Istanbul

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Las divisiones siempre me han parecido huecas, superficiales. Carentes de significado. El punto en el que el transiberiano pasa de Europa a Asia, las aguas del Bósforo separando dos continentes, la primera regla que convierte a una niña en mujer, los buenos y los malos… Como si hubiera un momento preciso en el que las cosas cambian, en el que se desvanece uno mismo para despertarse como otra persona desconocida… La verdad quizá se asemeje, más bien, a uno de esos viejos barcos de vapor con sus ruedas de paletas girando continuamente, extrayendo el agua del fondo, llevándola hacia arriba y dejándola caer de nuevo a las profundidades… Nuestro momento es como un velo de encaje que hemos portado durante miles de años a través del polvo, la tierra y el agua. Más o menos ligero, más o menos inmaculado, pero imposible de arrastrar indemne hasta el presente.

 

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El viejo Orient Express partía de aquí, uniendo París y Constantinopla. La estación sigue resultando preciosa aunque Lauren Bacall no vaya a cruzar las puertas de Sirkeci con su elegante traje blanco después de haber cenado en el Hotel Pera Palas.

 

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La ciudad de los muertos de Eyüp, Pierre Loti, las vistas del Cuerno de Oro… ¿Agradable? Sí. ¿Bonito? También. ¿Impresionante…? Hay demasiado ruido alrededor para mí, demasiada gente intentando comprar su trocito de belleza correspondiente para luego llevárselo a casa, contemplarlo dos veces más y arrojarlo finalmente al fondo de un cajón. No sé muy bien qué es lo bello, lo maravilloso, pero sí lo siento completamente ligado a la emoción. Y los lugares que más me han emocionado poco tenían que ver con los circuitos oficiales de la belleza. Un cofre en una habitación de San Petersburgo, del que alguien prometió que a cambio de 25 rublos saldría Dostoyevski, atravesar a toda velocidad un Berlin semioscurecido en una madrugada de invierno, los pasos apresurados sobre la nieve crujiente en el bosque, el faro de Cabo Prior en una noche de tormenta, Moscú, con sus cementerios, el manto de hojas otoñal cubriendo la tierra y un rayo de sol que repentinamente lo iluminaba todo, acariciando las tumbas con parsimonia, rozando las cruces torcidas y mal cavadas entre la hierba, ocultándose un momento entre las nubes para reaparecer junto a un pequeño banco desvencijado… Me ha emocionado todo lo que en un momento podía desaparecer. Todo lo que se iba en silencio.

 

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A veces, las comparaciones no son odiosas por injustas sino por demoledoras. Eso es lo que pienso cuando ocupo mi asiento en un avión de las líneas aéreas libanesas. Las azafatas, con una camisa terrorífica de motivos hawaianos, parecen recién enviadas de un night-club de Timisoara a sacarse un segundo sueldo. La sobrecargo maneja la Blackberry que da gusto verla, y la mitad del avión no habla árabe, bien porque se avergüenza, bien porque ya no puede. La mayoría se sienta primero donde les da la gana, estoy convencida de que muchos no tienen ni la suficiente capacidad mental para leer un billete. Conscientes de sus limitaciones, las pantallas de los asientos anuncian bancos por un tubo o clínicas de cirugía estética con unas fotos que hasta da miedo aterrizar por si te topas con una de éstas en la aduana y quiere hacerse amiga tuya. El piloto maneja el avión como conduce así que, tomados todos los atajos aéreos posibles, aterrizamos en Beirut media hora antes de lo previsto. Ese skyline beirutí que quita el hipo con sus dos rascacielos, si nos acercáramos solo un poco más, hasta podríamos ver al puto niño gordo del golfo Pérsico, lanzando las bolsas de las patatas fritas y los panchitos desde su suite del Four Seasons a la Corniche.

 

El París de Oriente Medio… Si hasta le pusieron nombre de puticlub.