés de Tampere que con un habitante de su muy vecina Gaza. Pese a ser étnicamente lo mismo y vivir a pocos kilómetros, sus intereses y problemas están mucho más cercanos a ese chico escandinavo con el que intercambia archivos encriptados a miles de kilómetros.

Era la israelí, pues, una sociedad relativamente satisfecha con el statu quo de calma por calma que imperaba hasta finales de junio.

 

A esos jóvenes que aprovechaban en oportunidades de empleo interesante y con perspectivas de futuro la coincidencia entre la pacificada realidad y su lejanía a la dialéctica y a la lógica del conflicto había que unir a sus padres. La generación cuarentona, todavía traumatizada por los autobuses reventados de pólvora, metralla y sangre, los cafés convertidos en montones de cascotes y vísceras, y los años de angustias ante cada persona con rasgos o sudores nerviosos que se les cruzaba por la calle ha visto esta última década como una extraña mezcla de promesas cumplidas, pues a la tierra con ríos de leche y miel se añadía el maná diario de la tranquilidad.

 

La Segunda Intifada no fueron piedras contra bombas, o no sólo, sino terrorismo suicida de entrañas explosivas en la calle contra civiles inocentes. Y esos israelíes, una década después, no querían que ninguna de las dos partes en conflicto hiciese nada que volviera a traer algo así. Ni del lado palestino ni del lado del Gobierno israelí.

 

Por eso, jóvenes y maduros, en realidad, lo que aplaudían era la verja de seguridad –el conocido muro de Cisjordania– que, en su concepción de la realidad, los ha librado de más atentados. Porque en Israel, más que la paz, lo que cuenta es la seguridad. Porque en el convulso Oriente Próximo más que lo importante lo que cuenta es lo urgente.

 

Unos dos tercios de los israelíes creen que la mejor solución es la de los dos Estados. Y así viene siendo los últimos años. Pero un porcentaje aún mayor considera que es imposible en un plazo considerable. Así que, en el entretanto, teniendo como tienen la posición cómoda en la pelea y todas las de ganar gracias a su poderío militar omnímodo, repleto de tenientes coroneles con mentón de acero, nada mejor que prolongar la situación de antes de esta escalada: calma por calma, no hay muertos, no crece el gasto militar, enemigo aplacado, y a lo nuestro.

 

 

¿Y en Gaza? ¿Qué llevó a los gazatíes a esta escalada?

 

Si no cada día, sí al menos tres veces a la semana sonaban las sirenas en las ciudades y los kibutz cercanos a la Franja. Cohetes y misiles lanzados desde posiciones de Hamás y la Yihad Islámica en barrios de Gaza volaban hacia el cielo israelí. O bien caían en terreno baldío o bien eran interceptados por el escudo antimisiles de las Fuerzas de Defensa de Israel (conocidas como IDF, por sus siglas en inglés). El sistema, llamado cúpula de hierro, es producto de una inversión de más de 1.000 millones de dólares y se ha desarrollado con el ejército estadounidense –cuyo Gobierno ha ampliado recientemente, durante la Operación Margen Protector, en otros 250 millones–. Su efectividad, que frustra casi cualquier ataque certero, y una especie de costumbre cansina, hacía que esos lanzamientos esporádicos no fueran respondidos.

 

Pero en Gaza las condiciones de vida empeoraron en el último año de manera exponencial. El aliado egipcio se había convertido en rival, tras el golpe de Estado con el que el general Al Sisi desalojó a los Hermanos Musulmanes el año pasado. Si bien con Mursi en el palacio de El Cairo nunca se abrió del todo el paso de Rafah, al menos los túneles de contrabando fueron respetados, lo que alimenta de impuestos al Gobierno gazatí de Hamás y le financiaba los sueldos de sus funcionarios. Después de julio de 2013 y Al Sisi eso acabó.

 

Pero al tiempo y hasta que eso ocurrió, contar con la Hermandad en el Gobierno vecino había alejado al movimiento islámico –y consecuentemente a los gazatíes a los que gobernaba– de las economías más preeminentes del Golfo. Mientras, su entrega al compañero natural era vista como traición por los pretéritos aliados de Hamás: Irán y la milicia chií libanesa de Hizbulá –a la que financia y alimenta de armas–, y la Siria de Asad…

 

En todo caso, ambos actores, sirios e iraníes, están más concentrados en sus problemas que en atender los ajenos, por muy estratégicos que fueran en el pasado: el dictador alauí bastante tiene desde hace unos años ya con su guerra interna, y Teherán está inmersa en su proceso de lavado de cara internacional para lograr desestrangular su economía de las sanciones por su programa nuclear. Esto quedó demostrado cuando alguien al otro lado de la frontera libanesa puso el 11 de julio en alerta a nuestro teniente coronel con el lanzamiento de dos misiles a la fronteriza localidad de Metula. Acababa de empezar la guerra de Gaza y muchos temieron que se abriera también el frente norte. Pero no fue así: otro alguien debió de pensar que por encima de lo importante estaba lo urgente, el IS (todavía ISIS), la guerra civil de Asad contra éstos y otros rebeldes, la calma chií auspiciada por los ayatolás con Estados Unidos…

 

Sola, bloqueada, empobrecida y sin aliados a mano, Gaza, que ya era una enorme cárcel al aire libre, ahora veía a sus casi dos millones de habitantes (unas 3.400 personas por kilómetro cuadrado) en forzosa huelga de hambre.

