It girl

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A una It Girl la cuelan porque el medio metro de glamour lo merece y posee unos labios asiliconados que el cajero, pasado de peso, de hummus, y de guerras civiles, imagina adheridos, cual tentáculo de pulpo, a su mediterráneo prepucio fenicio.

 

Hi, dice una tía poco más alta que el mostrador de la tienda de barrio en la que hacemos la compra los humillados a los que no nos queda ni tiempo para ir al supermercado. La conozco, es la Pocahontas que hace las pedicuras en la peluquería de la esquina. Si durante la semana parece medio calva, los viernes por la tarde le crece el pelo. Con sus largas extensiones marrones onduladas que le llegan hasta esa ignota zona donde empieza el ano, hoy muestra su abultada barriguita de la que cuelga un piercing. Su chándal es de terciopelo sexy, tan sexy que temo que los perros de fuera de la tienda empiecen a masturbarse salvajemente.

 

La cuelan porque el medio metro de glamour lo merece y posee unos labios asiliconados que el cajero, pasado de peso, de hummus, y de guerras civiles, imagina adheridos, cual tentáculo de pulpo, a su mediterráneo prepucio fenicio. Ella bebe Diet Pepsi porque en Líbano, que son la hostia de avispados, se han dado cuenta de que la Coca-Cola la hacen los judíos.

 

La it-girl pronuncia un Bye sensual, como de puta que sabe que es el mito erótico de la mitad de vendedores de shawarma de la calle, sale al exterior y se mete en un Mercedes negro de dos plazas. Tranquila –me repito a mí misma–, tú tienes una carrera, un máster, hablas idiomas, eres una tía con dignidad, al menos hasta las seis de la mañana, la gente que te conoce y te miente te respeta; un día, quizás a los 70 años, tendrás tu oportunidad. Levanta la cabeza coño, tú sí que vales, aunque tengas que comprar las cajas de tila alpina por toneladas para vislumbrar todavía el sentido.

 

El dependiente me dedica un segundo de pena, ya está aquí de nuevo la desgraciada que no tiene una negra a la que mandar a por Emanems y desinfectante de hospital para suelos. Cómo es que todavía no sabes ni una palabra de árabe si ya llevas tanto tiempo aquí me suelta el cabrón. Y tú te justificas, amable, explicando que es complicado, que todo el mundo habla inglés, francés, que tu cupo de idiomas difíciles ya se ha llenado… que te importa tres cojones aprender árabe. Su mirada preñada de amor se cuela a través del cristal, contempla como el Mercedes se aleja ya veloz entre srilankeses que empujan contenedores cargados de la exquisita mierda de los pobres libaneses.

 

Yo salgo a la deprimente vía pública, esperando alguna señal en el cielo de Jehová o de las Israel Defense Forces pero solo se escucha esa horrible música de Semana Santa perpetrada desde debajo de los crucifjos. Fairuz como forma de tortura. Niños obesos se lanzan hacia las iglesias portando grandes palmas. ¿Cuántos metros podría correr todo este vecindario de gordos antes de caer abatido por las huestes islámicas?

 

Me toca enfrentarme a ese duro momento en la vida de todo hombre en el que no queda más remedio que asumir que estudiar no ha servido para nada: otras tenían las tetas más grandes, el pelo más lacio, cayeron entre las piernas adecuadas, en el lugar preciso, tú en Beirut… Mi destino es difícil, sí, puede que no tanto como el de un Helmut Berger paseando por Viena con el esfínter anulado por el impenitente consumo de cocaína, pero yo no sé ni pintarme las uñas como para quitarle las cutículas a las de los demás.

 

El martes Felipe VI se dejará caer por Beirut. Es una lástima que, después de tropecientos meses de notable ineptitud, los libaneses no vayan a poder ofrecerle en la foto un presidente que le acompañe.