Jacarandas

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Ha llegado la primavera a Lisboa. Las jacarandas en flor y su perfume dulzón son más resistentes que el olvido. Durante un tiempo me pregunté si me traerían siempre el recuerdo de Manuel, aquellos días que pasamos juntos en esa ciudad con María Luisa, hace casi treinta años. Si no llegaría el momento en que la asociación dejara de ser automática: que se fuera difuminando y terminara por perderse. Pero Lisboa me recibe hoy blanca y abierta, como una habitación bien ventilada en la que entrara el sol, y yo sonrío al ver las jacarandas en flor y acordarme de Manolito. El perfume y el recuerdo persisten: cada primavera vuelven tercos, con una voluntad de permanencia que nadie sospecharía en la fragilidad del tono violeta de esas flores (¿o era lila?).

Manuel se había hecho amigo en Madrid de un suizo mayor que nosotros, un hombre grande y con barba no recuerdo si de Berna o de Zúrich, donde trabajaba como traductor. Estaba pasando unos meses en Lisboa, y una noche, después de cenar, nos invitó a tomar una copa en su casa. Era un barrio solitario, alejado del centro. A la vuelta, ya muy tarde, llovía y nos costó encontrar un taxi. Mientras esperábamos casi a oscuras, y en silencio, las jacarandas mojadas brillaban con una luz mate, pero su mensaje de primavera —su perfume— no se había apagado.

Igual de frágiles que los pétalos de esas flores color malva (¿o más bien violeta?), las palabras de los poemas inéditos de Manuel. A veces me pregunto si seré yo el único en releerlos de vez en cuando. Pero el perfume resiste, se agarra a la memoria, vuelve cada primavera. De la misma forma perviven las palabras de esos poemas: laten ocultas en el papel hasta que saco de la estantería los dos libros de Manolito, el que publicó con diecisiete años y la antología póstuma: entre sus páginas, unas cuantas fotocopias de versos (“Acaso cuando mi memoria y junio os alcancen…”) que debió de mecanografiar él mismo, torpemente, en su máquina de escribir eléctrica.

En Lisboa, aquellos días, Manolito se alimentó casi exclusivamente de café y pasteis de natas. Me acuerdo de cuánto le hicimos andar, de nuestras disputas sobre el color de las jacarandas (¿lila, malva, morado, violeta?), y de las fotos que les tomé a María Luisa y a él contra un fondo de celindas, en la estufa quente. Estaba de buen humor Manuel, hablaba por los codos y se echaba a reír a cada momento. Lisboa y la primavera le producían ese estado de euforia. La felicidad era posible, debía de pensar, y yo me preguntaba si al final iba a tener Séneca razón: “Hasta la desgracia se cansa”. Solo un par de semanas más tarde, ya de vuelta en Madrid, me llamó un día para hablarme de la enfermedad que le acababan de diagnosticar.


NOTA: Hablo en esta historia de mi amigo Manuel R. Martín, cuya poesía, publicada por la editorial sevillana Point de lunettes, recomiendo vivamente. En “Huele a junio” le respondo una carta con algo de retraso. Y lo menciono también, de forma breve, en “La conjura o El pan de Galdós“.

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