 

Una vía de escape desesperada podía ser hacer una humillante llamada a Ramala para tratar de llegar a un acuerdo con Fatáh, pedirle ayuda al hermano Abbas, pese a ser laico, político y pacifista, lo que pone en riesgo la legitimidad de la lucha palestina, al menos tal y como la entiende el movimiento islámico –o grupo terrorista, según quién lo cite–. Y eso se hizo, se pactó un Gobierno de unidad… Pero ya veremos luego cómo.

 

 

Actores de un ¿proceso de paz?

 

El fracaso de las conversaciones de paz auspiciadas por el secretario de Estado de Estados Unidos, John Kerry, juega un papel lateral pero no desdeñable en todo esto. Porque todas las partes las daban por inútiles y teatrales desde su inicio. El Gobierno de Tel Aviv no iba a arriesgar sin saber bien para qué, y su ejército, repleto de pecholobos curtidos en verdadero combate palmo a palmo de esa tierra, creía (y cree) que la política de la Administración Obama es “todo menos pacificadora de tan buenista y pacifista”. Así lo dicen los uniformados off the record y, ante cualquier micrófono, Netanyahu. El primer ministro, además, si no se fiaba antes de unos palestinos divididos, jamás podría fiarse (ni tan siquiera aparentarlo) de unos palestinos unificados… con Hamás en la ecuación. Un Movimiento de Resistencia Islámico cuya Carta Fundacional [aquí en castellano] lo define como una organización que “lucha por alzar el estandarte de Alá sobre cada pulgada de Palestina” con argumentaciones fundamentalistas y negacionistas del laicismo, que entregan toda fuente de razón y ley al Corán y que se autoproclama “uno de los eslabones de la cadena de la lucha contra los invasores sionistas”.

 

Y los palestinos malamente se podrían fiar de un Gobierno israelí liderado por un halcón Netanyahu que parece paloma entre sus aliados de coalición. Partidos como Habait Hayehudi (La Casa Judía) o Yisrael Beitenu (Israel Nuestra Casa), de un nacionalismo sionista exacerbado y que defienden abiertamente un Estado judío unitario en todas las tierras que, para no pelearse, todos llaman Tierra Santa, o que comparan a conveniencia la diáspora sefardí de 1492 al problema de los refugiados palestinos de 1948…

 

Pero, eso sí, el cierre fallido de esas conversaciones anticipó la quiebra de un statu quo. Esa tácita calma por calma inestable estaba llamada a romperse, porque nadie negociaba lealmente, sino forzando el cabreo del rival –unos impulsando colonias en Judea y Samaria, o sea Cisjordania, y otros forzando fuera, en la ONU, lo que no ganaban dentro, en la mesa de negociación– para poder romper la baraja, porque en realidad la situación no estaba basada en nada tangible y, sobre todo, porque a pocos convenía que se perpetuara. Porque del inmovilismo nadie saca provecho, y de estarse quieto en la molicie no se mueven los juegos de ventaja.

 

 

Hamás y Fatáh

 

De hecho, hay algo de guerra civil vicaria en todo esto. Las rencillas entre Hamás y Fatáh no sólo estaban basadas en su enfrentamiento por el liderazgo palestino, o en su condición de islamistas o seculares de unos y de otros. En el Gobierno de Ismail Haniya desde la Franja residía un gran desprecio a Mahmud Abbas por traidor. Se le consideraba un acomodado entreguista, un vendido al dinero americano. Cuanto más negociaba por la paz, Kerry mediante o acudiendo a la llamada del Papa Francisco al Vaticano, más débil se lo pintaba en la hambrienta Gaza. Es la paradoja del que busca la paz en esta región: cuanto más lo haces más te alejas de ella.

 

¿Entonces, el Gobierno de coalición? Ese pacto de la primavera de 2014 entre Hamás y Fatáh fue recibido por Israel con rechazo indisimulado. Por Fatáh, como una victoria silenciosa. Y por Hamás y sus cuadros, como una peligrosa derrota táctica. Muchos temían que los lugartenientes de Abbas en Ramala, al tomar control de la Franja, en virtud del pacto de gobierno, trataran de vengar la masacre de 2007, cuando la victoria electoral de los de Haniya un año antes tuvo que ser hecha respetar a base de empujones desde azoteas y mediante la infalible dialéctica de atar al rival de los tobillos a un todoterreno en marcha por las calles de Gaza City.

