Iván Aledo, talento como montador, bonhomía y buen humor

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El montador Iván Aledo, en una imagen de1976. Foto: J. Benito Fernández

 

(Madrid. Montador, murió el 4 de junio a los 69 años). Desde el pasado viernes 5 no logró sacudirme de encima la inesperada muerte de Iván Aledo, quien fue compañero mío en Televisión Española, además de amigo. Llegamos a la empresa cuando se gestaba la segunda cadena, en 1974. Con no muchos días de diferencia pisamos Prado del Rey de la mano del gran Luis Tomás Melgar, realizador legendario y antiguo miembro de la revista Acento. Melgar, lleno de entusiasmo contagioso, construyó un equipo joven. A los montadores de cine les hacía unos exámenes prácticos: cargar en la moviola la imagen y el sonido de una entrevista sin sincronía. Había que sincronizarla para que los labiales coincidiesen con el sonido. Iván, estudiante de Historia del Arte en la facultad de Filosofía y Letras de Madrid, apareció con su casco motero en el sótano de Radio Nacional de España para superar la prueba; apenas sabía enhebrar el celuloide y la cinta magnética; recurrió a mí, que ojeaba en la puerta de la sala. Además de bonhomía, Iván poseía un acentuado sentido del humor y enorme talento. En la sala de montaje, en los ratos libres, se dedicaba a dibujar con rotuladores de colorines historietas que luego fotocopiaba en Rank Xerox, la empresa que dirigía su padre. De él heredó su admiración por el arte, pues Guillermo G. Aledo, padre de siete hijos, después de colgar los distintivos de capitán de corbeta de la Armada fue pintor profesional volcado en las marinas a la acuarela. Otro de sus hijos, Jaime Aledo, es también artista; perteneció a la nueva figuración madrileña, pero practica el pop conceptual. Otro de los hermanos, Polo, igualmente trabajó en TVE como montador de sonido, pero la parca se lo llevó muy temprano, en 2009. Además de dibujar, a Iván le gustaba jugar en la moviola; con los descartes de algún reportaje construía relatos. A las imágenes en blanco y negro del atentado a Carrero Blanco les puso la música de Los tres cerditos con el estribillo “¿Quién teme al lobo feroz?”. Carcajeaba como un niño travieso. Con él asistí a una de las reuniones fundacionales de las Comisiones Obreras de TVE en 1976, todavía en la clandestinidad, en el despacho de abogados laboralistas de la calle de Ortega y Gasset, gobernado por Francisca Sauquillo. De noche, envueltos en una humareda de casino, se discutió acerca del futuro sindicato que no tardaría en salir a la luz. Pero si en algo militó Iván fue en la cinefilia, adoraba la nouvelle vage y era un asiduo de las salas, especialmente el Cinestudio Griffith. Javier Maqua le convirtió en personaje de novela en Las condiciones objetivas (1982), el trasunto montador Federico. Con la llegada del digital y el declive del celuloide, Iván dejó la tele en los ochenta para dedicarse al cine, su pasión. Y ahí dejó su huella. Todavía le veo a lomos de su BMW persiguiendo sombras o en busca de la belleza, quién sabe. Iván Aledo murió el jueves 4 en el hospital La Luz de Madrid a causa del coronavirus. J. Benito Fernández. Gracias al diario El País.

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