J. Blatt

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Nos hemos topado con él por la calle. Pura casualidad. Ha salido a echar un cigarrillo y ver como va el Real Madrid en las pantallas de los bares. Beirut es un buen sitio para huir del pasado, un escenario propicio para engañar a la concurrencia aparentando ser alguien, pero un destino pésimo cuando uno desea esquivar su propio presente. El jefe no admite un no por respuesta, nos agarra de la mano y nos introduce en un local privado de ese incomparable Gemmaizeh, una calle cualquiera plagada de bares sin gracia y que solo en la imaginación de los libaneses podría representar una especie de Champs Elysees aunque en estado comatoso.

 

Dos guardaespaldas espigados y nerviosos dan la bienvenida al garito. En el interior suena una música latina que pretende sellar la consolidada amistad hispano-libanesa tejida en los últimos años con denodado tesón en las barras de los bares de moda, en los colchones de los clubs de alterne más selectos. La bonita bandera rojiblanca con el cedro en medio cuelga unida en fraternal armonía con el brillante trozo de tela roja y amarilla que nos representa… El problema de los libaneses, he oído siempre, es que no se sienten como tales, que solo piensan en lo suyo, en su charca, en su secta, como si la vieja Europa, la vergonzosa España aún pudiera dar lecciones de algo a alguien… El mundo juzgado por los vencedores convierte a sus protagonistas en héroes o villanos según convenga; la realidad, por el contrario, nos rebaja a todos a un odioso e igualitario intento de supervivencia donde la piel blanca chapotea con declinante gracilidad en las mismas aguas turbias y enfangadas que aquellos que desprecia.

 

No cabe duda de quién es el anfitrión por su elegante actitud, su inflamada coquetería, y el número de putas y vasallos que lo rodean. Caballeroso y recién llegado de Francia, tiende su mano arrugada por tantas horas de incertidumbre vital bajo el sol y besa con exquisitez la mía. El pelo canoso cae en pequeñas ondas sobre la nuca, el traje en color crema, acompañado de un colorido pañuelo que sale del bolsillo de la americana, aún deja entrever la buena figura de un seductor comiéndose a bocados las últimas horas de sexo, cocaína y vida que le quedan. Invita a disfrutar antes de que todo se acabe, agasaja a sus invitados con la misma alegría con la que estaría dispuesto a sacrificarlos si fuera necesario.

 

Los nuestros también andan por allí entregados al placer lejos de las miradas indiscretas. Ahhh, si tan solo por unos segundos el mundo se parase y nos viésemos libres de las pesadas ataduras a nuestra identidad, a quien supuestamente somos, a cómo nos ven los demás…

 

Hay tantas putas como comida servida en bandejas en un festín pantagruélico que dura hasta la madrugada. Ellas posan presumidas ante la cámara del imprescindible fotógrafo que deje constancia de todo lo que un hombre puede pagar, marcando aún más el escote, mostrando sus perfiles operados, exhibiendo sus joyas, la pedrería de sus zapatos, los pómulos y labios inflados, el pesado y costosísimo disfraz por el que valdría la pena pujar. El jefe, borracho, patalea como un niño de 3 años porque sin nada a cambio no logra atraer la genuina atención del entorno. Quiere consumir un poco de sexo como se mastica un chicle, quiere creer que la adoración de sus mujeres hará que se sienta mejor.

 

En los baños aguardan las esclavas etíopes para limpiar nuestras ilustres gotitas de pis caídas desde las alturas perfumadas de un coñito frío como el acero. Con el trapo en una mano saben cuál es su único cometido en esa vida aberrante que solo a algunos les es dado describir como un gran banquete.

 

Nos vamos al fin, regresan a sus guaridas los hombres acompañados. Su fortaleza se desvanece sin alguien que la contemple.