 

Para evitar esa humillación del primer ministro gazatí, Ismail Haniya, y de los suyos, para eludir ese enfrentamiento entre hermanos, no había mejor defensa que un buen ataque, desviar el foco; y qué mayor muestra de fuerza que la de unirse contra el Estado judío y escenificar ante el mundo la debilidad palestina ante la entidad sionista ocupante y opresora. Era necesario reunir fuerzas contra el enemigo común. El de los palestinos y el de todos los árabes, enfrentados entre sí por dominar la región, pero en parte dispuestos a detener sus cuitas si se presenta la ocasión de golpear a Israel.

 

De ahí, el incremento en la frecuencia y en el alcance de los misiles lanzados hacia Israel. Aunque al principio Hamás no reconociera su responsabilidad directa en los ataques.

 

De ahí, el aliento al secuestro de los tres adolescentes del desde el mismo 15 de junio, pese a que los cuadros de Haniya siempre negaron haber participado de ningún modo en los hechos.

 

Y de ahí la celebración, cohetes en ristre, del hallazgo de sus cadáveres.

 

Y como en Oriente Próximo todo acaba siendo lo que parece –porque dependiendo de a quién le parezca, algo es o no es–, de ahí la asunción, dos meses y dos treguas después, 2.200 muertos después, de la autoría del triple crimen que actuó como detonante inmediato de esta guerra por etapas. El orgulloso dirigente de Hamás que el pasado 20 de agosto presumió de la “heroica acción de las Brigadas Izzadim al Kassam” fue Saleh al Arouri, un líder del movimiento islámico refugiado en Turquía. Lo hizo en una escuela pública de estudiantes islámicos, amparado por el régimen de Erdogan… Lo que nos lleva al papel de las potencias regionales en este conflicto, que trataremos después.

 

Así que, deslegitimada en casa, con sus líderes viviendo cómodamente en Estambul o entre los petrolujos de Qatar mientras sus casi dos millones de civiles –en su mayoría niños y mujeres– sirven de escudos humanos para lanzaderas, depósitos y almacenes bélicos, Hamás se veía en la sencilla encrucijada de huir hacia la guerra ya iniciada una vez más o empezar a perder de verdad influencia en su pedazo de tierra. ¿Iba a presentarse como pacificadora si las hostilidades ya estaban abiertas? ¿Cómo no unirse, y liderar, la resistencia? ¿Cómo no endurecer el discurso y tratar de embarcar en la ruptura violenta al pactista de Ramala?

 

Fatáh, la facción que gobierna Cisjordania, tampoco es monolítica. La figura de Abbas está en entredicho y sólo el temor de muchos a lo peor por conocer lo mantiene como lo malo conocido en el poder. Su estrategia pacificadora ha venido mejorando muy lentamente la calidad de vida en los territorios ocupados de Cisjordania y, lo que es peor, sólo lograba que retrocediera el apoyo popular a la solución de los dos Estados. En un no-país con las estructuras sociales caóticas por fuerza y las administrativas irregulares (si no corruptas) por voluntad, es muy difícil creer en la veracidad de encuestadores y encuestas. Pero si un año atrás una mitad larga de los habitantes de Cisjordania se mostraba favorable al pactismo de la Iniciativa de Ginebra y su contraparte palestina, la Coalición Palestina por la Paz, al inicio de este verano –antes de la guerra en Gaza– los últimos estudios sobre el terreno decían lo contrario: menos del 30% de los preguntados creían ya en lo valioso de caminar por esa senda.

 

Tampoco ayudaron las desmedidas operaciones militares israelíes en Cisjordania en busca de los secuestrados y sus captores, ni el salvaje ataque de radicales judíos a un chico árabe en Jerusalén este, al que apalearon y quemaron vivo desde las entrañas, en supuesta represalia a la muerte de los tres estudiantes judíos de Cisjordania. Todo ello cebó el temporizador explosivo de una comunidad hastiada y de una ciudad, la capital espiritual del mundo, dividida en rencillas, religiones y dominios. Otra vez, piedras contra armas automáticas, cócteles molotov frente a tanquetas… y Gaza como telón de fondo.

 

El 6 de julio, los bombardeos del Tsahal sobre la Franja mataron a siete líderes de Hamás. La guerra abierta ya podía ser declarada y los halcones de ambos bandos podían poner precio a sus apuestas. Así que el día 7, Israel le puso nombre: Operación Margen Protector. Y así Hamás ya tenía, de verdad y ante las cámaras en directo del mundo, su resistencia.

 

 

¿Quién quería guerra?

 

Dentro de Israel, es evidente que había fuerzas más interesadas que otras en este gasto en armas de dos meses. La industria bélica, por ejemplo, muy poderosa en el país de los judíos, necesita probar sus innovaciones. En los últimos 10 años las alrededor de 600 empresas que se dedican a desarrollar tecnologías, software, hardware y equipos de seguridad en Israel han más que duplicado sus exportaciones, siempre después de presentar novedades en operaciones militares contra las comunidades palestinas. Así, desde 2002 hasta hoy han pasado de vender 2.000 millones de dólares en el exterior a hacerlo por más de 6.000 millones. En ese tiempo, las Fuerzas de Defensa Israelíes (IDF) libraron la Segunda Guerra del Líbano, en 2006, y las operaciones Plomo Fundido en 2008 y Pilar Defensivo en 2012. En todas ellas, como en las películas de acción, se introducía un arma nueva, sistemas de espionaje, drones, escudos antiproyectiles, y misiles, como el Tamuz, capaces de fijar y acertar con eficacia un blanco en movimiento.

 

El gasto militar israelí, el segundo del mundo en porcentaje de PIB (6,2%), no es suficiente para sostener a esas empresas que desarrollan tecnología tan puntera como la que precisan las IDF. Cuánto más se venda fuera más rentables serán estas compañías, contratistas del Estado israelí, y más barato podrán venderle material a su propio Ejército. Los intereses comunes están claros. Otros grupos interesados en que se rompiera el statu quo eran los propios socios de Ejecutivo de Benjamín Netanyahu. Hasta la moderada ministra de Justicia Tzipi Livni, de Hatnuah (antes en Kadima, antes en Likud) daba por bueno el ataque y exige ahora que “Hamás no saque nada políticamente de esta tregua”. Y tenía guasa que fuera el halcón del Likud quien menos ganas mostrara entre su equipo de Gobierno de atacar y machacar al enemigo. Avigdor Lieberman, ministro de Exteriores y líder de Yisrael Beitenu incluso rompió la asociación con el Likud con la que concurrieron a las últimas legislativas de 2013 (Likud-Beitenu). Su compañero de partido, Yitzhak Aharonovich, ministro de Seguridad Interior, tampoco ha perdido ocasión de criticar en público a su líder de Gobierno. Lo mismo que Naftalí Bennett, titular de Comercio y un grano a la derecha del Likud, que se presentó como guardián de la practicidad al frente de las listas de La Casa Judía.

 

Ésos y parte de la oposición, partidos que ni siquiera ellos mismos creen lo que dicen, pero que sacan ventaja de su discurso y otros, tradicionalmente pacifistas y pactistas, como Meretz, que en esta ocasión opinaban sobre el ataque a Gaza como una necesidad justificada de autodefensa y una respuesta proporcionada al desafío. Y es que una mayoría de la sociedad israelí, como ya hemos dicho, no sólo quiere el acuerdo de los dos estados, sino que se confiesa de centro izquierda, pero como todavía más israelíes no creen que el acuerdo sea posible, no votan a quien mejor lo gestionaría seguramente –y quién más cerca lo ha tenido en el pasado, como el asesinado Isaac Rabin y el glorioso general desprestigiado como político Ehud Barak–, es decir el centro izquierda, sino que prefieren votar al que gestionará seguro con más eficiencia inmediata la no-paz, la derecha más o menos intransigente.

 

 

¿Y quién no la quería?

 

En Israel, ya está dicho, la calle, la sociedad que prefiere sus negocios a la sangre. Aunque la costumbre de décadas instala rápido un sentimiento de inevitabilidad acrecentado por una especie de pensamiento único que gobierna el país y las conciencias. Éste espíritu que sobrevuela toda la tierra prometida tiene mucho que ver con la conciencia judía de ser a la vez los elegidos por Dios y los perseguidos por los hombres, dualidad que ha forjado una identidad heterogénea pero única, la de la civilización humana normalizada más antigua conocida. Y con ello, una autoproclamada superioridad moral más o menos exacerbada, según quién la ejerza (y cuánto la reconozca).

 

En los Territorios Palestinos, sin duda, la guerra no la quería Fatáh. O, mejor dicho, su dirección, y con ella la Autoridad Nacional Palestina (ANP).

 

Como ya se ha dicho, Mahmud Abbas, al frente del Gobierno palestino en Cisjordania, mantiene una inconfesada alianza tácita y de facto –e inadmisible, en todos sus sentidos etimológicos– con Tel Aviv y Washington. Con los estadounidenses, porque a cambio de la calma llega financiación y, con ella, cierta prosperidad que, en su fuero interno, lleva al líder de la ANP a confiar en futuras generaciones de clases medias pacificadas, ecosistema más proclive al acuerdo definitivo en confianza. Y con los israelíes, porque Abbas es un hombre pragmático y de paz, que ya alentó en el pasado a Yasir Arafat a cerrar el acuerdo de Camp David con Bill Clinton y Barak y que sabe que no hay nada que heredar de una tierra seca si además es arrasada por las bombas y el odio.

 

Algunos de los líderes de Hamás exiliados en el exterior, de hecho, han maquinado para acabar con la ANP y su bienodiado líder, Abu Mazen. Así, el citado Saleh al-Arouri, acogido por el régimen de Recep Tayyip Erdogan en Turquía, lideró hace pocas fechas el intento de eliminación del sucesor del indiscutible (aunque muy discutido) Arafat. La posición de Ankara es privilegiada como puente entre los mundos que separa el Bósforo. Pero el juego de emisario privilegiado entre Occidente, cristiano y cliente, y Oriente Próximo, musulmán, convulso y proveedor, precisa de equilibrios que se hacen sin red, pues las fronteras turcas hierven: las reales, Irak y Siria, y Palestina, la elegida por el Erdogan para jugar un papel preponderante en la región.

 

¿Es equilibrado ser islamista gobernante en un país beligerantemente laico, primer ministro y presidente, democrático y autoritario con la oposición? ¿Es equilibrado amparar a dirigentes de un “grupo terrorista” que combate contra el aliado en la región de tus aliados en la OTAN? ¿Es equilibrado estar en la OTAN a la misma mesa que quien financia y patrocina al enemigo de tu hermano musulmán? ¿Es equilibrado dar cobijo y altavoz entre tus estudiantes a un movimiento islamista como tú, pero que trata de matar al único líder que negocia con tus aliados, líder con el que además esa agrupación acaba de formar gobierno?

 

 

¿Qué buscaban y qué han logrado?

 

Así que, en realidad, ¿qué buscaban unos y otros sacar de esta guerra? ¿Qué ha buscado Israel con este ataque salvaje en Gaza? Es evidente que no la paz. Ni siquiera la seguridad… Acaso más sensación inmediata de ella, obligando a Hamás a empezar de cero una vez más, y calmar los ánimos de los suyos, de algunos suyos, muchos o menos según a quién preguntes (y cuándo lo hagas, y lo que le convenga contestar, ya se sabe), que exigen castigo efectivo para el enemigo. Para responder a esta pregunta hay que remontarse al inicio. A finales de junio, cuando los tres adolescentes desaparecieron repentinamente cerca de Hebrón, en Cisjordania, en una acción inesperada y en los últimos tiempos inédita.

 

Tanto que hubo quien llegó a sugerir que el rapto de los muchachos era una acción encubierta del Mossad o del Shin Beit (las agencias exterior e interior de inteligencia israelíes) para poder culpar al enemigo y forzar un escape a tanta tensión acumulada.

 

La capacidad demostrada y la frialdad de que se acusa a ambas agencias no sirvieron para desmentirlo, ni siquiera cuando aparecieron los cadáveres. Porque en el fondo, el Estado israelí, su Gobierno y sus poderes fácticos no perdían y sí ganaban con una refriega más o menos grave: el Ejército cuyo enorme presupuesto se cuestionaba desde los grupos de indignados que, basados en el 15-M español, tomaron en 2011 las calles de Tel Aviv para reivindicar más servicios sociales, sueldos acordes a la carestía de la vida y menos drones, misiles y cúpulas de hierro, salía ganando; Netanyahu, cuya imagen en el mundo es de intransigente, era acusado de blando por sus propios socios de Gobierno, y no estaba logrando tensionar a su electorado con el acicate constante del fantasma iraní, pues Teherán queda algo lejos de Tel Aviv y más si una sociedad con ansias de calma atisba un cambio de actitud en los ayatolás, sentados milagrosamente a una mesa con Barack Obama. Así que el primer ministro, pese a sus reticencias iniciales, se convenció de que en la práctica, atacando al enemigo cercano y reconocible, también ganaba. Y aprovechó la ocasión para machacarlo.

 

Así que militarmente Israel ha sacado pecho y bruñido el rasurado mentón de sus oficiales machacando al enemigo, sus estructuras y la moral de su tropa y ciudadanía. Esto también lo explicaba Clausewitz. Y políticamente ha justificado el servicio militar de tres años y la necesidad de que todo siga como está por el bien y la estabilidad de su democracia.

 

La industria armamentística, los ideólogos sionistas y la matraca sistémica judía necesitaba esta pelea, demostrarse poderoso, alimentar la demanda militar, hacer visible el miedo y demostrar que la realidad es la que es: que la paz es imposible y que es culpa de ellos, los que “no pierden ocasión de perder una ocasión”, los palestinos, incapaces de reconocer el derecho de Israel a existir y cuya autoridad no aspira a prosperar y democratizarse sino a reclamar ayuda internacional para dilapidarla en recursos terroristas y formación de asesinos fanáticos… más o menos.

 

Y ¿qué trataba de sacar Hamás con este enfrentamiento sostenido y ahora directo con Israel? Por supuesto, no mayor prosperidad para Gaza, ni un Estado Palestino –cuya realización no aparece expresamente en la citada Carta constitucional de 1987–. Simplemente, Hamás, que nació como respuesta revolucionaria y religiosa, radical y maximalista, totalitaria e incondicional al sionismo, precisa, para no quedar desnuda ante la imposibilidad realista de alcanzar sus objetivos la identificación periódica de Israel como la enemiga entidad responsable de todos los males y cuya eliminación justifica por sí sola la unión de todos los gazatíes, palestinos, países árabes y musulmanes del mundo.

 

Los 35 artículos del texto fundacional del movimiento islámico describen el mal judío como tan grande que, en su diversidad, hubiera sido capaz de engendrar todas las carencias –económicas, sociales, identitarias, etcétera– de cada seguidor de Alá. Los judíos son causa de todo, desde la caída del imperio otomano en la Primera Guerra Mundial hasta nuestros días. Pasando, por supuesto, por el nazismo, de cuyo nacimiento también serían responsables los malvados judíos, al punto de que en cinco ocasiones identifica al sionismo de Ben Gurion y a la ideología de Adolf Hitler como una misma cosa.

 

Pero los gazatíes, por mucho sentimiento de pertenencia a un pueblo, el palestino, veían que en Cisjordania había ocupación, pero no bloqueo y que eso les da mejor de comer a sus hermanos de fuera de la Franja. Y pasados unos años de gestión de Haniya y el resto de políticos de Hamás, a la libertad, con ser el plato principal, le faltaba cada vez más era el aperitivo de la subsistencia. Además, en Europa, cuyos gobiernos apoyan a Israel vergonzantemente porque su opinión pública es tradicionalmente pro palestina (los efectos solidarios con el débil y beligerantes con el fuerte de una sociedad en paz y próspera), la larga crisis económica y la eternización del conflicto israelo-palestino había provocado un repliegue de intereses hasta en la ciudadanía. Los activistas de hace unos años eran cada vez menos en las calles europeas. La región aún ocupaba un lugar prioritario en las agendas políticas, pero más por las llamadas primaveras árabes y lo que sus conflictos derivados pudieran desestabilizar el almacén mundial de petróleo que por el asunto palestino. Y las cuitas entre Israel y sus vecinos ocupaban cada vez menos espacio en los medio: “de lo de Jerusalén y eso, llamadme cuando lo arreglen; mientras tanto no quiero saber nada”, se ha escuchado en más de una redacción. Así era difícil legitimarse hacia fuera y, con ello, lograr la atención y los fondos necesarios para pagar la legitimación hacia dentro.

 

Hamás, que nació para acabar con Israel y no para gestionar políticamente un territorio, necesitaba dar dinero a sus funcionarios y trabajo a sus Brigadas Izzadim al Qassam. Necesitaba mostrarse más fuerte que otras milicias, como la Yihad Islámica. Necesitaba poner el foco en Netanyahu y en las muertes y la pobreza por destrucción que provocan sus órdenes militares. Y una vez desatada, la guerra alimentaba si no los estómagos sí la moral de todos los gazatíes. Militantes o civiles, activistas o cooperantes, desempleados o trabajadores. Porque la desproporción, si bien no convierte a uno en más malo que el otro, sí que hace perder la porción de razón que tuviera el fuerte antes de empezar la devastación. Y eso, por ósmosis, sí engorda los argumentos propios.

 

Militarmente, Hamás ha logrado la enorme victoria de infligirle más de 70 bajas al enemigo, un récord, y políticamente, además de una supuesta (y aún por verificar) flexibilización de la frontera, ha estabilizado su posición de poder.

 

Eso ha ganado Hamás, que no es poco: atención internacional y volver a representar a los débiles. Es decir, poder. Lo que buscaba.

 

 

Aunque sobre el terreno…

 

La verdad, los deseos, las creencias en que el Altísimo lo arreglará y en que sus designios los represento yo, las alianzas, políticas o militares, las relecturas del pasado, las conveniencias, todo lo que en otros sitios juega en diferentes planos de la realidad, en Oriente Próximo se confunde, se baraja, vale lo mismo. Lo único real es el pecho lobo del teniente coronel y si al final del día sigue vivo, él o el del pañuelo negro y blanco.

 

En estas guerras que al final no gana ni dios –ninguno, ni Alá ni el de los judíos– lo que sí hay es perdedores. A corto plazo, los gazatíes, claro, cuya proporción no sólo es de 70 a 2.200 en muertos con el enemigo, sino a 10.000 en heridos, a 150.000 en desplazados y a 1.800.000 en sufridores, todos menos los líderes de Hamás que, escondidos en búnkeres o mismamente en los lujos de Qatar, han combatido con las fuerzas del Tsahal a distancia y parapetados en su muy poblado y urbanizado pedazo de tierra. A medio y largo plazo, además de los palestinos, también son perdedores los civiles israelíes, que además de tomar su dosis de recuerdo del constante acecho al que estarán siempre sometidos por todos sus vecinos mientras no se arreglen con ellos han alimentado una nueva generación de traumatizados en su bando y de resentidos en el contrario a la espera de la próxima guerra de Gaza.

 

Estas guerras en nombre del único dios cuyo profeta es Mahoma, loor y alabanzas a él, y del pueblo elegido por el que no tiene nombre y si lo reconoces como tu único dios multiplicará tus ejércitos con su omnipotencia, sólo tienen perdedores. Entre otras cosas porque, de existir, ambos dioses son el mismo, y sólo cambian los hombres que los siguen e interpretan. Y ahí entra el factor diferencial. En estas guerras lo que hay, de verdad, son intereses humanos que las alimentan. Primero para provocarlas y después para que no terminen hasta sacar su tajada.

 

Antes de empezar, a Israel le valía lo de calma por calma, pero desde el inicio de las hostilidades, ya no. Una vez movilizados los aviones, los soldados de reemplazo, los blindados y sus armas pesadas y ligeras, la inversión debía dar rendimientos. Y éstos eran, como dijo a mediados de julio a la CNN Roni Kaplan, portavoz del IDF, eliminar a los líderes de Hamás, machacar los túneles que se adentraban en Israel, destruir las lanzaderas, destrozar los almacenes y arrasar las vías de aprovisionamiento de armas. De ahí que se retrasaran los altos el fuego humanitarios primero y el definitivo después. Hasta acabar con el objetivo de la incursión no había nada que negociar.

 

A Hamás, por su parte, antes de la guerra abierta, sólo le valía la eliminación del Estado de Israel; recién empezado el intercambio de golpes el objetivo era el levantamiento del bloqueo y la liberación de decenas de presos preventivos en las cárceles israelíes (muchos de ellos, producto de las razias en Cisjordania cuando el triple secuestro y gran parte, saltándose los acuerdos de intercambio y garantías mutuas alcanzados para la liberación del soldado del IDF Gilad Shalit, seis años cautivo en Gaza). Pero luego, lo que a mediados de julio Hamás rechazaba por suponer una “rendición” en palabras de uno de sus portavoces, Fawzi Barhoum, se convirtó en una “victoria indiscutible”. La redacción de aquella propuesta egipcia que tomaron como insultante los portavoces del movimiento islámico el pasado 13 de julio difiere de la que ha sacado a los gazatíes bandera en ristre a la calle sólo en que hay 2.000 muertos palestinos más sobre la mesa (y 70 israelíes) y en que Egipto se compromete a eliminar el cierre del paso de Rafah y a auspiciar conversaciones sobre los “asuntos de fondo” si en un mes se ha mantenido la calma… Ya en 2012, la Operación Plomo Fundido acabó con un acuerdo similar… y aquí nos hemos visto en 2014.

 

Algo así, promesas de algo mejor, tenía que lograr Hamás para poder justificar ante los gazatíes que esto ha servido para algo. No es lo mismo aunar voluntades contra el enemigo antes de la batalla que después. Sobre todo, cuando tu derrota no es sólo en lo inmediato, sino en lo siguiente: sigues sin poder gobernar tu territorio sin ayudas, sigues necesitando a la ONU, a Egipto y lo que es peor, a la Autoridad Nacional Palestina de Abbas, éste al que acusas de entregado a los sionistas, que tomará el control de la seguridad y de las frontera, pagará a los funcionarios y se hará con todos los resortes administrativos como consecuencia del pacto de gobierno de unida sellado definitivamente el jueves 25 de septiembrePero, aún más, tu tierra está ahora arrasada, sin conducciones de agua, sin electricidad y, como antes, sin salida. Sí, el verdadero fin del bloqueo es necesario. Desesperadamente. Y eso, pese a que por fin has logrado un sitio en la mesa de negociación, te marca las cartas en la partida posbélica. Porque las últimas negociaciones entre ambas facciones, tras el acuerdo de tregua de agosto con Israel, los posibilistas de Cisjordania lograron la posición de fuerza, dada la imperiosa necesidad de que sea Fatáh y no Hamás el interlocutor ante Netanyahu, la ONU y el mundo si se quiere, de verdad, reconstruir Gaza.

 

Y no nos olvidemos, Hamás nació como un movimiento de resistencia islámica, contra la creciente ocupación y colonización israelí es decir, militar y maximalista antijudío. Sólo eso lo justifica. Y cuando una organización alcanza el poder, ya no lo quiere soltar, y hace lo que sea por justificar su prevalencia. A costa de lo que sea. Y vendiéndolo como sea.

 

 

Así que, ¿es posible la paz? ¿Y cómo?

 

Hay un conflicto de identidades en Gaza: una, la árabe palestina, es evidente, enfocada hasta ahora en el enemigo común, Israel. Otra, la musulmana, y quizá islamista, que Hamás manipula para igualar a la primera, por su propio interés. Simplemente, por ser los que prevalezcan, por cosechar razones. Se necesitaría lograr que la identidad que prevalezca sea la primera, la árabe palestina, y un alza del sentido práctico para tomar a Israel no como un enemigo a eliminar sino como una realidad rival que está ahí y va a seguir estando.

 

Hay un conflicto, varios, de identidades en Israel. Es un Estado liberal y democrático y, a la vez, un “Estado de los judíos”… No es del todo contradictorio, pero lo es bastante. Aunque convivan en su interior drusos (1,7 %), árabes cristianos (2%) y árabes musulmanes (17,1%), todos nominalmente con los mismos derechos de ciudadano israelí (judíos, 75%), es un estado montado para la estructura mental y cultural judía.

 

Pero, ¿qué es ser judío? ¿Es una religión? No, hay un porcentaje de laicos superior al 50% (30% tradicionalistas, 12% religiosos-sionistas y 8 % ortodoxos haredíes, según el Instituto Dahaf). ¿Es una etnia? No, hay judíos askenazis, sefardíes, etíopes… ¿Es una cultura social? Tampoco, pues entre los que se consideran a sí mismos judíos hay infinidad de diferentes modos de vida y costumbres, tan enfrentados y excluyentes como los que empujan a la guerra a Israel y Palestina a cada tanto… sólo que entre judíos puede haber, como hay, enfrentamiento, pero no desconfianza vital. ¿Qué es ser judío, pues? ¿Lo es más quien aboga por los dos Estados, quien aboga por uno multicultural y multi-religioso, quien aboga por una suerte de apartheid para que los árabes entiendan que sobran de la tierra prometida? Es preciso que la identidad judía que prevalezca sea la pragmática, parte de la cual ha hecho de ése el único pueblo (¿se puede definir así? pueblo, civilización…) que lleva sobre la tierra entre los humanos más de 5.000 años. Ha sido esa identidad inquebrantable y recia, además de su pragmatismo, lo que los ha mantenido unidos entre altibajos (y qué bajos) tantos siglos.

 

Si prevalece esa conciencia de que hay que jugar las cartas que envía Yavéh, entonces, un liderazgo inteligente en Israel entenderá que los palestinos están y estarán ahí, son una realidad, y gestionarla en busca de una convivencia en común es lo más lógico. No por ser mejores o peores desde un punto de vista moral o histórico, sino por negocios: asegurar el futuro del Estado democrático y judío de Israel, su supervivencia como tal y su seguridad, primero, y la paz con sus vecinos después.

 

Hacen falta, pues, dos liderazgos pragmáticos y audaces. Ninguno se arriesgará por bondad, ni por altruismo. Ésa es la contradicción que alimenta constantemente este conflicto, pues nadie arriesga el poder alcanzado, y menos en una situación de guerra, si no ve una posibilidad cierta de aumentarlo: convirtiéndose en el histórico hombre de la pacificación o en uno de los grandes líderes que armó de legitimidad y arengas a sus congéneres en el conflicto.

 

Así que hacen falta dos liderazgos audaces y pragmáticos, con visión a medio (y a largo) plazo, y hace falta que coincidan en el tiempo. Que coincidan mucho tiempo, porque la solución llegará lenta y con recurrentes pasos atrás, de ésos que alimentan a las fuerzas de la discordia, abonan las dudas y sirven de excusa para refriegas que pongan todo en riesgo. Ya murió Isaac Rabin asesinado por un judío. Ya murió Arafat… a saber cómo.

 

Y esos dos liderazgos no se atisban hoy en día. Abbas es hombre de paz, y pragmático, pero es pusilánime y viejo. Cualquier líder, político o militar, de Hamás no será quien se lance a un precipicio con los suyos de admitir que la entidad sionista es un Estado que está y estará junto a ellos en las tierras bañadas por el Jordán.

 

Tampoco en Israel se prevé la llegada de un primer ministro que venza a las interesadas coaliciones políticas de Gobierno, que implican entenderse con posibilistas débiles o con halcones de la supremacía judía, o que pueda superar el sistema proporcional que alienta como buenas y democráticas ese tipo de alianzas, que convenza al pueblo, mayoritariamente partidario de los dos Estados, de que es posible lanzarse a ello y preservar al tiempo la seguridad de sus ciudades, pues eso no lo cree más que uno de cada cuatro israelíes, y ninguno está dispuesto a arriesgarse…

 

¿Hay, pues, solución? ¿Alguien la quiere, alguien la busca, a alguien conviene? ¿El problema es el territorio o lo que éste representa para cada bando? ¿El problema son los bandos o que cada uno de ellos se cree en posesión de la razón? ¿El problema es tener razón o admitir, como off the record (eso sí) la mayoría hace, que el de enfrente también la tiene? ¿El problema es que ambos tienen la verdad de su lado o que ninguno de ellos puede aceptarlo, ya que unos son el pueblo elegido para esa tierra prometida y los otros la santifican y consagran al islam por su condición de seguidores del único dios verdadero?

 

Porque es el mismo Dios, al fin y al cabo, el que despeja la frente y cubre con una kipá la coronilla al teniente coronel israelí y el que inspira a los que, ocupados, refugiados y/o bloqueados lo apuntan y atacan para liberarse, recuperar las tierras de sus ancestros y bendecirlas… ésos a los que él llama “terroristas”. El mismo Dios de Abraham…

 

Parece que sólo un milagro pacificará la tierra cuna de las religiones. Aunque, precisamente por esa concentración de invocaciones al Altísimo, éste quizá se apiade y obre el prodigio de reunir a dos líderes sociales visionarios en el mismo espacio y tiempo. Claro, que si Dios nos hizo así, puede que fuera porque tampoco él quiere perder su cuota de poder… el de ser bandera del fuerte, consuelo del débil y refugio espiritual de todos.

 

 

 

 

Alberto D. Prieto quiso ser alguna vez escritor, músico, fotógrafo y pintor. Es periodista (“me pagan en El Mundo. En otros sitios, no”). Estudió en la Universidad Complutense de Madrid (“aprendí de todo menos el oficio”). En fronterad ha publicado Cuando París no era pasadoOlvidados de Marrakech. En Twitter: @ADPrietoPYC

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